viernes, 20 de noviembre de 2009

Tiempos de expansión I: Objetivo Latinoamérica


Una crisis inquietante de crecimiento en los países más avanzados caracterizó el final del siglo XIX y el despertar del XX. El mapa mundial tenía sus polos de desarrollo en Gran Bretaña, como primera potencia política y económica; Francia como potencia secundaria europea en franca declinación y Japón, cuyo imperio se extendía mediante conquistas bélicas, por Asia.
Otros dos países comenzaban a consolidarse a través de un desarrollo pujante y sostenido: Alemania y Estados Unidos. En un segundo plano se hallaban Italia o España; mientras en otras zonas del mundo, se abrían nuevas perspectivas de desarrollo en Argentina, Canadá, Australia, y Nueva Zelanda. África se sumaba a Latinoamérica, aunque como continente sometido, como abastecedor de materia prima y humana para las naciones centrales.
A partir de 1870 el mapa del mundo colonial se modificaría ostensiblemente. Entre 1876 y 1914 se llevó a cabo la etapa conocida como el Gran Viraje Colonial europeo; una cuarta parte de los territorios del planeta fueron redistribuidos, en el proceso colonialista más amplio y rápido de la historia, entre media docena de Estados: Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos, Alemania, Bélgica e Italia. Los británicos incrementaron sus posesiones en cerca de 10 millones de kilómetros cuadrados; los franceses en 9 millones; los alemanes en 2 millones y medio y los belgas e italianos en aproximadamente 2 millones. Los Estados Unidos ampliaron sus posesiones externas en cerca de 250.000 kilómetros cuadrados (preferentemente gracias a la obtención de viejos territorios coloniales españoles como Cuba, Filipinas, Puerto Rico, Guam y otras islas menores, la mayor parte de ellos como consecuencia del tratado firmado para poner fin a la Guerra de Cuba en 1898).
El expansionismo europeo no se cuantificaba solo por la superficie de las colonias conquistadas sino por un factor menos tangible, pero igual de importante: la trasmisión de la ideología que daba lugar a esa expansión.
En América Latina, la mayoría de los enclaves coloniales se liberaron en el transcurso del siglo. Los países independientes adoptaron las formas de Estados nación forjados en el ideario liberal. Y las burguesías que los gobernaban se ocuparon de trasladar el espíritu expansionista tierras adentro, hacia la colonización de regiones aún inexplotadas, que ante el avance industrial y comercial de las propias economías nacionales y las apetencias de los centros de poder europeos, consideraban imprescindible conquistar. Conquista realizada sobre los vastos territorios que permanecían en poder de los aborígenes, con el afán de ampliar las fronteras de la "civilización", interpretada ésta bajo las pautas de la cultura europea.
Las filosofías justificadoras de ese expansionismo, con el positivismo comtiano como eje, abrían los caminos al liberalismo económico más puro. Las potencias europeas, junto a Estados Unidos iniciaron la superación de la fase de acumulación económica para proyectarse en un expansionismo dominante que les permitiría el control global creciente de la economía mundial en el transcurso del siglo XX.
Tierras de cultivo, minerales, animales, riquezas naturales, todo estaba virgen en los extensos territorios Centro y Suramericanos para actuar como suministradores exclusivos de las poten¬cias. Y sobre ellas la más fuerte: Gran Bretaña.
La posibilidad de conquistar el nuevo mercado americano en su doble vertiente de abastecedor de recursos naturales y materias primas y consumidor de productos manufacturados se fue gestando durante todo el siglo XIX. Sin embargo a finales del mismo se produjo una concentración de empresas para instalarse directamente en esos países y exportar in situ sus riquezas. Ese paso fue el antecedente inmediato al surgimiento de las empresas multinacionales. Estas grandes compañías ejercían el control de los llamados sectores estratégicos de la economía y que, en ese entonces estaban en manos únicamente de quienes poseían la capacidad industrial y tecnológica. De tal manera que su control se extendía a servicios como los de comunicaciones, ferrocarriles, aguas o transportes públicos; energía, a través de la explotación de la minería, la extracción de gas y petróleo, y también el manejo de las actividades financieras con grandes trust como los Rothschild, Baring Brothers, Murieta o Thompson o los americanos Morgan y Rockefeller, quienes encabezaron el cambio de control paulatino del liderazgo financiero europeo al americano, a comienzos de siglo.
