jueves, 19 de noviembre de 2009

Crisis económicas IV: Locura conservadora


La recaída de la crisis del 73, en 1979, encuentra a los países de Occidente con el ajuste de sus economías ya realizados, con aparatos industriales menos dependientes del petróleo árabe y, por tanto, con mejores armas para superar el problema bajo la forma de una recesión disimulable.
Simultáneamente se produce en Estados Unidos el recambio de gobierno que significaría una transformación de las expectativas y los cimientos económicos bajo el impulso de la política avasallante de la Revolución Conservadora (según él mismo la bautizó) lanzada por el flamante presidente estadounidense Ronald Reagan.
Apenas un par de años después, en plena euforia de la "cultura occidental", particularmente norteamericana y británica, el economista y escritor John Galbraith hacía un preclaro análisis (...)”La administración Reagan llegó al poder a principios de 1981; apoyaba entonces firmemente a los monetaristas, pero mister Reagan también llevó a Washington a los representantes de la llamada economía de oferta. Estos economistas creían (o eso descubrieron) que podían conquistar el aplauso público afirmando que si se reducen drásticamente los impuestos de individuos y corporaciones, la producción se expandirá, las rentas públicas se elevarán, y el sector público estará tan bien financiado como antes (...). (...) La aberración de la economía de oferta, combinada con un gran aumento de los gastos militares, determina ahora la perspectiva de un déficit presupuestario aún mayor, un endeudamiento público en una escala monumental en tiempos de paz. Esto significa que, para contener la inflación, se favorecerá menos la política fiscal y menos la política monetaria. Habrá más endeudamiento público, con una nueva alza de las tasas de interés. O bien, si bajo la presión política se relaja la política monetaria, la producción y el empleo crecerán, pero la inflación continuará. La política que se sigue actualmente en Washington no supone una recesión continuada. Implica que habrá recesión o una renovada inflación, o bien, incluso ambas cosas. No es una perspectiva que nos haga felices, pero, seriamente, no puede anticiparse ninguna otra”. Si Galbraith no fuese uno de los más inteligentes analistas económico-políticos contemporáneos, podría confundirse con un profeta disfrazado.

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