sábado, 28 de noviembre de 2009

Milagros económicos VII: Latinoamérica en la "década perdida"


La inestabilidad política y económica ha sido una característica de los países latinoamericanos desde sus procesos de independencia, durante el siglo XIX, hasta la actualidad.
El siglo que transcurrió entre 1880 y 1980 fue una progresiva, intensa e inclaudicable lucha de los Estados Unidos (Estado y empresas) por penetrar en los territorios del centro y sur de América con la intención de explorar y obtener buena parte de sus riquezas naturales y humanas, controlar sus movimientos políticos, económicos y sociales y exportar su cultura. Los gobiernos y empresas estadounidenses y también las europeas contaron para esa empresa con el invalorable apoyo de sectores nacionales de gran poder económico y político que crearon las condiciones más favorables para las inversiones externas, en perjuicio de las economías nacionales y mediante altas cotas de corrupción.
La década de los ochenta del siglo XX, equivocadamente llamada "la década perdida", por primera vez en cien años, supuso un éxito absoluto a la política exterior latinoamericana de los Estados Unidos sin promover golpes de estado, a excepción del conflicto de Cuba y la intervención en la "caldera Centroamericana".
Las décadas anteriores se había impuesto la fuerza sobre la razón. La más cruda aplicación de la Ley de Seguridad Nacional, interpretada por camadas de oficiales latinoamericanos distinguidos en el estudio de la lucha contrainsurgente, por la elaboración de precarios modelos autoritarios de poder, eficaces en la limpieza ideológica de la sociedad, a través de los métodos más cruentos y horrorosos y en la adopción de medidas económicas favorables al establishment.
La batalla de los ochenta se libró, sin embargo en otros campos. Altos mandos militares, desquiciados por el poder, resultaron una inútil sobrecarga para los planes estadounidenses. Las dictaduras dejaron naciones diezmadas económica y socialmente. Además de las fugas de capital y la erosión moral y ética, se produjo la descapitalización humana: emigraron millones de latinoamericanos, muchos de ellos profesionales de gran valía. En ese páramo latinoamericano, en el que sólo subsistieron los representantes de las ex oligarquías agrícola ganaderas de antaño, hoy reconvertidas a las prácticas financieras, se gestó el modelo blanco. Su estructura sencilla permitió la aplicación rápida y efectiva en campo abonado. Democracia y Economía de Mercado, era la fórmula del nuevo modelo neoliberal. El advenimiento de las democracias formales en América Latina, la mayoría de ellas nacidas con graves defectos de forma y de fondo, fueron legitimadas con un gesto inconfundible: el ex Secretario de Estado estadounidense, James Baker, garantizó a los presidentes democráticos, que "no habrá un sólo dólar más para financiar golpes de Estado en la región; y si éstos se producen sin nuestro conocimiento, aseguro su aislamiento para abortarlo inmediatamente". La contrapartida era la promesa de implantación y progresivo avance aperturista de las áreas económicas controladas por el Estado (privatizaciones), liberalización gradual del mercado exterior, la aceptación de rígidos planes de estabilización que permitieran invertir la tendencia de los índices macroeconómicos y el cumplimiento del pago con los deudores externos.
La democracia se constituyó entonces para los latinoamericanos en la legalidad como un seguro de vida, después de tantos años de ley del Talión a cargo del terrorismo de Estado. La economía de mercado era la esperanza para la región de "alcanzar el último tren del desarrollo".
Todos los gobiernos instaurados a finales de los años ochenta en la mayoría de los países latinoamericanos sea cual fuere su cartel ideológico pusieron en práctica el ajuste capitalista más salvaje que se recuerde en la región: desde la social democracia boliviana y venezolana, a los liberalismos brasileños, colombianos, chilenos, el llamado "peronismo" argentino; el "priismo" mexicano y los gobiernos conservadores de Centroamérica surgidos de la pacificación de la región.