Los sectores agro-exportadores en América Latina quedaron en manos de las clases altas locales, social y económicamente más poderosas, dueñas de la tierra, aunque siempre con vinculaciones estrechas o dependencia directa de las empresas y gobiernos de las potencias dominantes. Estos centros de poder eran los que ejercían el control del comercio mundial y también quienes establecían las reglas del juego en cuanto a los términos en los que se realizaban las operaciones de intercambio.
En 1868 se creó en Gran Bretaña el Council of the Corporation of Foreing Bondholders (Consejo de la Corporación de Posesiones Extranjeras) mediante el cual se controlaba toda la inversión británica en sus colonias alrededor del mundo. Este organismo estaba formado por integrantes de los directorios de las entidades financieras más importantes de Gran Bretaña, como el Banco de Inglaterra, el Lloyds Bank, el Barcklays Bank, la Baring Brothers y muchos otros. Tenía delegaciones en cada país de América Latina bajo la forma de un Consejo local que aconsejaba y decidía sobre la oportunidad para realizar determinadas inversiones en su zona de influencia. Decisiones tomadas en función de la capacidad de pago coyuntural de cada país.
Cada Consejo estaba integrado por representantes de las empresas más importantes de la zona, uno de los cuales actuaba como delegado ante un consejo regional(Consejo para Latinoamérica). Esta red institucional privada, financiera y comercial tenía en sus manos una cuota importante del desarrollo potencial de la región y el control del mismo.
A la expansión económica europea se une Estados Unidos con inversiones directas en el área latinoamericana desde finales del siglo XIX. Favorecidas por los acontecimientos de la Primera Guerra Mundial, las empresas norteamericanas habían duplicado su presencia en el Centro y Sudamérica, al final de esa contienda.Son cambios graduales vinculados al reemplazo final en el trono de la potencia mundial reinante. El creciente impulso norteamericano se advirtió cuando ya a finales del siglo XIX muchas de sus compañías comenzaban a luchar en pie de igualdad con las más antiguas representantes europeas en un plan de abierta competencia por el mercado. En esos momentos, cuando el petróleo comenzó a constituirse en el factor transformador de los sistemas energéticos; la lucha por los hidrocarburos no se detuvo literalmente ante nada. La Standard Oil americana y la Royal Dutch Shell(empresa angloholandesa) recurrieron a la compra de grandes extensiones de tierras, la conquista de otras a través de la fuerza (bajo contratación de ejércitos mercenarios, política que más tarde copiarían la United Fruits, entre otros imperios comerciales) y al uso de métodos corruptos para obtener decisiones políticas favorables a sus intereses.Años más tarde el reparto del petróleo se haría tripartito al incorporarse la Anglo Persian (British Petrolium). Un ejemplo de ese poder se manifestó en la Guerra del Chaco que enfrentó a Bolivia y Paraguay entre 1932 y 1935. Las dos principales empresas petrolíferas no lograron acordar comercialmente sus diferencias y utilizaron a ambos Estados como tapadera para dirimirlas. El enfrentamiento bélico provocado por los intereses económicos, uno de los más encarnizados y sangrientos que se recuerdan en América del Sur durante este siglo, superó el millón de víctimas y hundió definitivamente en el más profundo subdesarrollo las economías y las soberanías de ambas naciones. Ese poder omnipresente de las grandes empresas multinacionales se multiplica fundamentalmente tras la crisis originada en los efectos de la Primera Guerra Mundial.

