miércoles, 25 de noviembre de 2009

Crisis económicas VIII: Desplome del "boom" español


En medio de la revolución conservadora estadounidense, España debía resolver a mediados de los ochenta un dilema de 2 siglos de antigüedad: su incorporación a la Europa Occidental, su integración económica y su participación activa en el debate político con voz y voto. España empieza entonces una lucha en tres frentes, según explica el economista Juan Luis Segurado Llorente: "En principio debía mirar hacia su propio mercado interno y ponerlo en orden, lo primero que hace el ministro de Economía Miguel Boyer. El ajuste español coincidió afortunadamente con un período económico estable en el exterior, aunque se estaba gestando el drama posterior. El segundo frente español consistía/consiste en conducir su economía a medio y largo plazo hacia los objetivos de convergencia marcados por las líneas de coincidencia en la futura Unión Europea. El tercer frente, el externo, supone un permanente fracaso para España. A partir de 1985/86 el ajuste de Boyer tiene aparentemente éxito al lograr una estabilidad económica de los índices macroeconómicos que, junto con la estabilidad política ya garantizada en el país, genera gran confianza exterior para las inversiones. Si bien la coyuntura internacional empieza a decaer (comienza a pagar la factura de la "reaganomic") España logra exhibirse como un país fiable ante el capital exterior, que sería su máximo sostén y su peor enemigo en el futuro cercano".Simultáneamente, España comienza a mostrar los defectos inevitables de cuatro décadas de aislamiento, no disimulables con un par de años de ajuste y crecimiento. Las enormes carencias industriales y tecnológicas de cara al exterior generan las máximas dificultades para que España pudiera lanzarse a competir con los países occidentales y ganar espacio para su producción en los mercados externos. De manera que ante el auge desatado en el consumo interno y una reactivación permanente de la industria, las importaciones se disparan y superan sensiblemente a las exportaciones: la balanza comercial española es enormemente deficitaria. Sin embargo, paralelamente, los bienes de capital ingresan día a día generando una euforia ilimitada, equilibrando la balanza de pagos. Muchas de esas inversiones se incorporan directamente a la economía real de producción, pero muchas otras son especulativas, buscan unas condiciones beneficiosas en las bolsas españolas y aprovechan la coyuntura favorable. Un auge irreal se apoderó de la sociedad.
A partir de 1991, la economía española fue acusando cada vez más la inquietante situación internacional y el coste de ajustarse cada vez más a los índices de convergencia europeos. Comenzó entonces a redactarse la crónica de la crisis anunciada, como si se acercara el lobo al rebaño. Gran parte de la clase media española empezó a pagar la factura de un lustro de vida por encima de sus posibilidades económicas reales; la masiva toma de créditos y las facilidades financieras y burocráticas para acceder a ellos elevó la deuda contraída por muchos hogares españoles hasta límites peligrosos.
Un análisis realizado por el economista y catedrático del UNED, Francisco Mochón daba a conocer que "los últimos datos de 1991 (según el informe oficial del Banco de España) muestran el estancamiento de la producción, la caída del excedente bruto, el aumento de la financiación ajena y de proveedores, el incremento de las dotaciones y la reducción de dividendos. España empezaba a perder altura rápidamente.
El 1992 empezó como un año mágico bajo la sombra de la Exposición Universal de Sevilla y los Juegos Olímpicos de Barcelona, dos gigantescas "zanahorias" que ocultaban el drama social. Aquel año terminó bajo llamamientos oficiales al control y la moderación. El entonces ministro de Economía, Carlos Solchaga dijo en diciembre de ese año y después de leer un informe de la OCDE pesimista sobre el futuro inmediato de España, "Las perspectivas de ajuste que ofrece tanto en materia de inflación como de déficit público y tipos de interés son bastante correctas y espero que 1993 sea un año bien utilizado en materia de corrección de equilibrios". El informe