jueves, 19 de noviembre de 2009

Crisis económicas II: Hambre de posguerras


La derrota del nacional-socialismo, a la salida de la Segunda Guerra Mundial provocó, la segunda gran crisis del siglo XX en los países desarrollados. Una crisis anunciada como consecuencia lógica de la destrucción de todo el aparato productivo europeo y la muerte de más de 60 millones de personas.
La crueldad de la Guerra mostró su cara trágica en la crisis de posguerra: el hambre, la desolación y la muerte transitaban por Europa. Su componente económico fue menos dramático para los Estados Unidos. La nueva Gran Potencia militar, política y monetaria pudo recuperar el tono progresivo de su crecimiento avasallador durante las primeras décadas del siglo, a partir de la creación de una hiperproducción basada en la industria de Guerra. Estados Unidos fue el único favorecido, económicamente hablando, después de 1945: producían la mitad del carbón del mundo, la mitad de la energía eléctrica, 95 millones de toneladas de acero, dos tercios del petróleo mundial, 1 millón de toneladas de aluminio, controlaba el 80 por ciento de las reservas de oro del mundo, disponían del ejército más poderoso y tenía la bomba atómica. Esta crisis fue europea.
Los años de la Guerra Civil española en la “zona republicana” fueron el preludio de lo que se viviría en la década de los cuarenta, sumado al terror dictatorial en la propia España, y en toda Europa. En esos tiempos de batalla (no tan lejanos como para que la memoria colectiva actual sufra la amnesia que aparenta) el racionamiento era feroz: 300 gramos de pan por persona, escasas porciones de legumbres y verduras; el azúcar se conseguía con receta médica, mientras que el consumo de carne y pescado estaba priorizado para los combatientes. En 1937 la situación se puso más difícil. La ración de pan se redujo a 100 gramos y la carne, la leche y los huevos apenas si se podían racionar entre los propios combatientes. El mercado negro, bautizado “estraperlo”, conformaba un flujo especulativo de alimentos. En los tiempos que siguieron, la mayoría de las familias no tenían nada de valor para cambiarlo por productos alimenticios. Los tomates, los boniatos y las lentejas (“las píldoras del doctor Negrín”) junto a las semillas de girasol se constituyeron en los alimentos símbolos de la supervivencia. Algunos, que no tenían jardines donde plantar las hortalizas y verduras para subsistir, se conformaban con las cáscaras de naranjas o los tallos de remolachas, que conseguían en los residuos frescos.
El último año de la Guerra Civil española fue como espejo social que anticipaba las imágenes que ofrecerían muchas ciudades y pueblos de Europa en 1945: destrucción, hambre, corrupción, pillaje, algo de solidaridad, mucho de sálvese el que pueda.
Terminada la guerra el panorama se agudizó. España estaba unificada y empobrecida totalmente, sin distingos de zonas. Las fábricas no solo no producían sino que además despedían empleados. Quienes se reintegraron a la sociedad civil, tras la guerra, provocaron un movimiento social en masa que impedía su reacomodamiento, en la medida que no existía oferta laboral. El plan Marshall dejó en España solo migajas. Y además, tardías. Muchos morirían sin conocer más futuro que esa crisis económica amenazante con prolongarse por muchos años.
Como así fue. España había retrocedido hasta la era preindustrial y las grandes olas migratorias interiores transformaron las tierras dominadas por Franco en un escenario de trashumantes en busca de oportunidades de trabajo o condiciones mínimas de supervivencia.
Muchos debieron huir de la dictadura, otros recuperaron la esperanza en una América hispanoparlante que abrió sus brazos para recibirlos, aunque también vivieron muestras de desprecio social y marginación económica.
El panorama posterior a 1945 en el resto de Europa era un calco al descripto en España. Gran Bretaña debía sumar a ello un endeudamiento de guerra que la ataba de pies y manos hasta someter su ex espíritu imperial a los designios norteamericanos. Alemania e Italia, derrotadas y destrozadas, presentaban similares condiciones. Las imágenes del neorrealismo cinematográfico son documentos estremecedores y crudos de una crisis con escasos precedentes.
El peligro que significaba la expansión soviética en Europa, hizo que Estados Unidos invirtiera sus “beneficios de Guerra” en la recuperación europea como un reaseguro político- militar y a la vez como una forma de promover la economía de estos países y reactivar el comercio mundial. El plan Marshall fue el motor de aquella recuperación.

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