El ajuste registrado en Latinoamérica durante los años 80 se ha basado en una receta muy precisa: la transferencia externa de recursos; programas fiscales contractivos; la potenciación de las exportaciones; la liberalización de los mercados internos con rebajas sustanciales de aranceles y aunque en muchos países los resultados se encaminaron hacia la rebaja de los índices inflacionarios y a una cierta estabilidad (denominada "milagro"), los costos sociales pusieron en entredicho la efectividad del proceso referida al mejoramiento del bienestar general de las poblaciones, a excepción de reducidos grupos productivos y financieros que se vieron beneficiados por el ajuste.
Chile comenzó a aplicar su ajuste durante la dictadura del general Pinochet, a finales de los setenta. Fue un proceso prolongado, al igual que los generados en Bolivia y México a mediados de los ochenta. En Chile el efecto directo fue el mantenimiento de tasas de desempleo muy elevadas (alcanzaron el 35 por ciento de la población activa) durante el período 1976 - 1988 y del 27 por ciento entre 1988 y 1992. En Bolivia una dramática y acelerada reconversión de la industria y el desempleo masivo que provocó la práctica desaparición del sector minero y metalúrgico boliviano, donde se produjo el despido del 80 por ciento de los trabajadores de esas áreas económicas. En México y Argentina la caída del salario real fue de un 25 y un 30 por ciento entre 1980 y 1990, mientras que en Perú y Venezuela el descenso de esa cifra fue del 50 por ciento. Los rigurosos planes de austeridad y contención del gasto público se tradujeron en todos los países del área en una reducción del gasto social per cápita (salud y educación preferentemente) de un 20 por ciento, como cifra promedio.
La etiqueta de "milagros" latinoamericanos se aplicó a los resultados macroeconómicos de esos ajustes duros y prolongados que afectaron, preferentemente, a los sectores socialmente desfavorecidos: vale decir, bajo nivel inflacionario (para países que en muchos casos sufrieron cotas de hiperinflación absolutamente desequilibrantes durante los años ochenta), alza de las exportaciones, crecimiento positivo y reducción del déficit público. Sin embargo los beneficiados por estas nuevas condiciones que tienden a la concentración de bienes y capitales en lugar de su redistribución equitativa entre los diversos sectores sociales, son minorías que han quedado integradas en un circuito productivo reducido al que no tienen acceso las grandes mayorías. Un alto porcentaje de la población disponía de trabajos precarios, sin coberturas sociales; vivía en estado de pobreza marginal o vinculada a un importante circuito de economía informal como único camino hacia la supervivencia.


Foto: Vista de una favela en la ladera de un morro, en Río de Janeiro. Agencia bk.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Milagros económicos VI: España, potencia con pies de barro


Durante el período 1985-1990, España vivió los esplendores de su primer gran milagro económico postfranquista. Cada semana aparecía un estudio que situaba a esa España europea del gran despegue en las cotas más altas de crecimiento económico, dándole a ese proceso el carácter oficial de "milagro" económico, tal vez para ocultar o ignorar el auge que el desarrollismo internacional proporcionó a la falsa autarquía de los años cincuenta y sesenta.
Uno de esos informes, editados en 1988, fue el de "The Economist Intelligence Unit" estadounidense, que vaticinaba que la inversión extranjera financiaría los siguientes cinco años de la economía española; que un colchón de reservas amortiguaría el impacto del proceso de integración europea y la recesión previsible para los años 92/93, y que, mediada la década, "será necesario un ajuste para corregir los desequilibrios del período". También auguraba que las áreas de mayor expansión estarían asociadas al turismo y a la industria de servicios financieros. Todo un panorama.
Los dirigentes que controlaban entonces la economía española tenían otra opinión.
"No habrá crack internacional, España seguirá creciendo, camino del estado del bienestar" (Miguel Boyer, 1986). "España es el país donde se puede ganar más dinero a corto plazo de toda Europa y casi de todo el mundo" (Carlos Solchaga, 1988).
