miércoles, 25 de noviembre de 2009

Crisis económicas VII: EE.UU. fin de siglo



El horizonte de los años que enlazaron las presidencias de los Bush (padre e hijo)en Estados Unidos, es decir el período entre la última década del siglo XX y la primera del XXI, se veía de forma pesimista por los especialistas estadounidenses de la época, muchos de los cuales anticipaban las crisis que se viven en la actualidad. Ese período “posreganeano” se presagiaba cubierto por problemas como el paro, la inflación o la temida recesión. Una crisis que amenazaba con extenderse o profundizarse. El mapa económico del mundo desarrollado en los años noventa tenía tres centros de poder, tras el derrumbe estrepitoso de la Unión Soviética: Estados Unidos, Europa y Japón, cuyas relaciones variables podían cambiar el cuadro de situación de la economía mundial en el futuro.
Es probable que los norteamericanos, temerosos de posibles crisis venideras, quisieran mantener su economía doméstica al mismo ritmo que el registrado durante 1988 y 1989. Esto es con un crecimiento lento, comparado con los parámetros de las épocas de bonanza de la renta de todos los norteamericanos, una aceleración gradual de la inflación y un comportamiento en general bueno de una de las variables que más preocupaba en todo el mundo: el empleo.
"Serán estos unos años de precaución y estabilización -en opinión del economista Paul Krugman- que inevitablemente llevarán a Estados Unidos a un retroceso manifiesto en su poderío económico mundial a principios del próximo milenio".
Estas prospectivas trazadas en función de la crisis de los noventa tienen fundamentos claros: según el economista Rudler Dornbusch, del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT): "A finales de 1992 más de 17 millones de trabajadores se encontraban sin empleo o con empleos temporales por debajo de su capacidad en los EE.UU. Es decir, que se produjo un incremento de ocho millones de desempleados durante la Administración de George Bush padre (de los cuales el 75 por ciento se traduce en la pérdida total de empleo). De la escasa riqueza creada durante la década de los 80, un 70 por ciento fue a parar al 1 por ciento más rico de la población, mientras que los de menor poder adquisitivo sufrieron pérdidas en términos absolutos".
Los malos tiempos daban peores sensaciones si se revisaban las predicciones de éxito exagerado que antaño se hacían de esta era postecnológica. En 1967 los norteamericanos miraban el futuro con un optimismo desusado: el libro The Year 2000, del economista Herman Kahn, afirmaba que Estados Unidos crecería hasta final de siglo a un ritmo del 4 por ciento anual sostenido; mientras que la revista Fortune explicaba que para el año 2.000 los salarios reales norteamericanos habrían aumentado en un 150 por ciento.
Seguramente esos profetas podrían enrojecer ahora ante las cifras que se les presentan: los salarios reales por hora bajaron durante los años 70 y 80; la productividad aumentó a un promedio del 1 por ciento anual y la pobreza creció en términos absolutos: el final del siglo XX sorprendió a Estados Unidos con un "ejército" de casi 18 millones de homeless (personas sin hogar) y de 25 millones de pobres (1 de cada 10 norteamericanos) que sobrevivían gracias a los food stamps (bonos del Estados para comer).
El profesor Robert Reich, de la John F. Kennedy Schools of Government de Harvard, sostiene que "En la actualidad, Estados Unidos está creando dentro de sus fronteras una nación tercermundista, y esa nación tercermundista crece a un ritmo más rápido que la deuda nacional. Al mismo tiempo, los ricos se retiran silenciosamente a zonas residenciales selectas y comunidades cerradas. La clase media se reduce. Estados Unidos se está desdoblando en dos economías conectadas sólo tangencialmente: una, la de los edificios comerciales y las sedes centrales de las empresas cada vez más extendidas y, la otra, la de la calle Mayor. Este no es el reto de la competitividad, como se dice con tanta frecuencia. Es, simplemente, el reto de mantener una sociedad coherente".

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