
Después de la Primera Guerra Mundial(1914-1918), el diez por ciento de los trabajadores europeos habían muerto en las batallas. El costo económico de la factura bélica significaba el 32 por ciento del PIB británico, el 30 por ciento del francés, el 22 por ciento del alemán y sólo el 9 por ciento del estadounidense. Los países europeos beligerantes habían contraído, además, deudas importantes con los Estados Unidos: Gran Bretaña 4 mil millones de dólares y Francia, 3 mil millones.
La ascensión de Estados Unidos a primera potencia económica comenzaba a vislumbrarse con cifras como las indicadas y otras de relevancia, como sus reservas de oro: en 1921 alcanzaban los 2.500 millones de dólares, prácticamente el 40 por ciento del conjunto de las reservas mundiales. El panorama presentaba un oscuro presente y un incierto futuro para las grandes naciones europeas: la gran potencia derrotada, Alemania, más allá de su aparato industrial semidestruido, sumaba una sentencia internacional que la condenaba al pago de reparaciones de guerra por 33 mil millones de dólares a los aliados.
El mercado interior europeo deprimido impedía cualquier tipo de recuperación a corto plazo, y además los países capitalistas veían recortado su mercado natural ante el triunfo de la Revolución socialista consolidada en Rusia.
Durante este período fue frecuente el establecimiento en Europa de empresas multinacionales con sede en los Estados Unidos y la organización de cárteles en sectores económicos estratégicos como la energía, la minería o la agricultura. Y también creció la predominancia de las inversiones financieras y comerciales de los Estados Unidos en la región.
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