Las bases de ese "milagro" hay que buscarlas en la cara oculta de los indicadores macroeconómicos. España soportó el ajuste de su economía para lograr reducir la inflación y estabilizar su moneda de cara a su ingreso en Europa. La filosofía neoliberal tecnocrática puso en marcha una conducción rigurosa y aséptica que concluyó en un efecto fundamental sobre la sociedad: desmanteló el marco laboral existente, no sin concesiones de los sindicatos. Las condiciones sociales de la mayoría de los españoles fueron relegadas para que los agentes económicos (grandes empresarios, importadores, banqueros, principalmente) lograran realizar su propio proceso de acumulación (la banca obtuvo beneficios que superaron los 730.000 millones de pesetas en el trienio 86-88). Un ejemplo de esos excesos: el 28 de diciembre de 1993, el Banco de España, entonces gobernado por Luis Ángel Rojo, decidió la intervención de Banesto y el relevo inmediato del equipo de administración encabezado por Mario Conde. El Gobierno presidido por Felipe González -un gabinete en el que Pedro Solbes era ministro de Economía- le prestó pleno apoyo. Los inspectores del instituto emisor estimaron que la entidad bancaria presentaba un 'agujero' de 605.000 millones de pesetas, poco más de 3.000 millones de euros, originado por la concesión de créditos en condiciones dudosas y una serie de operaciones poco claras que acabaron por llevar a Conde a prisión. Pocos años antes, Mario Conde había sido destacado como un modelo ejemplar de empresario triunfador en esa cultura económica que propiciaba el éxito fácil por caminos oscuros.
El resultado de ese proceso fue determinante. El costo social de la entrada en Europa y de los fuegos artificiales de la estabilidad inflacionaria convirtió a España en un enorme monumento sobre cimientos de arenas movedizas (las inversiones extranjeras directas y las financieras propensas a volar cuando las condiciones no les fueran favorables). Asimismo el costo social se tradujo durante los cinco años “milagrosos” en un aumento de la precariedad laboral: el 21,3 por ciento de las plantillas estaban integradas por personal con contratos temporales y un número indeterminado (se especulaba con 1.500.000) de trabajadores irregulares, bajo régimen de economía informal; y también en un aumento constante del desempleo cuyo punto principal fue la reconversión industrial, piedra angular del "ajuste Boyer". Según un informe de la central sindical UGT, anterior a la huelga general del 14 de diciembre de 1988, cerca de 11 millones de españoles vivían con rentas anuales inferiores a las 500.000 pesetas.
En opinión del economista Pedro Voltes "es ya tópica la tesis de los estudiosos del desarrollo de que los costes de un crecimiento excesivo son siempre gravosos y han de ser necesariamente pagados por alguien. Esto último suele ocurrir con la amargura adicional de que los paguen otros grupos diferentes a aquellos que han gozado del crecimiento y en una época posterior a la de éste".


Foto: Mario Conde, presidente de la entidad financiera Banesto hasta diciembre de 1993. Meses más tarde fue procesado y encarcelado por diversos delitos financieros.

Milagros económicos V: Los tigres de Asia



El ocho de agosto de 1945, un día antes de que los estadounidenses lanzaran la segunda bomba atómica sobre territorio japonés (Nagasaki) y dos días antes de que el emperador nipón Hiroito se rindiera a las fuerzas aliadas, la diplomacia norteamericana y la soviética habían llegado a un acuerdo apresurado para pactar la partición de Corea. El documento, conocido como la Declaración de El Cairo, establecía que los japoneses, invasores de la península coreana, debían rendirse a dos fuerzas distintas: al norte del paralelo 38 entregarían sus armas a los soviéticos y al sur capitularían con los norteamericanos.
Las dos potencias se retiraron de Corea, dejándola partida, el mismo año que Mao Tse Tung entraba con su ejército Rojo en Pekín, 1949, y constituía la República Popular China. Las tensiones internacionales derivaron en la Guerra de Corea 1950–1953, cuyos cientos de miles de muertos no sirvieron sino para confirmar exactamente la misma situación geográfica y política anterior con un actor más en escena, la China de Mao.