jueves, 19 de noviembre de 2009

Crisis económicas IV: Locura conservadora


La recaída de la crisis del 73, en 1979, encuentra a los países de Occidente con el ajuste de sus economías ya realizados, con aparatos industriales menos dependientes del petróleo árabe y, por tanto, con mejores armas para superar el problema bajo la forma de una recesión disimulable.
Simultáneamente se produce en Estados Unidos el recambio de gobierno que significaría una transformación de las expectativas y los cimientos económicos bajo el impulso de la política avasallante de la Revolución Conservadora (según él mismo la bautizó) lanzada por el flamante presidente estadounidense Ronald Reagan.
Apenas un par de años después, en plena euforia de la "cultura occidental", particularmente norteamericana y británica, el economista y escritor John Galbraith hacía un preclaro análisis (...)”La administración Reagan llegó al poder a principios de 1981; apoyaba entonces firmemente a los monetaristas, pero mister Reagan también llevó a Washington a los representantes de la llamada economía de oferta. Estos economistas creían (o eso descubrieron) que podían conquistar el aplauso público afirmando que si se reducen drásticamente los impuestos de individuos y corporaciones, la producción se expandirá, las rentas públicas se elevarán, y el sector público estará tan bien financiado como antes (...). (...) La aberración de la economía de oferta, combinada con un gran aumento de los gastos militares, determina ahora la perspectiva de un déficit presupuestario aún mayor, un endeudamiento público en una escala monumental en tiempos de paz. Esto significa que, para contener la inflación, se favorecerá menos la política fiscal y menos la política monetaria. Habrá más endeudamiento público, con una nueva alza de las tasas de interés. O bien, si bajo la presión política se relaja la política monetaria, la producción y el empleo crecerán, pero la inflación continuará. La política que se sigue actualmente en Washington no supone una recesión continuada. Implica que habrá recesión o una renovada inflación, o bien, incluso ambas cosas. No es una perspectiva que nos haga felices, pero, seriamente, no puede anticiparse ninguna otra”. Si Galbraith no fuese uno de los más inteligentes analistas económico-políticos contemporáneos, podría confundirse con un profeta disfrazado.

