jueves, 26 de noviembre de 2009

Milagros económicos IV: El gigante del sur


A principios de la década de los sesenta el gobierno demócrata de John F. Kennedy lanzó la "Alianza para el Progreso"; un acuerdo de interrelación comercial fluida entre los países latinoamericanos y Estados Unidos. Básicamente se trataba de impulsar definitivamente la formalización de convenios que favorecieran las exportaciones de bienes y servicios norteamericanos y la inversión extranjera directa en los países del área.
Algunas fuentes norteamericanas de aquella época permiten confirmar esta situación: "durante el período 1955-1964 la caída de los precios de las exportaciones de América Latina significó una pérdida de diez mil millones de dólares. Y las previsiones para el futuro no son alentadoras. La ayuda financiera tiene un vicio: la vinculación. Estados Unidos desde 1939 tomó medidas tendentes a obligar a los países que auxiliaba a efectuar sus compras a los suministradores norteamericanos. Se calcula actualmente que un 80 por ciento de la ayuda norteamericana al exterior se realiza en esas condiciones. En América Latina la deuda pública externa se elevó de 4.000 millones de dólares en 1955 a 10.600 millones en 1964, lo cual representa un aumento medio anual del 11,5 por ciento", según análisis publicado en 1966 en el "Latin American Bussines Highligts", boletín trimestral del Chase Manhattan Bank.
Dos años antes de ese informe, Estados Unidos buscaba las mejores condiciones políticas para avanzar sin tropiezos en la apertura de la economía latinoamericana a sus productos. Si bien la Alianza para el Progreso fracasó como gran operación política liberalizadora; no obstante las relaciones comerciales y las condiciones de inversión para las empresas multinacionales con sede en Estados Unidos se mantuvieron constantes en la región, sólo oscurecidas por la inestabilidad política latinoamericana durante los años sesenta.
Sin embargo la economía norteamericana, que siempre vio con recelo a Brasil por su enorme potencial de desarrollo, no se resignó a carecer de una plataforma en su denominado "patio trasero". La solución fue favorecer la instauración de un régimen más cercano a sus intereses en Brasil: la dictadura militar que derrocó a Goulart en abril de 1964, dirigida por el Mariscal Humberto de Alencar Castello Branco, designado presidente de facto (documentos desclasificados por la CIA en 2004 detallan la participación activa del gobierno estadounidense en el golpe de Estado). Una de las primeras medidas de Castello Branco fue la reducción de facilidades para la financiación de las empresas nacionales y la eliminación de trabas para el asentamiento de compañías multinacionales.
En un plazo muy corto la inversión extranjera controló la industria brasileña. Como un espejismo se empezó a extender por el Brasil atlántico, fundamentalmente el centro y el sur, una ola de optimismo sostenido por el surgimiento de nuevos puestos de trabajo, el incremento de los beneficios empresariales y un mejoramiento relativo de la calidad de vida de la burguesía.
Poco a poco esta etapa de expansión de las empresas multinacionales fue penetrando no sólo en los sectores de producción tradicional (agricultura, minería, servicios públicos) sino también en la industria del petróleo y la de transformación. Por entonces se instalaron en el sector eléctrico, la empresa Philips, la Light y la General Electric; en la industria metalúrgica, la Krupp Metalúrgica; la Siderúrgica Belgo Minera y la japonesa Usiminas; la industria química fue controlada por la Union Carbide y la francesa Rhodia de Industrias Químicas; mientras que en el sector automovilístico desembarcaron la General Motors, la Volkswagen (fabricaba el 62 por ciento de los coches en Brasil a principios de los años 70), la Ford y la Mercedes Benz. Doce años más tarde del inicio de este proceso, la industria manufacturera brasileña era controlada en un 76 por ciento por la inversión extranjera (el 50 por ciento correspondía a empresas norteamericanas).
El "milagro" brasileño ocultaba 20 millones de hambrientos en los Estados del noreste,mayoritariamente, viviendo en condiciones infrahumanas, y ponía en evidencia los violentos contrastes del lujo y la miseria conviviendo a pocos metros en sus grandes ciudades. La cara política que sostuvo este proceso se reconocía en los escuadrones de la muerte, un ejército represivo con alma de gendarme interno que acumuló centenares de asesinatos, y una celosa censura.
Estas condiciones no pudieron ser soportadas durante mucho tiempo, fundamentalmente hasta que sobrevino la crisis mundial durante los primeros años setenta. Intentar sostener ese ficticio "estado de bienestar" para un reducido número de brasileños significó para el régimen la absorción de 140.000 millones de dólares del ahorro externo producido durante los años del "milagro"(siempre en manos extranjeras) y luego recurrir al endeudamiento externo que, sumando y sumando, le hizo alcanzar la cota deudora más alta del Tercer Mundo.


Foto: Encuentro del presidente brasileño, Joao Goulart, con el jefe de Estado estadounidense, John Kennedy, en Washington, el 3 de abril de 1962. White House Photo.

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