Corea del Sur comenzó entonces, bajo dominio estadounidense, un proceso similar al de Japón una década antes. Durante los siguientes cuarenta años Corea del Sur fue creciendo económicamente, desde un estado de pauperidad a un sorprendente "milagro" que quedó patente a finales de los años 70. Según el periodista norteamericano Robert Kearney (...). "En 30 años [los líderes coreanos]han transformado su país de una nación de arrozales bombardeados en una de florecientes fábricas". Esta afirmación se verifica en las comparaciones de los indicadores macroeconómicos: en 1960 la renta anual per cápita de los coreanos alcanzaba unos ínfimos 80 dólares, mientras que a finales de los años 80 esa cifra había trepado hasta los 2.000 dólares. Los estadounidenses que empezaban a sufrir la inevitable recesión del último período presidencial de Reagan veían con asombro como los coreanos del sur lograban un crecimiento anual 5 veces mayor al de la primera potencia mundial. Simultáneamente ese mismo proceso era seguido por otros países del sudeste asiático cuyas condiciones económicas de partida habían sido similares a las de Corea del Sur, como Singapur, Taiwán (antes China Nacionalista, antes Formosa), Hong Kong (los cuatro "tigres asiáticos") y en menor medida Tailandia. Después de los conflictivos procesos coloniales y de los procesos de liberación que vivió la región durante más de 30 años, la influencia estadounidense sobre esa área del Pacífico se dejó sentir. En una primera etapa volcando gran cantidad de ayuda militar y económica para mantener a sus aliados (Corea del Sur, Taiwán y Japón) frente al comunismo chino, coreano y vietnamita y a las diversas rebeliones nacionalistas nacidas en Birmania e Indochina. Y en una segunda etapa marcando las pautas de un proceso económico complementario a las necesidades norteamericanas en su política de expansión, a finales de los años 60 y en los 70.
Las condiciones objetivas presentadas por los países asiáticos, con gobiernos autoritarios apoyados por Washington, la reconversión de sus economías feudales al libre mercado, la facilidad para encontrar mano de obra barata, bajos impuestos y divisas nacionales depreciadas que facilitaban la exportación, los hacían territorios adecuados para transformarse en plataformas de producción a bajo coste ocupadas por grandes empresas de productos manufacturados. Los empresarios norteamericanos simplemente debían transferir tecnología media (el gobierno estadounidense autorizó la misma sin complicaciones legales) fundamentalmente en el sector electrónico. De esta forma las plantas asiáticas producían con un nivel de calidad aceptable artículos de costos bajísimos que disponían del mercado norteamericano totalmente abierto para su comercialización. Sin embargo si los rótulos "made in Korea", "made in Hong Kong o "made in Taiwan" por esos años eran sinónimo de baja calidad, de mala copia o de productos desprestigiados, más tarde fueron ganando mercado en base a una laboriosa estrategia de producción y marketing. Los asiáticos invirtieron más en investigación, y en base a la tecnología transferida con anterioridad obtuvieron por inducción los principios para mejorar sensiblemente sus productos. También progresaron en todos los aspectos referidos al marketing: desde la imagen y presentación del producto hasta su adaptación a las necesidades del mercado específico al cual se dirigía.
En 1986 la empresa automovilística coreana Hyundai inició sus exportaciones a Estados Unidos con un modelo barato de tamaño mediano y tracción delantera llamado Excel. El éxito fue rotundo. Durante los primeros meses se vendieron las 168.000 unidades importadas por los estadounidenses. Ese mismo año el Excel se convirtió en el modelo extranjero más popular de toda la historia de la industria automovilística. Poco después desembarcó la industria informática. La empresa Daewoo con su modelo de ordenador Leading Edge, arrasó las tiendas de informática por sus prestaciones absolutamente compatibles con los PC IBM y además a un precio muy bajo.
