
Los últimos modelos de Ford T con ocho válvulas eran la credencial de nuevos ricos que ofrecían los norteamericanos de la década de los años veinte. Aquellos que crecían en su particular sueño y en la social movility como pujantes incentivos de progreso. A sus espaldas quedaban los negros en el Sur y los pobladores del Oeste y del sur de los Apalaches quienes pagaban aquella factura disfrutada por los nuevos hombres de negocios del Este. Los hediondos y misérrimos barrios bajos de esas zonas eran las vergüenzas que ocultaban las "deliciosas casas de viejo estilo inglés con altos y elegantes aleros, vidrieras emplomadas y bien simuladas estructuras de madera que se levantaban en los barrios residenciales del país", como describe John javascript:void(0)Galbraith. Eran esos años de despegue para la economía norteamericana. La mecanización, entre 1925 y 1929, permitió la creación de más de 25.000 nuevas empresas. Aquel año de 1929 supuso la mayor producción automovilística de la década, 5.358.000 coches, y solo comparable con los 5.700.000 fabricados en 1953(año opulento).
Finalizada la Primera Guerra Mundial, Estados Unidos había pasado a ocupar los primeros lugares en el ranking económico mundial, ante una Gran Bretaña empobrecida que prolongaría durante tres décadas más su decadencia imperial. Pero la locura generada aquellos años de charleston y desenfreno, apoyado en esa bonanza macroeconómica, también provocaba la tentación de la especulación. La facilidad deslumbrante con que circulaba el dinero elevaba la fiebre del enriquecimiento repentino, sin reparar en los medios.
El 22 de setiembre de 1929, un anuncio publicado en los periódicos económicos de Nueva York pasó desapercibido para la gran mayoría de los pequeños y medianos inversores que jugaban a la ruleta rusa de la Bolsa.“Consecuencias de jugar a la alza durante mucho tiempo”, era el título; mientras que el texto decía:“>La mayoría de los inversores ganan dinero en un mercado alcista, pero pierden los beneficios en el reajuste que inevitablemente se sigue”. Esa advertencia, breve, suave y tardía, no alcanzaría para frenar una avalancha de ambición ciega que invadía a la sociedad de aquellos años.
Los economistas y las amas de casa, los políticos y empresarios estaban seguros que esa década prodigiosa era el principio de un futuro esplendoroso marcado por el "destino manifiesto" que cabía a los norteamericanos, según su propia creencia. “No puede pasar nada que se parezca a un crack” (Irving Fisher, economista, 1928); “Tal vez haya recesión en el precio de las acciones, pero nada parecido a una catástrofe” (Buster Bryan, empresario, 1929); “Una crisis grave está fuera de toda posibilidad” (Harvard Economic Society, noviembre de 1929).
No sabían ellos que aquel anuncio misterioso de los periódicos neoyorquinos era el último salvavidas antes del naufragio.
El jueves 24 de octubre de 1929 fue el primer día, de aquella semana intranquila y perturbadoramente sospechosa, en que se desató el pánico ante lo inevitable. Los precios de las acciones cayeron hasta destrozar los sueños de millones de personas. Muchos despertaron con las manos vacías, sin techo, invadidos por una desesperación paralizante. Era la gran crisis que iniciaría diez años de desesperanza, hambre y transformaciones profundas, políticas, económicas y sociales.
“En toda nuestra historia -explica el historiador estadounidense Carl Degler- nunca ocurrió otro colapso económico que pusiera a tantos estadounidenses al borde de la inanición, que durara tanto tiempo ni que llegara a estar tan cerca de destruir las instituciones básica de la vida norteamericana”.
Las consecuencias de la Gran Depresión de los años treinta, no se midió por la ola de suicidios inmediatamente posteriores al crack, sino por una serie de cifras que revelaban la futura realidad que se avecinaba. La Bolsa neoyorkina había llegado a negociar cerca de ochenta y siete mil millones de dólares en 1929, cifra que en 1933 había descendido a diecinueve mil millones; los campesinos recibían el 60 por ciento menos por sus granos que en la década anterior y, en los cinco años posteriores al crack habían quebrado diez mil bancos de depósitos de ahorro. La revista Fortune publicó, sobre cálculos propios, que hasta septiembre de 1932 el coste laboral humano de la recesión había dejado sin empleo a diez millones de personas. Cientos de miles de familias iniciaban viajes migratorios internos en carretas, vagones de ferrocarriles de mercancías y pasaban las semanas compartiendo barras de pan y verduras de deshecho. Se intentaba paliar la situación en los jardines de recreo, los hogares para desamparados o para ancianos que recogían a los más debilitados por el hambre.
El crack del 29 quedó marcado a fuego en las generaciones futuras como un símbolo del desatino.
La gran depresión tuvo su repercusión crucial en una Europa en plena crisis política. Los europeos supieron antes que los norteamericanos lo que eran las hieles de la crisis. La Gran Guerra los había dejado diezmados y con tensiones sin resolver. Las grandes dificultades de una Alemania empobrecida y hundida en la hiperinflación solo eran comparables a los sacrificios de los franceses, quienes vivían aquellos años bajo la esperanza de unas reparaciones de guerra que los alemanes jamás pagaron.
A excepción de Gran Bretaña que seguía los pasos a sus “primos” estadounidenses, tanto en la opulencia como en el desastre, el resto soportaba la dureza de la crisis bajo la esperanza en el porvenir, encarnada para muchos en el fascismo.
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