
Advertencia: este artículo fue escrito en 1994
La mirada penetrante y salvaje del águila promete severidad y su pico encorvado asegura la crueldad del rapaz. La cabeza sale de un círculo como aparecía antiguamente el viejo león rugiente de la Metro Goldwin Mayer anunciando la presentación de una película. Pero, en lugar del nombre de la productora de cine, dos palabras:"Inteligencia Militar". Debajo de la figura atraviesa una cinta con un lema: "saber es hacer patria". Es un sello que vigila desde el ángulo superior derecho de un cartel. El cartel reproduce la foto de una niña con los brazos fracturados y entablillados, el cuerpo salpicado por metralla y la cara herida. El ejército colombiano lo utiliza como propaganda contra los atentados de la alianza Narcos-Ejército de Liberación Nacional. El marketing antiterrorista echa mano de los éxitos publicitarios: el cartel forma parte de una serie que lleva el título general impreso: THE COLORS OF ELN. Son los colores del terror, de la muerte, los mismos que explotó sin pudor la famosa empresa italiana de jerseys. El enfermo terminal de sida con la mirada extraviada y la piel que transparentaba el final, era el reclamo contradictorio para la alegría de los vivos colores tejidos que estallan en sus prendas. El marketing nos sumergía en el oscuro pozo del utilitarismo obsceno, carente de cualquier ética. El marketing empezaba a robarnos la luz. La luz hecha color. Los viejos colores del bien y del mal, de la alegría y de la tragedia, de las ideologías y las poesías, de la inocencia. Los 90 como antecedentes de un siglo que nacerá indeciso, son años daltónicos, en los que la confusión a menudo cae en la mentira.
Rojos y negros
Pasa el tiempo, las décadas y los momentos históricos van degenerando. Los colores pierden exactitud. Ya no son una referencia segura. Hasta hace pocos años los rojos no sólo eran comunistas y socialistas, también estaban relacionados con cierta asociación cromática e ideológica al infierno demoníaco. Los diablos rojos, según anunciaba el Papa, no eran precisamente los jugadores del Manchester United. Apuntaba a los portadores de "ideas extrañas que deseaban alejarnos del blanco camino Occidental y Cristiano, guiado por la palabra de Dios, para tentar nuestras almas y dirigirlas hacia las rojas llamaradas del infierno". Verso encendido, hablando de infierno, que dejaba las cosas claras: el bien y el mal. Hoy el rojo no parece un color tan firme. En algunos casos suele desteñir bastante hasta confundirse con tenues rosas e incluso logra alcanzar el blanco neutro. Y en otros, los partidarios de la moda efímera, dicen que es un tono antiguo. Ya no se lleva.
El negro, no envejece, sin embargo. Tan antiguo como el rojo o más, aparece con sus dos caras. El negro-piel está en boca de todos: algunos argumentan la necesidad de ser tolerante (tolerar significa soportar, aguantar ¿no sería mejor hablar de convivir, compartir) con el diferente (¿porqué los negros son diferentes? ¿diferentes de qué?). Cuando en 1992 la policía de Los Angeles apaleó al negro Ray King ante la indiscreta cámara de vídeo de un aficionado, el negro-piel norteamericano se convirtió en el color de la reivindicación. Desde el juicio de O. J. Simpson, el negro-piel sumó al desprecio histórico la sospecha. Todos los negros americanos son asesinos. El negro-piel-transparente que fomentaba Martin Luther King, con su discurso de sueños integradores derivó en los 90 en la figura del reverendo Louis Farrakhan. El dudoso promotor de la manifestación negra sobre Washington en octubre de 1994, forma un lobby racial-religioso, alrededor de un discurso tenebroso y racista y ocultos poderes económicos que impulsan su carrera como predicador-iluminado.
La otra cara del negro, es simbólica, no tangible. Se reconoce por omisión en los cerebros de los radicales, ultras y sus ejércitos oficiales de cabezas rapadas. En su interior carecen de luz. La oscuridad más profunda se traslada a sus pensamientos y funciona por reacción contra todo aquello que pretende iluminarlos. Sufren de fotofobia cerebral: prefieren las tinieblas porque en ellas no necesitan actuar sino defenderse de lo desconocido. Su oscuridad mental reconoce como enemigo a cualquier ser que piense o tenga la piel oscura. Son los herederos desteñidos de los camisas negras fascistas, o de las pardas nazis, cuya intolerancia, agresividad y terror se basaban en un ideario. Macabro y obsceno, pero un ideario al fin. Entre los "skeen heads" tener una idea es motivo de sospecha. Hasta esos pensamientos más perversos sufren la degradación desintegradora de la última mitad de siglo, que rebaja su justificación y envilece aún más su crueldad. A los demás nos queda oponer la luz para distinguirnos... "España camisa blanca de mi esperanza..", como cantaba Ana Belén.
