miércoles, 25 de noviembre de 2009

Milagros económicos III: Japón se reinventa


El inmovilismo producto de legendarias tradiciones arraigadas y rígidas era la característica principal de la estructura social de Japón a mediados del siglo XX. Su pasado durante los últimos quinientos años estuvo regido por las ansias imperiales de Señores de raigambre conquistadora.
La rendición del emperador Hiroito en agosto de 1945, luego de las masacres atómicas de Hiroshima y Nagasaki, constituyó para aquel Japón altivo, el choque frontal con la realidad de la decadencia, tras la aventura imperial de la Segunda Guerra Mundial.
El país de posguerra estaba en ruinas. La producción agrícola se redujo al 40 por ciento de los niveles registrados antes del conflicto bélico, y la industrial se quedó en un 30 por ciento.
A pesar de los más de dos millones de japoneses muertos durante la guerra, la presión demográfica causada por la repatriación de muchos habitantes de las colonias del antiguo Imperio y el regreso de los soldados (origen del "baby boom") se hizo arrolladora. Los primeros cinco años posteriores a la rendición, la población del archipiélago aumentó de 72 a 83 millones de habitantes (1). Una población carente de víveres, ropa, combustibles y viviendas, cuya ración diaria de arroz se redujo a poco más de 200 gramos por persona (por debajo del nivel de supervivencia).
El Comando Supremo de los Poderes Aliados (SCAP), al mando del general Douglas MacArthur (el mismo que poco tiempo después quiso borrar del mapa media China con la bomba atómica durante la guerra de Corea) fue el organismo encargado no sólo de la ocupación y sometimiento del archipiélago nipón, sino también de transferir el "american way of life" a un pueblo sumido todavía en las miserias del sistema feudal.
La primera medida de transformación fue la reforma agraria (los latifundios inexplotados eran confiscados, distribuyendo entre los arrendatarios unas parcelas de sólo tres cho). Más de 2 millones y medio de cho cambiaron de mano como consecuencia de esta operación; y en el transcurso de la década siguiente se modificó sustancialmente el mapa de la tenencia de tierras: en 1946 el 33 por ciento de los propietarios explotaban sus tierras; en tanto en 1955 ese indicador se había elevado al 77 por ciento.
El Comando norteamericano dictó una ley antitrust que desconcentró el poder industrial, en manos de holdings financieros familiares (zaibatsus), para lanzarlo hacia la libre empresa. Esa normativa obligaba a la transferencia de los bienes de las grandes familias a una comisión de liquidación de los trust; impedía la acumulación de puestos de dirección y la adquisición recíproca de acciones entre que hubiesen pertenecido a un mismo zaibatsu. Asimismo se creó una comisión (Fair Trade Commission) para controlar las operaciones comerciales interempresariales. Las empresas de los grupos, al cortarse los lazos que las relacionaban, encontraron así cierta autonomía.
Los zaibatsus eran camarillas financieras cuyos orígenes se remontaban a las grandes fortunas mercantiles de la época Tokugawa (1600-1867) y se desarrollaron con mayor fuerza durante el período Meiji (1868-1912). Ambas dinastías habían puesto en práctica una política de modernización basada en la garantía de éxito que suponía la concentración en pocas manos de los sectores económicos más importantes. Los zaibatsus dominaban la industria pesada, el comercio exterior y la navegación comercial. Y, a pesar de los grandes terremotos políticos, los zaibatsus seguían constituyendo sólidas empresas familiares basadas en la tradición. La Mitsubishi (primera empresa japonesa durante muchas décadas) era propiedad exclusiva de los Iwasaki; mientras que el amplio árbol de la familia Mysui (compuesto por once ramas) controlaba el grupo del mismo nombre. Este último grupo manejaba directamente más de 80 empresas en 1945, y más de 350 a través de subfiliales, ejerciendo el derecho de fiscalización.
A pesar de la tradición legendaria de los japoneses, que relacionan el honor personal con la dignidad de ejercer un trabajo, de servir, fue dictada una nueva legislación laboral que reglamentaba la negociación de las remuneraciones, las condiciones de trabajo, la organización sindical, los procedimientos de despido y el derecho a la huelga.
En tres años las estructuras sociales y políticas de Japón cambiaron profundamente. Las bases del Estado capitalista estaban sembradas y las estructuras feudales desmembradas bajo la acción coercitiva de las fuerzas de ocupación.
Pero simultáneamente, como resultado de esas aperturas, las centrales sindicales ascendieron rápidamente y empezaron a transformarse en un factor de presión importante y casi decisorio en la vida política japonesa. El SCAP dio marcha atrás entonces ante tanta "liberalización" y decidió mantener la libertad de acción sólo en el terreno que entraba en los planes diseñados por el Departamento de Estado norteamericano: la economía.
