
África era un territorio "salvaje" en el que la intervención directa de las potencias económicas ayudó a su sometimiento y colonización en el siglo XIX.
Desde la más lejana antigüedad existían antecedentes de trata de esclavos en ese continente, aunque el comercio humano se intensificó a partir del interés demostrado por los países europeos. Generalmente se atribuyen dos vertientes conocidas al tratamiento de esclavos, uno a través de las rutas transaharianas, llevado a cabo por los pueblos árabes y otra, más moderna, a través del océano Atlántico, puesta en práctica por las naciones europeas desde la mitad del siglo XV hasta mediados del siglo XIX.
La primera de ellas fue una acción prolongada en el tiempo aunque menos intensa, mientras que la segunda se desarrolló en un período histórico relativamente breve (cuatro siglos) pero muy profuso en cuanto al volumen de comercio humano. Es la primera participación activa, aunque involuntaria, de África en la economía mundial.
Si bien Portugal, España, Holanda y Francia participaron activamente en el comercio esclavista (los dos primeros durante los siglos iniciales, XV y XVI y los segundos durante el XVII) fue Inglaterra la que formó una organización comercial triangular al tomar el control absoluto del mercado, como primera potencia mundial, entre los siglos XVII y XVIII. En plena transición del mercantilismo al precapitalismo, durante el siglo XVII Inglaterra, estableció un primer vértice en su territorio, suministrador de buques y exportaciones de sus productos manufacturados a través de los mismos; un segundo vértice en África, que aportaba la mercancía humana, utilizada en las plantaciones de América; y un tercer vértice en las colonias del Nuevo Mundo, que proporcionaban materias primas, cerraban el circuito comercial a tres bandas.
Esta primera "contribución africana" a los procesos económicos de los siglos XIX y XX supuso el tráfico de millones de personas, cifras sobre las que los propios historiadores aún no se han puesto de acuerdo, muchas veces como consecuencia de la visión ideológica con que observan la historia. A pesar del ritmo desigual del tráfico de esclavos durante los cuatro siglos citados, algunos autores cifran el comercio humano en más de 150 millones de personas, y atribuyen al mismo una base fundamental para el auge económico europeo primero y americano después, frente al estancamiento del continente africano. Quienes minimizan el comercio establecen entre 15 y 20 millones de esclavos víctimas del comercio negrero. Algunos historiadores que acercan las cifras a los 200 millones, aportan un dato significativo: según sus cálculos, por cada esclavo que llegaba vivo a América otros cinco morían, entre las persecuciones de captura en África y la travesía transatlántica posterior.
Según el historiador José Martínez Carreras "Las consecuencias de la trata esclavista para África son varias: demográficamente, supone la despoblación y la disminución del ritmo de crecimiento de amplias regiones continentales; económicamente, la destrucción y paralización de actividades y la pérdida de fuerza y capacidad de trabajo; socialmente, la inestabilidad e inseguridad permanentes con la ruptura y los conflictos internos, y geográficamente, influyó en la persistencia del aislamiento africano.
En cuanto a las consecuencias de la trata para Europa y el mundo americano, las mismas han permitido asegurar la prosperidad de las economías americana y europea, y en especial, de las ciudades portuarias de la Europa atlántica. Las fuerzas productivas arrancadas a África y las riquezas acumuladas gracias a ello han contribuido a edificar la civilización capitalista moderna".
El papel asignado a África en siglo XIX, caducado su lugar destacado como productor y exportador de "material humano", fue más amplio pero no menos perjudicial para sus intereses. Las potencias europeas pusieron sus ojos en su territorio y sus riquezas naturales como un objetivo primordial para abastecer su explosión industrial y las necesidades vitales de sus países y colonias americanas.
La costa mediterránea del norte de África era una línea de horizonte que pocos europeos se atrevieron a cruzar antes del siglo XIX. Mientras que el interior del continente resultaba un misterio sólo abordable por aventureros aislados y exploradores científicos. La excepción la constituía una parte del Magreb (Argelia y Túnez) bajo la tutela francesa y las vegas del largo recorrido del Nilo (Egipto y Sudán) conquistadas por los británicos. Ambas zonas eran las únicas bases europeas en África a comienzos del siglo XIX. La región norteña, sahariana o islámica del continente estaba en poder de tribus nativas o formaba parte del Imperio otomano.
Dos factores movieron el engranaje político para hacer girar las miras europeas hacia el objetivo africano: el declive y retiro paulatino del dominio turco y las ambiciones expansionistas británicas y francesas que rivalizaban en la zona en pos de intereses económicos comunes. Cuando Egipto consigue liberarse, con el apoyo europeo, del control del imperio otomano y adquirir autonomía en sus decisiones, británicos y franceses arreciaron en la disputa por dominar el territorio del Nilo con un solo objetivo, transformarlo en una gran base de operaciones para el comercio internacional mediante la construcción de un pasaje interoceánico entre el Mar Rojo y el Mediterráneo que sirviera de comunicación entre los océanos Índico y Atlántico. Para entonces la influencia europea, encabezada por Inglaterra y Francia se había expandido por el resto de África de manera indiscriminada y desordenada. Pero fue con la inauguración del Canal de Suez (1865) que las potencias europeas decidieron avanzar hacia el interior de las misteriosas y "negras" tierras africanas. La avalancha tuvo la forma de un festín de rapiña apresurado y descontrolado. Cuando el siglo XIX entraba en la década de los 80, en África Occidental, Francia ocupaba Senegal, Costa de Marfil, Guinea y Gabón; Inglaterra se había apoderado de Gambia, Sierra Leona, Costa de Oro y Lagos (porción de la actual Nigeria); Portugal había conquistado Guinea y Angola y España el archipiélago de Guinea Ecuatorial.
