jueves, 19 de noviembre de 2009

Crisis económicas III: Miedo al petróleo


Superada la segunda gran crisis de los países desarrollados durante el siglo XX, los países occidentales tuvieron la etapa más importante de crecimiento industrial y tecnológico. Tres décadas en la que se sucedieron los períodos económicos de auge y recesión como consecuencia de las alternativas evolutivas de la economía y por efecto de las políticas aplicadas y el desequilibrio de las relaciones internacionales. Sin embargo ya habían quedado lejos las dos grandes crisis. Una tercera era impensable. El furor del desarrollismo que invadió, a finales de los 50 y principios de los 60, incluso a las almas más pesimistas, hizo creer que el progreso económico no tendría fin. Los errores de cálculo se pagan caros. El industrialismo desaforado necesitaba cada día más energía para alimentarse. Ya no alcanzaban las reservas propias de los países desarrollados. La energía debía importarse cada vez más. Y proporcionalmente iba aumentado la dependencia de los países que controlaban la mayor producción del principal combustible utilizado: el petróleo. Nadie contaba con el poder Árabe, agazapado tras el “grifo negro”.
En 1973, el jeque Ahmad Zaqi Yamani, superministro de la Arabia Saudita, era la cabeza visible y la voz de mando de la Organización de Países Productores de Petróleo (OPEP) y pujaba por poner en orden ese avispero de naciones, dominadas por ambiciosos reyes de turbante, para formar un frente sólido ante los países occidentales. A través de esa firmeza esperaba lograr el aumento del precio del barril del petróleo como para aumentar las riquezas y los placeres occidentales a los que eran/son proclives los reyes de la aristocracia arábiga.
El 8 de octubre de 1973 varios jet privados viajaban desde Oriente Medio transportando a los representantes de la OPEP a Viena. Allí los esperaban los enviados de las más importantes empresas de petróleo, para discutir sobre el futuro precio del combustible esencial.
Ese mismo día el presidente egipcio Anuar Sadat lanzaba sus tropas a cruzar el canal de Suez para realizar un ataque sorpresivo contra Israel. En la que luego se conoció como la guerra relámpago del Yom Kippur.
Esta operación militar produjo un efecto rotundo en aquella reunión de Viena. La noticia metió miedo en las grandes corporaciones multinacionales del petróleo. Los jeques pidieron duplicar el precio del petróleo (de 3 a 6 dólares por barril). Los empresarios rechazaron la demanda y rompieron la negociación. Los gobiernos occidentales sorprendidos, demoraron en ofrecer una respuesta que, cuando se produjo, fue tímida y dividida. Incluso el miedo que los estremecía los hizo incrementar sus demandas de petróleo.
El 23 de diciembre de 1973 comenzaba la gran debacle: una nueva e inesperada crisis mundial, que, justamente por su sorprendente gestación y su origen golpeó a los países desarrollados en el corazón de su sistema: la energía.
Aquel día, los primeros ministros de los países del Golfo, decidieron en Teherán, el incremento de casi el 400 por ciento en el precio del barril de petróleo crudo.
El gesto de rebeldía de los países árabes en apoyo a las reivindicaciones palestinas sobre los territorios ocupados por Israel seis años antes, se había convertido en el embrión de una crisis ante la falta de respuesta y el pánico que invadió a los países consumidores. La guerra de Yom Kippur se cerró rápidamente con un nuevo y estridente fracaso de las tropas egipcias. La crisis sin embargo fue uno de los mayores triunfos árabes sobre las potencias occidentales.
En Estados Unidos y Europa aquella navidad de 1973 se recuerda como la más tensa y preocupante. El frío del invierno llegó acompañado de una crisis larga y helada. Faltaba combustible para echar a andar los coches, los aviones, las industrias y hasta los sistemas de calefacción de las casas. Muchos europeos veteranos evocaron el duro invierno del 45-46. Con la excepción de que este nuevo golpe no estaba precedido de una guerra sino de la pródiga comodidad que ofrecía el desarrollo. La pérdida del confort “conquistado” no fue bien encajado por europeos y norteamericanos.
Los esfuerzos de ajuste se tradujeron en una restricción de los gastos estatales, el apoyo sin precedentes (se triplicaron los presupuestos) para la búsqueda de fuentes alternativas de energía y un inevitable aumento de la inflación. Esos ajustes drásticos permitieron absorber de mejor manera la nueva crisis (¿segunda parte de la anterior?) registrada en 1979. Aquel final de década (diciembre del 79) en Caracas, Venezuela, los precios del petróleo se volvieron a duplicar con respecto a los de 1974. El ayatolá Jomeini y su revolución islámica pusieron el toque de dramatismo en los líderes de los países occidentales quienes creyeron ver en él al fantasma reencarnado del esperado conductor de la Revolución Verde (que no se refería al movimiento ecologista).

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