Kim Woo Choong presidente fundador de la Daewoo, casi un anciano, enérgico y duro, trabajaba entre 12 y 15 horas diarias, viajaba más de 200 días al año, y aseguraba que no había tomado vacaciones en las últimas dos décadas. Este espíritu sumado a condiciones laborales rigurosas, muy alejadas de las formas legales consignadas en las normativas europeas o norteamericanas, regían la vida de los habitantes de los "tigres de Asia". En Corea, concretamente, este "milagro" económico estuvo dirigido desde el principio por unas corporaciones financieras similares a las japonesas, llamadas chaebol, cuyos capitales se contaban por miles de millones de dólares. Su éxito consistía exclusivamente en la esforzada forma de trabajar de sus compatriotas. Según un documento publicado por la Oficina de Trabajo de los Estados Unidos, "los trabajadores de la industria automovilística coreana cobraban un promedio de 1,82 dólares la hora, contra 8,04 de los japoneses y 19,97 de los norteamericanos." Las tarifas medias por hora trabajada para el conjunto de los trabajadores guardaba similares proporciones, según la fuente citada: un trabajador coreano ganaba 1,41 dólares (190 pesetas, al cambio de 1994; 1,14 euros actuales); un japonés, 6,45 dólares (870 pesetas; 5,23 euros) y un estadounidense, 12,97 (1.750 pesetas; 10,52 euros).
No sólo las restricciones salariales han permitido el despegue y desarrollo de los llamados "Tigres de Asia". Las condiciones laborales a las que se sometía a los trabajadores tenían similitudes con las peores explotaciones de obreros fabriles de finales del siglo XIX y principio del XX en los países de Occidente. En Hong Kong y Singapur se inició la escalada económica en chabolas húmedas y sucias, construidas en las laderas de las montañas vecinas a las ciudades, donde se fabricaban miles de productos sin licencias ni seguros sociales y los obreros trabajaban hasta desmayar. Los coreanos utilizaban aún el sistema llamado irónicamente de la "fábrica hogar". En la misma planta disponían de dormitorios donde los empleados, generalmente jóvenes, quedaban atrapados en la fábrica y trabajaban durante 12 o 14 horas diarias, seis o siete días a la semana. Por lo general pernoctaban en la planta y no se marchaban de ella hasta que el supervisor decidía irse a su casa. Es decir, si el supervisor planificaba un mes de vida en los talleres, sus trabajadores le seguían. En algunos casos los empleados eran niños. Si bien esta práctica no resiste una valoración ética, en lo económico los salarios eran mínimos, ya que los niños entraban en una cadena de explotación esclavista con acuerdo de los propios padres, en muchas oportunidades, y propiciaban la multiplicación de beneficios.
Los empresarios solían montar esas fábricas en salas de dimensiones normales convertidas en dúplex mediante una división horizontal a una altura de 1,80 metros, para incorporar el doble de gente y máquinas. Por lo general esa "técnica" empresarial era utilizada muy frecuentemente en la industria textil y en el montaje de pequeños artículos electrónicos.
La dureza política de regímenes bastante alejados del modelo democrático europeo ha permitido que esas sociedades desarrollaran procesos económicos con un muy alto costo social para la mayoría de la población. En los años noventa se convirtieron en Estados ricos donde la mayor parte de sus habitantes vivían en condiciones de pobreza. Sin embargo la propia presión internacional ha obligado a esos regímenes a mejorar las condiciones laborales y los salarios para que sus productos sean más "competitivos" en los mercados occidentales, y evitar así que sus exportaciones baratas hundieran a las industrias locales. Las nuevas tendencias globalizaron las deslocalizaciones empresariales a la búsqueda de nuevas naciones donde se pudieran reproducir esas condiciones favorables de producción (similares a las encontradas en los "tigres asiáticos" hasta finales de los años 80). De tal manera a fines del siglo XX se hablaba de un "nuevo milagro" asiático, esta vez personalizado en "otros tigres", como Malasia, Tailandia o la propia China... Y el inicio de una nueva crisis que amenazaba con afectar a los “tigres” originales.




