
"No es la inteligencia buscando tres pies al gato la que ha sacado a Alemania de su miseria sino nuestra fe (...)" vociferaba Adolf Hitler, lanzando al misticismo a las masas y abriendo camino hacia el "milagro". Algo que Joseph Goebbels, su ministro de Propaganda, tenía más claro aún; (ante la masa y dirigiéndose a Hitler en 1934) "(...) En nuestra profunda desesperación encontramos en vos aquel que enseña el camino de la fe. Vos habéis forjado nuestra confianza en el "milagro" por venir. (...)".
Alemania, afectada por las deudas de la Gran Guerra, la ocupación del Ruhr, la hiperinflación que destruyó su moneda, los coletazos del crack del 29, una recesión industrial que hizo descender su producción un 50 por ciento en cuatro años (1928-1932), el movimiento obrero dividido y las reservas del Reichbank agotadas, reunía las características sociológicas de decepción y escepticismo propicias para que la masa de su población se viera cautivada por una idea nacionalista aglutinante, una creencia fanática que le permitiera recuperar su autoestima.
Si sólo este trabajo psico-sociológico y propagandístico colectivo hubiese sido el cimiento de construcción del reino nazi, podría hablarse de "milagro". Sin embargo existieron otras razones político económicas de mucho mayor peso.
A medida que el nazismo fue creciendo y acercándose al poder, disminuyó proporcionalmente su proclamada aversión anticapitalista de los inicios. Hitler recibió el apoyo de los grandes industriales y financieros alemanes, con un guiño de aprobación del capitalismo internacional que veía con buenos ojos una Alemania fuerte y fanáticamente anticomunista, como barrera segura ante una posible expansión de la Unión Soviética.
La frase del industrial Fritz Thyssen, pope de la metalurgia germana y europea, quedó enmarcada históricamente como la mejor prueba de ese apoyo: "la democracia, para nosotros, no significa nada".
Las principales empresas industriales alemanas (Siemens, Daimler Benz, Volkswagen, entre otras) se beneficiaron del impulso que significó la economía de guerra implementada por el régimen nazi. Sus dirigentes imbuidos de un repentino fervor nacionalista se sirvieron de cientos de miles de trabajadores forzosos y convirtieron sus fábricas en verdaderos campos de concentración. No se trataba de mano de obra barata sino totalmente gratuita, esclavizada bajo el control de las autoridades militares alemanas. Para Hitler era una forma de hacer productivos a sus prisioneros de "razas inferiores" como judíos, gitanos y eslavos (preferentemente polacos y originarios de las diferentes repúblicas soviéticas), mientras los alemanes podían ser destinados al reclutamiento militar para el reforzamiento de su ejército.
Según las investigaciones del historiador alemán Hans Mommsen, en 1944, con Alemania en pleno declive, la empresa Daimler-Benz ofreció a las diezmadas SS hacerse cargo de la financiación y ejecución de la evacuación de prisioneros del campo de concentración de Neckarelz, para que no cayeran en manos aliadas.
La Volkswagen, encabezada en esa época por el famoso industrial Ferdinand Porsche, llegó a un acuerdo con Hitler en los años previos a la guerra mundial que se mantuvo durante la contienda para convertir sus fábricas en las principales proveedoras de medios de transporte que facilitara la movilidad a toda Alemania. La actual planta central y emblemática de la compañía en Wolfsburg, Alemania, fue entonces una gigantesca fábrica de trabajos forzados en la que fluían continuamente prisioneros que desarrollaban actividades sin límite de horas, condiciones de trabajo ni salario, en las líneas de montaje. Según el testimonio del médico de la Volkswagen en ese entonces, doctor Hans Kurbel juzgado y ejecutado como criminal de guerra en 1946 morían un promedio de diez trabajadores diarios en la planta de Wolfsburg y sus cadáveres eran enterrados en fosas comunes. En 1943, aproximadamente el 70 por ciento de la plantilla de trabajadores de la Volkswagen estaba integrada por prisioneros procedentes de diferentes campos de concentración nazis situados en el este europeo.
Existen documentos públicos a través de los cuales Porsche pedía personalmente a Hitler la asignación de contingentes de prisioneros para la construcción de nuevas instalaciones. Más exactamente en 1944 Porsche solicitó oficialmente al líder nazi 3.500 prisioneros para levantar una fábrica en una mina abandonada, cuyo destino era el montaje de un arma secreta: la bomba voladora V-1.
No sólo las empresas alemanas dieron su apoyo al gobierno nazi, las más importantes industrias extranjeras también colaboraron con el régimen.
En 1933, pocas semanas después de la elección de Adolf Hitler como canciller se puso en marcha la normativa económica esencial de la dictadura nazi: la ley de radicaciones extranjeras que imponía la obligación a las compañías foráneas de reinvertir todos sus beneficios en la nación germana. Sin embargo las grandes empresas europeas y norteamericanas no se quejaron mayormente de esa legislación, ni se retiraron del territorio alemán. Al contrario, muchas de esas compañías, como General Motors, Ford, Unilever y Shell, entre otras, aumentaron su productividad y recibieron compensaciones de mano de obra esclavizada y numerosos privilegios por su participación en el incremento de la "grandeza del III Reich".
La cuidada programación económica nazi reguló el desaliento de la inversión pública en favor del avance del sector privado, aunque con el control directo del Estado sobre ese trasvase planificado. Los economistas de Hitler organizaron un sistema de carteles, que reunía a los mayores productores de cada rama, obligando a las empresas a participar en el cartel que le correspondía. Esta sistematización hizo factible el esfuerzo para la construcción del III Reich soñado por el dictador nazi.
A la reactivación económica se sumó el efecto social: cuando Hitler fue nombrado canciller, en 1933, el paro sumaba 5 millones de personas; esta cifra se había reducido a menos de un millón en 1937. La producción, bajo el trabajo forzado en régimen de emergencia (economía dirigida a la guerra) también aumentó de forma espectacular: se triplicó en seis años (1933-1939). El dato más significativo es que entre 1931 y 1935 las industrias armamentistas (lideradas por las fábricas Krupp) multiplicaron por seis sus gastos.
El "milagro" que proclamaba Goebbels queda al descubierto como el resultado de una estructura propagandística exacerbada y excelentemente montada para invocar el fervor nacionalista de un pueblo deprimido. La realidad demuestra un generoso apoyo económico de los tejidos industrial-comercial-financiero alemán e internacional y decisiones políticas favorables al régimen emanadas no del Reichstag, sino de las potencias de la época: Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos y la Unión Soviética.
Foto: Prisioneros en la puerta de entrada del campo de concentración de Auschwitz, Polonia. La inscripción de la reja decía: "El trabajo os hará libres"
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