
El liberalismo político-económico desarrollado en Europa, en el siglo XIX, corporizó las ideas del nacionalismo en una serie de intereses económicos, culturales, sociales, políticos y geográficos comunes que determinaron la existencia de los Estados-Nación. Territorios con fronteras fijas administrados por instituciones de carácter nacional. La aplicación de estas ideas en la práctica había transitado por un siglo de luchas contra los poderes absolutos del anterior sistema monárquico-feudal, para reformular las relaciones sociales, políticas y productivas. Las naciones dominantes de la época se encontraron entonces ante la puesta en marcha de la segunda fase: su expansión.
Dos teorías políticas apoyaron este proceso: la de los "intereses naturales" de los Estados y la de la expansión de los mismos (denominada imperialismo por diferentes autores). En el primer caso esos intereses naturales estaban condicionados a cuestiones geográficas. Según el profesor alemán de Ciencias Políticas, Wolfgang Abendroth, "un ejemplo de interés natural es el que podía tener Francia por disponer de una frontera oriental `natural´ en el Rhin o la necesidad "natural" de los norteamericanos de prolongar su límite sur hasta el río Grande mexicano. Todo gobierno de un Estado está obligado a seguir esos "intereses naturales" independientes de su organización política, la ideología de su gobernantes circunstanciales, o la estructura social que se haya dado". La lectura actual de esta teoría ha reemplazado el término natural por nacional: lo que se defiende son "intereses nacionales"; La política interior de un Estado estaba condicionada a esos intereses naturales o nacionales de su política exterior.
La teoría que reforzaba el expansionismo de los Estados-Nación poderosos a finales del siglo XIX consideraba esa relación entre ambas políticas como fundamental, ya que basaba su crecimiento exterior en un desarrollo profundo e histórico de la sociedad interior. Algunos autores como Sternberg Hilderfing o Vladimir Lenin coinciden en que ese expansionismo se debió fundamentalmente a "las transformaciones estructurales del capitalismo, bajo sus forma competitivo liberal". La evolución de las condiciones productivas habrían superado la libre competencia para alcanzar la etapa de la formación de monopolios, grandes trust sectoriales que dominan el mercado y realizan un proceso de acumulación de grandes beneficios, favorecido por la protección estatal de la competencia extranjera. El capital acumulado debe buscar otros mercados de inversión en la medida que su reinversión en un mercado limitado aumentaría la oferta poniendo en peligro los precios de los productos y por tanto los beneficios de las empresas.
Según el politólogo alemán Kurt Leng (...) “La expansión económica precisa de la ayuda estatal y de su política exterior, que obligue a la población colonial a encuadrarse dentro de la producción capitalista, que mantenga alejados a los competidores extranjeros, y que elimine los movimientos revolucionarios de los países coloniales, nacidos tras la destrucción del orden socio político precedente. Esta política exterior, originada por las transformaciones de las condiciones de producción en los países europeos de la segunda mitad del siglo XIX, sólo puede practicarse con éxito si los instrumentos militares del Estado son acrecentados".
El reacomodamiento de los países europeos y de los Estados Unidos a las nuevas necesidades y al crecimiento rápido de las infraestructuras de producción, precipitó, sin embargo la llamada "Gran Crisis" que despidió el siglo XIX, entre 1873 y 1896. Y de la que emergió un nuevo modelo expansionista.
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