Foto: Niñas trabajando en una fábrica de juguetes china.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Milagros económicos IV: El gigante del sur


A principios de la década de los sesenta el gobierno demócrata de John F. Kennedy lanzó la "Alianza para el Progreso"; un acuerdo de interrelación comercial fluida entre los países latinoamericanos y Estados Unidos. Básicamente se trataba de impulsar definitivamente la formalización de convenios que favorecieran las exportaciones de bienes y servicios norteamericanos y la inversión extranjera directa en los países del área.
Algunas fuentes norteamericanas de aquella época permiten confirmar esta situación: "durante el período 1955-1964 la caída de los precios de las exportaciones de América Latina significó una pérdida de diez mil millones de dólares. Y las previsiones para el futuro no son alentadoras. La ayuda financiera tiene un vicio: la vinculación. Estados Unidos desde 1939 tomó medidas tendentes a obligar a los países que auxiliaba a efectuar sus compras a los suministradores norteamericanos. Se calcula actualmente que un 80 por ciento de la ayuda norteamericana al exterior se realiza en esas condiciones. En América Latina la deuda pública externa se elevó de 4.000 millones de dólares en 1955 a 10.600 millones en 1964, lo cual representa un aumento medio anual del 11,5 por ciento", según análisis publicado en 1966 en el "Latin American Bussines Highligts", boletín trimestral del Chase Manhattan Bank.
Dos años antes de ese informe, Estados Unidos buscaba las mejores condiciones políticas para avanzar sin tropiezos en la apertura de la economía latinoamericana a sus productos. Si bien la Alianza para el Progreso fracasó como gran operación política liberalizadora; no obstante las relaciones comerciales y las condiciones de inversión para las empresas multinacionales con sede en Estados Unidos se mantuvieron constantes en la región, sólo oscurecidas por la inestabilidad política latinoamericana durante los años sesenta.
Sin embargo la economía norteamericana, que siempre vio con recelo a Brasil por su enorme potencial de desarrollo, no se resignó a carecer de una plataforma en su denominado "patio trasero". La solución fue favorecer la instauración de un régimen más cercano a sus intereses en Brasil: la dictadura militar que derrocó a Goulart en abril de 1964, dirigida por el Mariscal Humberto de Alencar Castello Branco, designado presidente de facto (documentos desclasificados por la CIA en 2004 detallan la participación activa del gobierno estadounidense en el golpe de Estado). Una de las primeras medidas de Castello Branco fue la reducción de facilidades para la financiación de las empresas nacionales y la eliminación de trabas para el asentamiento de compañías multinacionales.
En un plazo muy corto la inversión extranjera controló la industria brasileña. Como un espejismo se empezó a extender por el Brasil atlántico, fundamentalmente el centro y el sur, una ola de optimismo sostenido por el surgimiento de nuevos puestos de trabajo, el incremento de los beneficios empresariales y un mejoramiento relativo de la calidad de vida de la burguesía.
Poco a poco esta etapa de expansión de las empresas multinacionales fue penetrando no sólo en los sectores de producción tradicional (agricultura, minería, servicios públicos) sino también en la industria del petróleo y la de transformación. Por entonces se instalaron en el sector eléctrico, la empresa Philips, la Light y la General Electric; en la industria metalúrgica, la Krupp Metalúrgica; la Siderúrgica Belgo Minera y la japonesa Usiminas; la industria química fue controlada por la Union Carbide y la francesa Rhodia de Industrias Químicas; mientras que en el sector automovilístico desembarcaron la General Motors, la Volkswagen (fabricaba el 62 por ciento de los coches en Brasil a principios de los años 70), la Ford y la Mercedes Benz. Doce años más tarde del inicio de este proceso, la industria manufacturera brasileña era controlada en un 76 por ciento por la inversión extranjera (el 50 por ciento correspondía a empresas norteamericanas).