Crisis económicas III: Miedo al petróleo


Superada la segunda gran crisis de los países desarrollados durante el siglo XX, los países occidentales tuvieron la etapa más importante de crecimiento industrial y tecnológico. Tres décadas en la que se sucedieron los períodos económicos de auge y recesión como consecuencia de las alternativas evolutivas de la economía y por efecto de las políticas aplicadas y el desequilibrio de las relaciones internacionales. Sin embargo ya habían quedado lejos las dos grandes crisis. Una tercera era impensable. El furor del desarrollismo que invadió, a finales de los 50 y principios de los 60, incluso a las almas más pesimistas, hizo creer que el progreso económico no tendría fin. Los errores de cálculo se pagan caros. El industrialismo desaforado necesitaba cada día más energía para alimentarse. Ya no alcanzaban las reservas propias de los países desarrollados. La energía debía importarse cada vez más. Y proporcionalmente iba aumentado la dependencia de los países que controlaban la mayor producción del principal combustible utilizado: el petróleo. Nadie contaba con el poder Árabe, agazapado tras el “grifo negro”.
En 1973, el jeque Ahmad Zaqi Yamani, superministro de la Arabia Saudita, era la cabeza visible y la voz de mando de la Organización de Países Productores de Petróleo (OPEP) y pujaba por poner en orden ese avispero de naciones, dominadas por ambiciosos reyes de turbante, para formar un frente sólido ante los países occidentales. A través de esa firmeza esperaba lograr el aumento del precio del barril del petróleo como para aumentar las riquezas y los placeres occidentales a los que eran/son proclives los reyes de la aristocracia arábiga.
El 8 de octubre de 1973 varios jet privados viajaban desde Oriente Medio transportando a los representantes de la OPEP a Viena. Allí los esperaban los enviados de las más importantes empresas de petróleo, para discutir sobre el futuro precio del combustible esencial.
Ese mismo día el presidente egipcio Anuar Sadat lanzaba sus tropas a cruzar el canal de Suez para realizar un ataque sorpresivo contra Israel. En la que luego se conoció como la guerra relámpago del Yom Kippur.
Esta operación militar produjo un efecto rotundo en aquella reunión de Viena. La noticia metió miedo en las grandes corporaciones multinacionales del petróleo. Los jeques pidieron duplicar el precio del petróleo (de 3 a 6 dólares por barril). Los empresarios rechazaron la demanda y rompieron la negociación. Los gobiernos occidentales sorprendidos, demoraron en ofrecer una respuesta que, cuando se produjo, fue tímida y dividida. Incluso el miedo que los estremecía los hizo incrementar sus demandas de petróleo.
El 23 de diciembre de 1973 comenzaba la gran debacle: una nueva e inesperada crisis mundial, que, justamente por su sorprendente gestación y su origen golpeó a los países desarrollados en el corazón de su sistema: la energía.
Aquel día, los primeros ministros de los países del Golfo, decidieron en Teherán, el incremento de casi el 400 por ciento en el precio del barril de petróleo crudo.
El gesto de rebeldía de los países árabes en apoyo a las reivindicaciones palestinas sobre los territorios ocupados por Israel seis años antes, se había convertido en el embrión de una crisis ante la falta de respuesta y el pánico que invadió a los países consumidores. La guerra de Yom Kippur se cerró rápidamente con un nuevo y estridente fracaso de las tropas egipcias. La crisis sin embargo fue uno de los mayores triunfos árabes sobre las potencias occidentales.
En Estados Unidos y Europa aquella navidad de 1973 se recuerda como la más tensa y preocupante. El frío del invierno llegó acompañado de una crisis larga y helada. Faltaba combustible para echar a andar los coches, los aviones, las industrias y hasta los sistemas de calefacción de las casas. Muchos europeos veteranos evocaron el duro invierno del 45-46. Con la excepción de que este nuevo golpe no estaba precedido de una guerra sino de la pródiga comodidad que ofrecía el desarrollo. La pérdida del confort “conquistado” no fue bien encajado por europeos y norteamericanos.
Los esfuerzos de ajuste se tradujeron en una restricción de los gastos estatales, el apoyo sin precedentes (se triplicaron los presupuestos) para la búsqueda de fuentes alternativas de energía y un inevitable aumento de la inflación. Esos ajustes drásticos permitieron absorber de mejor manera la nueva crisis (¿segunda parte de la anterior?) registrada en 1979. Aquel final de década (diciembre del 79) en Caracas, Venezuela, los precios del petróleo se volvieron a duplicar con respecto a los de 1974. El ayatolá Jomeini y su revolución islámica pusieron el toque de dramatismo en los líderes de los países occidentales quienes creyeron ver en él al fantasma reencarnado del esperado conductor de la Revolución Verde (que no se refería al movimiento ecologista).

