
El ocho de agosto de 1945, un día antes de que los estadounidenses lanzaran la segunda bomba atómica sobre territorio japonés (Nagasaki) y dos días antes de que el emperador nipón Hiroito se rindiera a las fuerzas aliadas, la diplomacia norteamericana y la soviética habían llegado a un acuerdo apresurado para pactar la partición de Corea. El documento, conocido como la Declaración de El Cairo, establecía que los japoneses, invasores de la península coreana, debían rendirse a dos fuerzas distintas: al norte del paralelo 38 entregarían sus armas a los soviéticos y al sur capitularían con los norteamericanos.
Las dos potencias se retiraron de Corea, dejándola partida, el mismo año que Mao Tse Tung entraba con su ejército Rojo en Pekín, 1949, y constituía la República Popular China. Las tensiones internacionales derivaron en la Guerra de Corea 1950–1953, cuyos cientos de miles de muertos no sirvieron sino para confirmar exactamente la misma situación geográfica y política anterior con un actor más en escena, la China de Mao.
Corea del Sur comenzó entonces, bajo dominio estadounidense, un proceso similar al de Japón una década antes. Durante los siguientes cuarenta años Corea del Sur fue creciendo económicamente, desde un estado de pauperidad a un sorprendente "milagro" que quedó patente a finales de los años 70. Según el periodista norteamericano Robert Kearney (...). "En 30 años [los líderes coreanos]han transformado su país de una nación de arrozales bombardeados en una de florecientes fábricas". Esta afirmación se verifica en las comparaciones de los indicadores macroeconómicos: en 1960 la renta anual per cápita de los coreanos alcanzaba unos ínfimos 80 dólares, mientras que a finales de los años 80 esa cifra había trepado hasta los 2.000 dólares. Los estadounidenses que empezaban a sufrir la inevitable recesión del último período presidencial de Reagan veían con asombro como los coreanos del sur lograban un crecimiento anual 5 veces mayor al de la primera potencia mundial. Simultáneamente ese mismo proceso era seguido por otros países del sudeste asiático cuyas condiciones económicas de partida habían sido similares a las de Corea del Sur, como Singapur, Taiwán (antes China Nacionalista, antes Formosa), Hong Kong (los cuatro "tigres asiáticos") y en menor medida Tailandia. Después de los conflictivos procesos coloniales y de los procesos de liberación que vivió la región durante más de 30 años, la influencia estadounidense sobre esa área del Pacífico se dejó sentir. En una primera etapa volcando gran cantidad de ayuda militar y económica para mantener a sus aliados (Corea del Sur, Taiwán y Japón) frente al comunismo chino, coreano y vietnamita y a las diversas rebeliones nacionalistas nacidas en Birmania e Indochina. Y en una segunda etapa marcando las pautas de un proceso económico complementario a las necesidades norteamericanas en su política de expansión, a finales de los años 60 y en los 70.
Las condiciones objetivas presentadas por los países asiáticos, con gobiernos autoritarios apoyados por Washington, la reconversión de sus economías feudales al libre mercado, la facilidad para encontrar mano de obra barata, bajos impuestos y divisas nacionales depreciadas que facilitaban la exportación, los hacían territorios adecuados para transformarse en plataformas de producción a bajo coste ocupadas por grandes empresas de productos manufacturados. Los empresarios norteamericanos simplemente debían transferir tecnología media (el gobierno estadounidense autorizó la misma sin complicaciones legales) fundamentalmente en el sector electrónico. De esta forma las plantas asiáticas producían con un nivel de calidad aceptable artículos de costos bajísimos que disponían del mercado norteamericano totalmente abierto para su comercialización. Sin embargo si los rótulos "made in Korea", "made in Hong Kong o "made in Taiwan" por esos años eran sinónimo de baja calidad, de mala copia o de productos desprestigiados, más tarde fueron ganando mercado en base a una laboriosa estrategia de producción y marketing. Los asiáticos invirtieron más en investigación, y en base a la tecnología transferida con anterioridad obtuvieron por inducción los principios para mejorar sensiblemente sus productos. También progresaron en todos los aspectos referidos al marketing: desde la imagen y presentación del producto hasta su adaptación a las necesidades del mercado específico al cual se dirigía.