El "milagro" brasileño ocultaba 20 millones de hambrientos en los Estados del noreste,mayoritariamente, viviendo en condiciones infrahumanas, y ponía en evidencia los violentos contrastes del lujo y la miseria conviviendo a pocos metros en sus grandes ciudades. La cara política que sostuvo este proceso se reconocía en los escuadrones de la muerte, un ejército represivo con alma de gendarme interno que acumuló centenares de asesinatos, y una celosa censura.
Estas condiciones no pudieron ser soportadas durante mucho tiempo, fundamentalmente hasta que sobrevino la crisis mundial durante los primeros años setenta. Intentar sostener ese ficticio "estado de bienestar" para un reducido número de brasileños significó para el régimen la absorción de 140.000 millones de dólares del ahorro externo producido durante los años del "milagro"(siempre en manos extranjeras) y luego recurrir al endeudamiento externo que, sumando y sumando, le hizo alcanzar la cota deudora más alta del Tercer Mundo.


Foto: Encuentro del presidente brasileño, Joao Goulart, con el jefe de Estado estadounidense, John Kennedy, en Washington, el 3 de abril de 1962. White House Photo.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Milagros económicos III: Japón se reinventa


El inmovilismo producto de legendarias tradiciones arraigadas y rígidas era la característica principal de la estructura social de Japón a mediados del siglo XX. Su pasado durante los últimos quinientos años estuvo regido por las ansias imperiales de Señores de raigambre conquistadora.
La rendición del emperador Hiroito en agosto de 1945, luego de las masacres atómicas de Hiroshima y Nagasaki, constituyó para aquel Japón altivo, el choque frontal con la realidad de la decadencia, tras la aventura imperial de la Segunda Guerra Mundial.
El país de posguerra estaba en ruinas. La producción agrícola se redujo al 40 por ciento de los niveles registrados antes del conflicto bélico, y la industrial se quedó en un 30 por ciento.
A pesar de los más de dos millones de japoneses muertos durante la guerra, la presión demográfica causada por la repatriación de muchos habitantes de las colonias del antiguo Imperio y el regreso de los soldados (origen del "baby boom") se hizo arrolladora. Los primeros cinco años posteriores a la rendición, la población del archipiélago aumentó de 72 a 83 millones de habitantes (1). Una población carente de víveres, ropa, combustibles y viviendas, cuya ración diaria de arroz se redujo a poco más de 200 gramos por persona (por debajo del nivel de supervivencia).
El Comando Supremo de los Poderes Aliados (SCAP), al mando del general Douglas MacArthur (el mismo que poco tiempo después quiso borrar del mapa media China con la bomba atómica durante la guerra de Corea) fue el organismo encargado no sólo de la ocupación y sometimiento del archipiélago nipón, sino también de transferir el "american way of life" a un pueblo sumido todavía en las miserias del sistema feudal.
La primera medida de transformación fue la reforma agraria (los latifundios inexplotados eran confiscados, distribuyendo entre los arrendatarios unas parcelas de sólo tres cho). Más de 2 millones y medio de cho cambiaron de mano como consecuencia de esta operación; y en el transcurso de la década siguiente se modificó sustancialmente el mapa de la tenencia de tierras: en 1946 el 33 por ciento de los propietarios explotaban sus tierras; en tanto en 1955 ese indicador se había elevado al 77 por ciento.
El Comando norteamericano dictó una ley antitrust que desconcentró el poder industrial, en manos de holdings financieros familiares (zaibatsus), para lanzarlo hacia la libre empresa. Esa normativa obligaba a la transferencia de los bienes de las grandes familias a una comisión de liquidación de los trust; impedía la acumulación de puestos de dirección y la adquisición recíproca de acciones entre que hubiesen pertenecido a un mismo zaibatsu. Asimismo se creó una comisión (Fair Trade Commission) para controlar las operaciones comerciales interempresariales. Las empresas de los grupos, al cortarse los lazos que las relacionaban, encontraron así cierta autonomía.