Crisis económicas II: Hambre de posguerras


La derrota del nacional-socialismo, a la salida de la Segunda Guerra Mundial provocó, la segunda gran crisis del siglo XX en los países desarrollados. Una crisis anunciada como consecuencia lógica de la destrucción de todo el aparato productivo europeo y la muerte de más de 60 millones de personas.
La crueldad de la Guerra mostró su cara trágica en la crisis de posguerra: el hambre, la desolación y la muerte transitaban por Europa. Su componente económico fue menos dramático para los Estados Unidos. La nueva Gran Potencia militar, política y monetaria pudo recuperar el tono progresivo de su crecimiento avasallador durante las primeras décadas del siglo, a partir de la creación de una hiperproducción basada en la industria de Guerra. Estados Unidos fue el único favorecido, económicamente hablando, después de 1945: producían la mitad del carbón del mundo, la mitad de la energía eléctrica, 95 millones de toneladas de acero, dos tercios del petróleo mundial, 1 millón de toneladas de aluminio, controlaba el 80 por ciento de las reservas de oro del mundo, disponían del ejército más poderoso y tenía la bomba atómica. Esta crisis fue europea.
Los años de la Guerra Civil española en la “zona republicana” fueron el preludio de lo que se viviría en la década de los cuarenta, sumado al terror dictatorial en la propia España, y en toda Europa. En esos tiempos de batalla (no tan lejanos como para que la memoria colectiva actual sufra la amnesia que aparenta) el racionamiento era feroz: 300 gramos de pan por persona, escasas porciones de legumbres y verduras; el azúcar se conseguía con receta médica, mientras que el consumo de carne y pescado estaba priorizado para los combatientes. En 1937 la situación se puso más difícil. La ración de pan se redujo a 100 gramos y la carne, la leche y los huevos apenas si se podían racionar entre los propios combatientes. El mercado negro, bautizado “estraperlo”, conformaba un flujo especulativo de alimentos. En los tiempos que siguieron, la mayoría de las familias no tenían nada de valor para cambiarlo por productos alimenticios. Los tomates, los boniatos y las lentejas (“las píldoras del doctor Negrín”) junto a las semillas de girasol se constituyeron en los alimentos símbolos de la supervivencia. Algunos, que no tenían jardines donde plantar las hortalizas y verduras para subsistir, se conformaban con las cáscaras de naranjas o los tallos de remolachas, que conseguían en los residuos frescos.
El último año de la Guerra Civil española fue como espejo social que anticipaba las imágenes que ofrecerían muchas ciudades y pueblos de Europa en 1945: destrucción, hambre, corrupción, pillaje, algo de solidaridad, mucho de sálvese el que pueda.
Terminada la guerra el panorama se agudizó. España estaba unificada y empobrecida totalmente, sin distingos de zonas. Las fábricas no solo no producían sino que además despedían empleados. Quienes se reintegraron a la sociedad civil, tras la guerra, provocaron un movimiento social en masa que impedía su reacomodamiento, en la medida que no existía oferta laboral. El plan Marshall dejó en España solo migajas. Y además, tardías. Muchos morirían sin conocer más futuro que esa crisis económica amenazante con prolongarse por muchos años.
Como así fue. España había retrocedido hasta la era preindustrial y las grandes olas migratorias interiores transformaron las tierras dominadas por Franco en un escenario de trashumantes en busca de oportunidades de trabajo o condiciones mínimas de supervivencia.
Muchos debieron huir de la dictadura, otros recuperaron la esperanza en una América hispanoparlante que abrió sus brazos para recibirlos, aunque también vivieron muestras de desprecio social y marginación económica.
El panorama posterior a 1945 en el resto de Europa era un calco al descripto en España. Gran Bretaña debía sumar a ello un endeudamiento de guerra que la ataba de pies y manos hasta someter su ex espíritu imperial a los designios norteamericanos. Alemania e Italia, derrotadas y destrozadas, presentaban similares condiciones. Las imágenes del neorrealismo cinematográfico son documentos estremecedores y crudos de una crisis con escasos precedentes.
El peligro que significaba la expansión soviética en Europa, hizo que Estados Unidos invirtiera sus “beneficios de Guerra” en la recuperación europea como un reaseguro político- militar y a la vez como una forma de promover la economía de estos países y reactivar el comercio mundial. El plan Marshall fue el motor de aquella recuperación.

