
Libro:Oíd, Alemanes-Thomas Mann-Discursos radiofónicos contra Hitler-Ediciones Península, Barcelona -2004. Título original: Deustche hörer.
En 1940 la British Broadcasting Corp. le pidió al escritor alemán Thomas Mann que dirigiera comentarios radiales de cinco minutos (luego se alargaron a ocho) a sus compatriotas sobre los sucesos europeos de la Segunda Guerra Mundial y que tratara de influir en ellos para crear una opinión colectiva contraria a Hitler y al nazismo. Las emisiones se realizaban por onda corta desde Londres. Mann vivía en Estados Unidos. Debieron montar una compleja solución para que su voz llegara a Alemania. El escritor grababa sus intervenciones en el Recording Departament de la NBC en Los Angeles, donde se imprimía un disco. Ese disco era trasladado a Nueva York y su contenido era trasmitido por teléfono a Londres, donde se registraba en otro disco, que finalmente se emitía.
Este es un párrafo de una emisión especial que se difundió varias veces durante abril de 1942, cuando los bombardeos constantes de las fuerzas aéreas aliadas y alemana pulverizaban las ciudades europeas.
"Radioyentes alemanes: hace un año que tuvo lugar la destrucción de Coventry por los aviadores de Goering, una de las acciones más espeluznantes con que la Alemania de Hitler enseñó al mundo lo que es la guerra total, y cómo se comporta uno en ella. Empezó en España, donde los maquinistas de la muerte, esos monstruos educados según los moldes nacionalsocialistas, de rostros vacíos y deshumanizados, se ejercitaron para la guerra. ¡Qué magnífico deporte ametrallar en vuelo rasante, sin encontrar la menor defensa antiaérea, a las muchedumbres de civiles fugitivos, de porte fresco y alegre! El recuerdo de las matanzas de Polonia es también imborrable: un verdadero timbre de gloria. Y Rotterdam, donde, en veinte minutos, 30.000 seres humanos encontraron la muerte gracias a la bravura que no es fácil de distinguir de la locura moral. El barón Von Ribbentrop, tapándose la cara, sollozó: `No queríamos eso´. Buenos tiempos aquellos en que únicamente se sollozaba por lo que se hacía a los otros. Ahora llega el momento, ya está ahí, en que Alemania tiene que sollozar por lo que sufre en carne propia; y cada vez tendrá más motivos para sollozar a medida que aumenta su esfuerzo defensivo un mundo que no quería saber nada de tal género de servicio a la humanidad y que no estaba preparado para ello, pero que ya ha dejado de ser aprendiz y ahora va aventajando al maestro. ¿Por ventura creía Alemania que nunca tendría que pagar por los crímenes que le permitía cometer su espíritu de barbarie? Apenas ha empezado a pagarlos, sobre el Canal (de la Mancha) y en Rusia. La Royal Air Force ha visitado, asimismo, hasta hoy, Colonia, Düsseldorf, Essen, Hamburgo y otras ciudades; y se trata, tan solo, del comienzo. Hitler se jacta de que su Reich está preparado para una guerra de diez o de veinte años. Pienso que vosotros, alemanes, os imagináis que también tendríais que pagar vuestra parte en ese caso; por ejemplo, el que al cabo de cierto tiempo no quedase en vuestra patria piedra sobre piedra.
En el más reciente raid británico sobre Nazilandia ha sufrido estragos la vieja Lübeck. Esto es cosa que me afecta muy directamente por tratarse de mi ciudad natal. Los ataques iban dirigidos contra el puerto y los establecimientos industriales, pero también se produjeron incendios en la ciudad y no me ha causado el menor placer considerar que la iglesia de Santa María, la renacentista y maravillosa Casa del Consejo o la casa del gremio de mareantes han debido de sufrir daños. Mas pienso en Coventry; y entonces no tengo nada que objetar a la tesis de que todo hay que pagarlo. Habrá otros hombres de Lübeck, como de Hamburgo, Düsseldorf y Colonia, que nada tendrán tampoco que objetar y que, cuando oigan el zumbar de los aviones ingleses sobre sus cabezas, les desearán buena suerte" (...)
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