Amarillos y verdes
Atar una cinta amarilla al árbol más cercano era el recordatorio del familiar o el amigo que estaba atrapado por la lucha en los territorios de la ex Yugoslavia. Copia de la costumbre adoptada por las familias norteamericanas durante los más de diez años que duró la Guerra de Vietnam (los mayores de 40 deben recordar la canción "Ata Una Cinta Amarilla Al Viejo Roble"). El amarillo se transformó en un color de esperanza y las cintas deshilachadas y sucias por el tiempo, abrazadas a los troncos, se convirtieron en un trágico método para contabilizar los muertos en las guerras. Si durante cada conflicto bélico de este siglo se hubiese seguido esa costumbre, actualmente más de 80 millones de árboles de todo el mundo estarían adornados con la triste cinta.
Curioso caso el amarillo, tan vinculado a la palidez y la enfermedad (fiebre amarilla), de pronto se transformó en un tono simbólico de reivindicaciones pacifistas y esperanzadoras. Esa connotación ideológica que persigue a los colores también cambió. Hasta hace cuarenta años, los occidentales miraban de reojo, con recelo, el crecimiento irrefrenable de la demografía asiática. Por ese entonces, la mitología catastrofista occidental promovida por la Guerra Fría veía el este como un punto cardinal enemigo. El oriente, más allá de promover las modas de la meditación, las artes marciales y medicinas no convencionales, no estaba bien visto. Olía a amenaza: a los "rojos" comunistas, emparentados al poderoso "oso soviético", se unían los más de mil millones de chinos que constituían, desde la Larga Marcha de Mao Tse Tung, el "peligro amarillo" en constante reproducción y ampliación. Fue tan grande el temor de Occidente que el general norteamericano Douglas Mac Arthur, Jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas Norteamericanas asentadas en el Pacífico cuando se desencadenó la Guerra de Corea, propuso escarmentar a los chinos arrojándoles sobre su territorio las bombas atómicas necesarias hasta que la montaña de muertos fuera lo suficientemente disuasoria para aplacar el "peligro amarillo". Cierto sentido común del entonces presidente norteamericano, general Eisenhower, evitó la extinción de medio continente asiático como remedio para calmar la irritación nerviosa del anciano general, héroe de la Segunda Guerra Mundial, para quien el amarillo, además, era su color de la mala suerte.
Otro general atentó contra el color... el color de la sensibilidad. El franquista que ordenó la persecución y ejecución de Federico García Lorca se ofendió porque el verde es un color militar y macho y no para interpretar mariconadas: "Verde que te quiero verde/ Verde viento. Verde ramas/ El barco sobre el mar/ y el caballo en la montaña/ Con la sombra en la cintura/ ella sueña en su baranda/ verde carne, pelo verde..." . Y murió Lorca. Pero la sensibilidad se mantuvo como patrimonio universal. Y el verde sobrevivió a la brutalidad para instalarse en la esperanza ecológica. Las formas modernas para luchar contra el abuso indiscriminado de los poderosos, contra los pueblos y contra las tierras y contra la naturaleza. Contra las mareas negras, los humos grises, los bosques convertidos en paisajes cenicientos, los ríos marrones de contaminación, los hongos atómicos. Desde los partidos políticos (Los Verdes) hasta Greenpeace (incluidos líderes espontáneos como el brasileño Chico Mendes, asesinado en la selva amazónica), el verde es un color transformado en símbolo, bandera ideológica que rezuma inocencia y amor a la supervivencia. Sentimientos que se quieren adueñar de todos los colores, como la bandera Arco Iris de Greenpeace.
Blancos buenos y malos
Dice un diccionario apócrifo que circula popularmente: Blanca: raza superior que pierde la chaveta deslizándose por rayas de polvo inmaculado, ordenadas rigurosamente sobre la mesa.
El blanco-piel y el blanco-cocaína desmienten en nuestros días siglos de imaginería que vinculaba el inmaculado blanco a la pureza (las novias se siguen casando de blanco, independientemente de su virginidad, afortunadamente perdida cuanto antes) a la luminosidad, a la verdad...todo lo relacionado con el bien. El bien como fin dogmático moral-religioso, antes que vinculado a una ética social.