de la OCDE advertía de la gran dificultad que debía afrontar el país: (...) "el problema más grave en España será el desempleo, que puede alcanzar el año que viene un nivel dramático: el 19,5 por ciento de la población activa (un total de más de 2.952.000 parados; el gobierno situaba ese porcentaje en un optimista 18,9 por ciento)". Todas estas perspectivas para 1993, un año que teóricamente estaba "diseñado" para acoger el gran lanzamiento de la unidad europea. Los capitales especulativos comenzaron a retirarse rápidamente de las bolsas españolas cuando los beneficios no justificaban la inversión. Fue entonces cuando la economía tambaleó y mostró su estabilidad ficticia.
La crisis se había instalado y comenzaron a variar los hábitos de consumo, hubo una considerable rebaja de precios de productos asociados al confort, segundas necesidades vitales (electrónicos, textiles, etc.) y servicios en general. Las pequeñas y medianas empresas ya habían empezado a sentir esos síntomas desde los primeros años 90. En 1989 la cifra neta de negocio de las PYME españolas registraba el 12,25 por ciento de aumento; cuatro años más tarde se había cerrado con un 6 por ciento negativo y con tendencia a seguir descendiendo. Las cifras de desempleo aportaron los datos más dramáticos del trienio 92-94: más de un millón de parados se sumaron a la lista oficial y, según estimaciones realizadas por los sindicatos, otro medio millón de personas sobrevivía con trabajos temporales no declarados, al margen de la legalidad laboral.
Era la factura que pasaban a la mayoría de los españoles los días de especulación y enriquecimiento fácil que supieron aprovechar los más audaces y aquellos personajes que hicieron de la falta de ética en los negocios una norma implícita. A la larga cuenta deudora de la crisis se sumaron los grandes negociados realizados en las empresas públicas bajo la desidia del control oficial (lo que se llamó popularmente alentar la cultura del "pelotazo"). El crecimiento del nuevoriquismo desaprensivo y hasta prepotente encontró en la acera de enfrente el drama social del paro como contraste más brutal.
Durante los primeros años 90 los bancos prestaron menos dinero y se registró un ejercicio generalizado por recuperar expectativas más acordes con la situación.
Según el informe de la OCDE "La economía atraviesa, en este 1993, un difícil período de ajuste. El crecimiento pierde velocidad, aumenta alarmantemente el paro y las expectativas de inflación son vivaces". La interpretación de este diagnóstico es que el proceso histórico no se ha modificado ni un ápice: el coste de esta "crisis" es amortiguado por los sectores más desfavorecidos de la sociedad; un cómodo colchón para contener la "caída" de los grupos económicamente poderosos (Seat, Gillette, Suzuki, entre otros ejemplos de empresas que retiraron sus inversiones directas o formularon planes de racionalización salvaje de sus plantillas).
El resto de los países europeos han estado inmersos en la crisis en condiciones similares de dramatismo dialéctico y perplejidad económica. Su origen, según el economista Manuel González Cid tiene tres puntos de apoyo: "El endurecimiento de las condiciones monetarias en la mayoría de los países desarrollados que, a partir de 1988 arrastran síntomas de recesión, especialmente Estados Unidos y Gran Bretaña. En segundo lugar la crisis abierta tras la Guerra del Golfo y la caída de los regímenes socialistas, lo que ha provocado un menor crecimiento del comercio internacional. Y en tercer lugar el aumento de las tasas de interés como consecuencia de las políticas monetarias restrictivas en los países industrializados". La única excepción a este último punto descripto por González Cid es la negativa a ultranza de Alemania de negociar sus tipos de interés y su estricta política antiinflacionaria.


Foto: De izquierda a derecha: Rodrigo Rato, Pedro Solbes, Miguel Boyer, Carlos Solchaga; los cuatro ministros de Economía más destacados de España, desde 1982 hasta 2009. Los éxitos y fracasos de la economía española durante esos 27 años están ligados, en gran medida, a las decisiones de estos hombres.

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