Crisis económicas I: El Gran Crack


Los últimos modelos de Ford T con ocho válvulas eran la credencial de nuevos ricos que ofrecían los norteamericanos de la década de los años veinte. Aquellos que crecían en su particular sueño y en la social movility como pujantes incentivos de progreso. A sus espaldas quedaban los negros en el Sur y los pobladores del Oeste y del sur de los Apalaches quienes pagaban aquella factura disfrutada por los nuevos hombres de negocios del Este. Los hediondos y misérrimos barrios bajos de esas zonas eran las vergüenzas que ocultaban las "deliciosas casas de viejo estilo inglés con altos y elegantes aleros, vidrieras emplomadas y bien simuladas estructuras de madera que se levantaban en los barrios residenciales del país", como describe John javascript:void(0)Galbraith. Eran esos años de despegue para la economía norteamericana. La mecanización, entre 1925 y 1929, permitió la creación de más de 25.000 nuevas empresas. Aquel año de 1929 supuso la mayor producción automovilística de la década, 5.358.000 coches, y solo comparable con los 5.700.000 fabricados en 1953(año opulento).
Finalizada la Primera Guerra Mundial, Estados Unidos había pasado a ocupar los primeros lugares en el ranking económico mundial, ante una Gran Bretaña empobrecida que prolongaría durante tres décadas más su decadencia imperial. Pero la locura generada aquellos años de charleston y desenfreno, apoyado en esa bonanza macroeconómica, también provocaba la tentación de la especulación. La facilidad deslumbrante con que circulaba el dinero elevaba la fiebre del enriquecimiento repentino, sin reparar en los medios.
El 22 de setiembre de 1929, un anuncio publicado en los periódicos económicos de Nueva York pasó desapercibido para la gran mayoría de los pequeños y medianos inversores que jugaban a la ruleta rusa de la Bolsa.“Consecuencias de jugar a la alza durante mucho tiempo”, era el título; mientras que el texto decía:“>La mayoría de los inversores ganan dinero en un mercado alcista, pero pierden los beneficios en el reajuste que inevitablemente se sigue”. Esa advertencia, breve, suave y tardía, no alcanzaría para frenar una avalancha de ambición ciega que invadía a la sociedad de aquellos años.
Los economistas y las amas de casa, los políticos y empresarios estaban seguros que esa década prodigiosa era el principio de un futuro esplendoroso marcado por el "destino manifiesto" que cabía a los norteamericanos, según su propia creencia. “No puede pasar nada que se parezca a un crack” (Irving Fisher, economista, 1928); “Tal vez haya recesión en el precio de las acciones, pero nada parecido a una catástrofe” (Buster Bryan, empresario, 1929); “Una crisis grave está fuera de toda posibilidad” (Harvard Economic Society, noviembre de 1929).
No sabían ellos que aquel anuncio misterioso de los periódicos neoyorquinos era el último salvavidas antes del naufragio.
El jueves 24 de octubre de 1929 fue el primer día, de aquella semana intranquila y perturbadoramente sospechosa, en que se desató el pánico ante lo inevitable. Los precios de las acciones cayeron hasta destrozar los sueños de millones de personas. Muchos despertaron con las manos vacías, sin techo, invadidos por una desesperación paralizante. Era la gran crisis que iniciaría diez años de desesperanza, hambre y transformaciones profundas, políticas, económicas y sociales.
“En toda nuestra historia -explica el historiador estadounidense Carl Degler- nunca ocurrió otro colapso económico que pusiera a tantos estadounidenses al borde de la inanición, que durara tanto tiempo ni que llegara a estar tan cerca de destruir las instituciones básica de la vida norteamericana”.
Las consecuencias de la Gran Depresión de los años treinta, no se midió por la ola de suicidios inmediatamente posteriores al crack, sino por una serie de cifras que revelaban la futura realidad que se avecinaba. La Bolsa neoyorkina había llegado a negociar cerca de ochenta y siete mil millones de dólares en 1929, cifra que en 1933 había descendido a diecinueve mil millones; los campesinos recibían el 60 por ciento menos por sus granos que en la década anterior y, en los cinco años posteriores al crack habían quebrado diez mil bancos de depósitos de ahorro. La revista Fortune publicó, sobre cálculos propios, que hasta septiembre de 1932 el coste laboral humano de la recesión había dejado sin empleo a diez millones de personas. Cientos de miles de familias iniciaban viajes migratorios internos en carretas, vagones de ferrocarriles de mercancías y pasaban las semanas compartiendo barras de pan y verduras de deshecho. Se intentaba paliar la situación en los jardines de recreo, los hogares para desamparados o para ancianos que recogían a los más debilitados por el hambre.
El crack del 29 quedó marcado a fuego en las generaciones futuras como un símbolo del desatino.
La gran depresión tuvo su repercusión crucial en una Europa en plena crisis política. Los europeos supieron antes que los norteamericanos lo que eran las hieles de la crisis. La Gran Guerra los había dejado diezmados y con tensiones sin resolver. Las grandes dificultades de una Alemania empobrecida y hundida en la hiperinflación solo eran comparables a los sacrificios de los franceses, quienes vivían aquellos años bajo la esperanza de unas reparaciones de guerra que los alemanes jamás pagaron.
A excepción de Gran Bretaña que seguía los pasos a sus “primos” estadounidenses, tanto en la opulencia como en el desastre, el resto soportaba la dureza de la crisis bajo la esperanza en el porvenir, encarnada para muchos en el fascismo.