En 1948 se detienen las requisas industriales y en julio de aquel año se suspende el derecho a huelga. Un año más tarde, el gobierno japonés enmienda la legislación antitrust: quedan atenuadas las prohibiciones para acumular puestos directivos y la adquisición de acciones entre empresas de un mismo zaibatsu. Y dos años después, cuando la atención se fijaba en la caza de brujas que barría con máximo fanatismo el teritorio norteamericano, los coletazos alcanzaron a la central comunista nipona y todos sus militantes fueron excluidos de las principales empresas públicas y privadas del archipiélago.
Las causas económicas del proceso de recuperación nipón, con aspecto de "milagro", cuya continuidad de gestación se prolongó durante varias décadas, se relacionan con el impulso de la demanda del mercado interno, formado por más de 120 millones de personas convertidas al culto de la sociedad de consumo; la carencia absoluta de conflictividad social, a pesar de las duras condiciones de vida, y la posibilidad de tener un mercado externo abierto con la capacidad de demanda del estadounidense. Estas condiciones, sumadas a una segura estabilidad política ligada a una rigurosa desmilitarización, y a una investigación tecnológica persistente dieron lugar a la multiplicación asombrosa de las inversiones y al crecimiento productivo y tecnológico que Japón ofrece hoy. Fue un camino de cuarenta años en el que descubrieron las imágenes simbólicas, las costumbres, los métodos y los productos norteamericanos, hoy arraigados entre las nuevas generaciones japonesas. Sus industrias comenzaron a exportar a bajo precio productos de todo tipo, hasta lograr acreditar unas marcas que por su tecnología, diseño, calidad y precio desbancaron en muchos sectores a sus rivales occidentales más competitivos. Este proceso se consolidó con el montaje de una red de multinacionales que les permitían a las empresas matrices japonesas, fabricar sus productos en sus principales mercados externos y así realizar inversiones directas en esos países para salvar las barreras arancelarias que el proteccionismo occidental comenzó a desplegar. El mejor ejemplo ha sido el éxito arrollador de la fábrica Toyota en Estados Unidos, que no sólo se apropió del mercado interno norteamericano sino que reexportó automóviles hacia el país de origen. Siete bancos japoneses pasaron a figurar en el exclusivo ranking de los "top ten" (los diez bancos más importantes del mundo).
Los jóvenes japoneses ya no anteponen como una cuestión de honor su amor al trabajo a cualquier otro tipo de aspiraciones: su filosofía de vida está más occidentalizada; desean más tiempo libre para dedicarlo al ocio, a la familia y a proyectos personales. Sin embargo a pesar de estas transformaciones de conductas sociales, todavía la actividad productiva laboral tiene una importancia mayor que en otros países de Europa o Norteamérica. Un trabajador japonés, a finales del siglo XX, seguía trabajando una media de 2.111 horas anuales; 500 más que un trabajador de la Unión Europea y 200 más que un estadounidense. Este horario suponía en la práctica una semana de seis días laborables, a la que se agrega un par de horas más a la salida de la labor, en la que los empleados y trabajadores en general comparten una copa de relax hablando... de su trabajo. En tanto sus vacaciones anuales promediaban los siete días.
La vida cotidiana presentaba los problemas lógicos de un país superado por la explotación demográfica. La gran especulación inmobiliaria por la escasez de suelo construible, elevó el precio de la vivienda a cifras astronómicas para pisos familiares que no superaban los 40 metros cuadrados de superficie. Esa carencia de viviendas obligaba a los japoneses a vivir en zonas alejadas de su lugar de trabajo con lo que aumentaban las dificultades de largos y tortuosos viajes cotidianos.
La tendencia adoptada por la economía japonesa, a partir de los primeros años noventa fue poner en práctica la kokusaika (internacionalización) en su economía, para abrirse al exterior. Sin embargo no pudo escapar a la crisis de fin de siglo.


(1)Nota: esa cantidad de habitantes estaba distribuida en un archipiélago compuesto por 4.000 islas que suman una superficie de 370.073 kilómetros cuadrados, aproximadamente el 75 por ciento del territorio peninsular español.

Foto: Robot ASIMO, desarrollado por la empresa japonesa Honda: desde abril de 2009 ASIMO es controlado por una persona mediante un dispositivo ICC (interface computadora cerebro) con un 90,6% de aciertos - AP

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