En 1986 la empresa automovilística coreana Hyundai inició sus exportaciones a Estados Unidos con un modelo barato de tamaño mediano y tracción delantera llamado Excel. El éxito fue rotundo. Durante los primeros meses se vendieron las 168.000 unidades importadas por los estadounidenses. Ese mismo año el Excel se convirtió en el modelo extranjero más popular de toda la historia de la industria automovilística. Poco después desembarcó la industria informática. La empresa Daewoo con su modelo de ordenador Leading Edge, arrasó las tiendas de informática por sus prestaciones absolutamente compatibles con los PC IBM y además a un precio muy bajo.
Kim Woo Choong presidente fundador de la Daewoo, casi un anciano, enérgico y duro, trabajaba entre 12 y 15 horas diarias, viajaba más de 200 días al año, y aseguraba que no había tomado vacaciones en las últimas dos décadas. Este espíritu sumado a condiciones laborales rigurosas, muy alejadas de las formas legales consignadas en las normativas europeas o norteamericanas, regían la vida de los habitantes de los "tigres de Asia". En Corea, concretamente, este "milagro" económico estuvo dirigido desde el principio por unas corporaciones financieras similares a las japonesas, llamadas chaebol, cuyos capitales se contaban por miles de millones de dólares. Su éxito consistía exclusivamente en la esforzada forma de trabajar de sus compatriotas. Según un documento publicado por la Oficina de Trabajo de los Estados Unidos, "los trabajadores de la industria automovilística coreana cobraban un promedio de 1,82 dólares la hora, contra 8,04 de los japoneses y 19,97 de los norteamericanos." Las tarifas medias por hora trabajada para el conjunto de los trabajadores guardaba similares proporciones, según la fuente citada: un trabajador coreano ganaba 1,41 dólares (190 pesetas, al cambio de 1994; 1,14 euros actuales); un japonés, 6,45 dólares (870 pesetas; 5,23 euros) y un estadounidense, 12,97 (1.750 pesetas; 10,52 euros).
No sólo las restricciones salariales han permitido el despegue y desarrollo de los llamados "Tigres de Asia". Las condiciones laborales a las que se sometía a los trabajadores tenían similitudes con las peores explotaciones de obreros fabriles de finales del siglo XIX y principio del XX en los países de Occidente. En Hong Kong y Singapur se inició la escalada económica en chabolas húmedas y sucias, construidas en las laderas de las montañas vecinas a las ciudades, donde se fabricaban miles de productos sin licencias ni seguros sociales y los obreros trabajaban hasta desmayar. Los coreanos utilizaban aún el sistema llamado irónicamente de la "fábrica hogar". En la misma planta disponían de dormitorios donde los empleados, generalmente jóvenes, quedaban atrapados en la fábrica y trabajaban durante 12 o 14 horas diarias, seis o siete días a la semana. Por lo general pernoctaban en la planta y no se marchaban de ella hasta que el supervisor decidía irse a su casa. Es decir, si el supervisor planificaba un mes de vida en los talleres, sus trabajadores le seguían. En algunos casos los empleados eran niños. Si bien esta práctica no resiste una valoración ética, en lo económico los salarios eran mínimos, ya que los niños entraban en una cadena de explotación esclavista con acuerdo de los propios padres, en muchas oportunidades, y propiciaban la multiplicación de beneficios.
Los empresarios solían montar esas fábricas en salas de dimensiones normales convertidas en dúplex mediante una división horizontal a una altura de 1,80 metros, para incorporar el doble de gente y máquinas. Por lo general esa "técnica" empresarial era utilizada muy frecuentemente en la industria textil y en el montaje de pequeños artículos electrónicos.
La dureza política de regímenes bastante alejados del modelo democrático europeo ha permitido que esas sociedades desarrollaran procesos económicos con un muy alto costo social para la mayoría de la población. En los años noventa se convirtieron en Estados ricos donde la mayor parte de sus habitantes vivían en condiciones de pobreza. Sin embargo la propia presión internacional ha obligado a esos regímenes a mejorar las condiciones laborales y los salarios para que sus productos sean más "competitivos" en los mercados occidentales, y evitar así que sus exportaciones baratas hundieran a las industrias locales. Las nuevas tendencias globalizaron las deslocalizaciones empresariales a la búsqueda de nuevas naciones donde se pudieran reproducir esas condiciones favorables de producción (similares a las encontradas en los "tigres asiáticos" hasta finales de los años 80). De tal manera a fines del siglo XX se hablaba de un "nuevo milagro" asiático, esta vez personalizado en "otros tigres", como Malasia, Tailandia o la propia China... Y el inicio de una nueva crisis que amenazaba con afectar a los “tigres” originales.
Foto: Niñas trabajando en una fábrica de juguetes china.
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