El traje del Papa es blanco y también es blanca y luminosa la figura informe que aseguran ver al final de un túnel oscuro, quienes dicen haber regresado de la muerte (tras un breve viaje). Y blanco son los trajes de los locos y de los enfermeros y de los médicos. Y blancas son las palomas mitificadas como pacifistas. Pero también son blancas las túnicas y las capuchas del Ku Klux Klan. Y son blancos los pañuelos que cubren las cabezas de cientos de miles de mujeres que denuncian la más cruel realidad de nuestros años: la tortura y la desaparición de personas. Son mujeres que sufren por familiares caídos en la más cruel de las ignominias, el tratamiento más infrahumano que incluso niega hasta la dignidad de la muerte. Cientos de miles de esas mujeres argentinas, peruanas, guatemaltecas, bosnias, chechenas, entre otras nacionalidades, envuelven con sus pañuelos la esperanza que aún perdura en sus memorias. Los torturadores saben que la desaparición hace eterna esa esperanza inútil que corroe el espíritu y se regodean en la crueldad. La madres imploran huesos que aseguren la inmortalidad de sus recuerdos. La contraseña es el pañuelo blanco.
El color del deporte
Hace pocos años el deporte se anunciaba como el campo de batalla racial (el menos cruento, aunque reflejaba la bajeza social). Los americanos se pasaron décadas buscando su "gran esperanza blanca en el boxeo". Mientras Adolf Hitler hacía el ridículo en el palco del Estadio de Berlín, durante los Juegos Olímpicos de 1936 cuando después de proclamar la superioridad de la raza aria, el negro Jesse Owens ganó las pruebas de 100 y 200 metros en sus narices.
Después fueron los deportistas de los países socialistas en la órbita de la Unión Soviética, seleccionados mediante estudios genéticos específicos para imponer la verdad roja del nuevo hombre (prefabricado) comunista al mundo. La competencia ideológica pasaba a usar seres humanos mecanizados para establecer la competencia. Eran "conejos de indias", de todos los colores, utilizados como piezas de ajedrez. Después de que se arrió la bandera roja del Kremlin los científicos soviéticos (como los nazis después de la Segunda Guerra Mundial) buscaron un refugio seguro en Estados Unidos y China. Los resultados comenzaron hace un par de años: el peligro amarillo deportivo quedó emparentado con la sospecha (certeza bien disimulada) de doping.
Seguramente los cromatismos raciales son los que menos le importen a esos deportistas y a sus "médicos", igual que a muchos millones de personas que giran alrededor de las necesidades y del mercado de consumo. Para ellos el color realmente válido en la actualidad es el "color del dinero". El que produce cegueras, compra almas, transforma espíritus y justifica la corrupción como medio de vida. El color del dinero por sí sólo es capaz de cambiar el tono de la piel: algunos como Michael Jackson decidieron degradar el moreno de su epidermis a riesgo de que se noten más su sonrojos de vergüenza. Otros en cambio transforman su palidez ojerosa, estilo cárcel, por un tostado profundo en algún paraíso fiscal caribeño donde el dinero negro se disimula tras unas gafas no menos oscuras y un móvil multicolor, para entretenerse tejiendo intrigas y venganzas.
Colores que no destiñen
Por no quedar ya no nos queda ni París, invadida por la locura nuclear de Chirac y la amenaza de su terquedad radiactiva. Hace treinta años las protestas hubiesen dejado saldos de violencia, estallidos sociales, tomas de calles esgrimiendo banderas de paz y amor. Hoy la moda cromática es parte de la decoración que ha invadido incluso la protesta cívica y políticamente correcta que proclama tolerancia hasta con los intolerantes más fanatizados: la violencia de ETA recibe como respuesta un lazo azul en la solapa de millones de personas que prefieren un Euskadi sin sangre en las calles; los desesperados promotores civiles de la paz en Bosnia, salieron a la calle a gritar con lazos blancos en sus solapas, para recordar su pureza frente a la más absurda e ineficaz parálisis de los políticos europeos ante la tragedia que se les ha caído encima en forma de avalancha de cadáveres. Mientras que otras solapas lucen otros lazos (rojos) para identificarse como solidarios con los enfermos de sida y mostrarse como un punto de atención para concienciar a quienes todavía vinculan esta enfermedad con la "peste rosa", como le llamaron los enemigos de la comunidad gay de San Francisco, Estados Unidos, a principio de los 80. Por cierto la vida parece ser menos rosa que cuando cantaba La Piaf, el cielo es menos azul desde que disminuyó la capa de ozono y tal vez más trasparente desde que López Alegría nos vigila desde el espacio.Entre tanto simbolismo cambiante algunas tradiciones coloridas se mantienen incólumes: muchos continúan matándose por el significado de una bandera nacional y otros ganan úlceras cada domingo porque no pueden dejar de sufrir por los colores de su club preferido. Muchos psicólogos están intentando estudiar porqué se puede cambiar de esposa/esposo, de país, de coche, de amigos, pero la traición y el olvido tienen su límite cuando chocan contra los colores del equipo de fútbol favorito. Semejante pasión y fidelidad son más firmes que muchas convicciones y no destiñen en el corazón. Pequeño consuelo para estos años que se prometen descoloridos. A pesar del marketing.
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