En la otra costa, en el África Oriental, Francia e Italia se repartían posesiones en los países lindantes con el mar Rojo: Libia, Eritrea, Etiopía y Somalia; Alemania había llegado tardíamente a Tanganica, pero rápidamente ocupó Togo, Camerún y África del Sudoeste; Portugal se hizo con Mozambique, y Bélgica se estrenaba como potencia colonial, bajo la influencia de su rey, Leopoldo II, adueñándose del corazón del África negra, el Congo. En tanto Inglaterra, la potencia colonial más importante, había comenzado a subir desde el sur: El Cabo, en el extremo del continente era su colonia.
La falta de coordinación en el proceso colonizador, superado por la brutal ambición de Estados y exploradores, dieron lugar a un considerable aumento de la tensión y el deterioro entre las potencias europeas que participaban de la rapiña africana. La situación tiene un principio de acuerdo a partir de la sugerencia conjunta realizada por Francia y Alemania, inspirada en una idea inicial del Canciller germano, Otto Von Bismark: la realización de una Conferencia con la participación de todas las naciones con intereses directos o indirectos en África. La reunión tuvo lugar a finales de 1884 en Berlín, por lo que se la conoce históricamente como Conferencia de Berlín. Participaron de ella 14 naciones, algunas de las cuales no tenían ambiciones territoriales inmediatas sobre África, pero deseaban no perder el control, como el Imperio austro húngaro, Estados Unidos, Turquía o Rusia, entre otros. Paradójicamente, en aquella reunión no estuvo representado ningún país africano.
Empresas con patente de corso
La participación activa en la conquista de las compañías colonizadoras, como delegadas del Estado, practicada exitosamente por Inglaterra en siglos anteriores, fue de importancia fundamental en el proceso. La experiencia británica fue seguida por Alemania, en el África oriental, por Portugal en Mozambique y Angola, por Bélgica en el corazón africano denominado Congo y por Francia en la zona noroccidental del continente.
En 1882 fue creada la Royal Niger Company, por el británico Taubman Goldie, para explotar las tierras de influencia del río Níger. Esta compañía que recibió la franquicia del gobierno inglés en 1886 aunque ya llevaba 3 años operando no obtuvo el derecho al monopolio de la explotación aunque sí le fueron concedidos derechos administrativos, judiciales y militares sobre la zona. Estos poderes, con escasos controles, favorecían el tratamiento esclavizante de la población local y su explotación laboral, además de provocar profundas transformaciones socioculturales.
La mayor parte de las compañías colonizadoras gozaron en África de posibilidades similares para constituirse en amos de sus áreas de explotación. En 1890 la British South African Company obtuvo todos los derechos de explotación minera, comercial, de transporte y policial para un vasto territorio del sur continental que abarcaba las tierras de lo que hoy son Sudáfrica, Zimbabwe, Ruanda, Burundi y el sur de Zambia. El dueño de esta empresa era Cecil Rhodes (bautizado por sus amigos de la aristocracia británica como el Napoleón del Cabo por su espíritu colonizador. Su ímpetu lo llevó a instigar la guerra entre ingleses y boers en el sur de África, a finales del siglo XIX, cuyo resultado fue decenas de miles de nativos negros masacrados).
Por el mismo camino transitaron la East Africa Company, británica, que operó a partir de 1888 en tierras de Uganda y Zanzíbar; la Westafrikanische Gassellschaft, empresa alemana fundada en Hamburgo en 1890 para colonizar Camerún; la Deutsche Ostafrikanische Gassellchaft, creada en 1895 para operar en el África Oriental, lo que sería posteriormente Tanganica, explotando caucho, fibras textiles y maderas; la Deutsche Kolonialgessellschaft für Sudwest Afrika, fundada en Berlín en 1885 recibió incluso derechos de soberanía sobre el territorio actualmente conocido como Namibia, por el emperador alemán.
El éxito organizativo de este orden administrativo, comercial, judicial y policial de las colonias llevó a los franceses a adoptarlo poco más tarde. En 1891 los galos aprobaron su legislación sobre Compañías Coloniales. Incluso España adoptó el modelo británico fundando su Compañía Mercantil Hispano Africana, que administró los territorios coloniales del Sahara Occidental a partir de 1902.
El escritor belga, Cartton de Wiart describió en su libro Les grandes compagnies coloniales anglaises du XIX siècle la forma de actuar de estas empresas: "(...) Explotan vastos territorios en nombre e interés de los accionistas, en tanto que los detenta y los reivindica, con relación a los países circundantes, en nombre y por cuenta de Inglaterra. Los fundadores y directores suelen ser perso¬najes de cuenta (...) (...) Gracias a las empresas coloniales, en menos de veinte años quedaron sometidos a la autoridad del Reino Unido cuatro grandes territorios que alcanzaban cerca de dos millo¬nes de millas cuadradas, sextuplicando su dominio colonial de África (...) (...) Asimismo en la organización de esos territorios ocupados, las compañías han demostrado una iniciativa, una rapidez de acción, una elasticidad que a un gobierno le habría sido difícil de desplegar en la misma medida".
Las compañías reemplazaron a la organización de una administración estatal de dominación en las colonias, detentaron el poder político, la explotación económico comercial y participaron en las transformaciones socioculturales de cada zona, en función de sus intereses particulares.
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