Los zaibatsus eran camarillas financieras cuyos orígenes se remontaban a las grandes fortunas mercantiles de la época Tokugawa (1600-1867) y se desarrollaron con mayor fuerza durante el período Meiji (1868-1912). Ambas dinastías habían puesto en práctica una política de modernización basada en la garantía de éxito que suponía la concentración en pocas manos de los sectores económicos más importantes. Los zaibatsus dominaban la industria pesada, el comercio exterior y la navegación comercial. Y, a pesar de los grandes terremotos políticos, los zaibatsus seguían constituyendo sólidas empresas familiares basadas en la tradición. La Mitsubishi (primera empresa japonesa durante muchas décadas) era propiedad exclusiva de los Iwasaki; mientras que el amplio árbol de la familia Mysui (compuesto por once ramas) controlaba el grupo del mismo nombre. Este último grupo manejaba directamente más de 80 empresas en 1945, y más de 350 a través de subfiliales, ejerciendo el derecho de fiscalización.
A pesar de la tradición legendaria de los japoneses, que relacionan el honor personal con la dignidad de ejercer un trabajo, de servir, fue dictada una nueva legislación laboral que reglamentaba la negociación de las remuneraciones, las condiciones de trabajo, la organización sindical, los procedimientos de despido y el derecho a la huelga.
En tres años las estructuras sociales y políticas de Japón cambiaron profundamente. Las bases del Estado capitalista estaban sembradas y las estructuras feudales desmembradas bajo la acción coercitiva de las fuerzas de ocupación.
Pero simultáneamente, como resultado de esas aperturas, las centrales sindicales ascendieron rápidamente y empezaron a transformarse en un factor de presión importante y casi decisorio en la vida política japonesa. El SCAP dio marcha atrás entonces ante tanta "liberalización" y decidió mantener la libertad de acción sólo en el terreno que entraba en los planes diseñados por el Departamento de Estado norteamericano: la economía.
En 1948 se detienen las requisas industriales y en julio de aquel año se suspende el derecho a huelga. Un año más tarde, el gobierno japonés enmienda la legislación antitrust: quedan atenuadas las prohibiciones para acumular puestos directivos y la adquisición de acciones entre empresas de un mismo zaibatsu. Y dos años después, cuando la atención se fijaba en la caza de brujas que barría con máximo fanatismo el teritorio norteamericano, los coletazos alcanzaron a la central comunista nipona y todos sus militantes fueron excluidos de las principales empresas públicas y privadas del archipiélago.
Las causas económicas del proceso de recuperación nipón, con aspecto de "milagro", cuya continuidad de gestación se prolongó durante varias décadas, se relacionan con el impulso de la demanda del mercado interno, formado por más de 120 millones de personas convertidas al culto de la sociedad de consumo; la carencia absoluta de conflictividad social, a pesar de las duras condiciones de vida, y la posibilidad de tener un mercado externo abierto con la capacidad de demanda del estadounidense. Estas condiciones, sumadas a una segura estabilidad política ligada a una rigurosa desmilitarización, y a una investigación tecnológica persistente dieron lugar a la multiplicación asombrosa de las inversiones y al crecimiento productivo y tecnológico que Japón ofrece hoy. Fue un camino de cuarenta años en el que descubrieron las imágenes simbólicas, las costumbres, los métodos y los productos norteamericanos, hoy arraigados entre las nuevas generaciones japonesas. Sus industrias comenzaron a exportar a bajo precio productos de todo tipo, hasta lograr acreditar unas marcas que por su tecnología, diseño, calidad y precio desbancaron en muchos sectores a sus rivales occidentales más competitivos. Este proceso se consolidó con el montaje de una red de multinacionales que les permitían a las empresas matrices japonesas, fabricar sus productos en sus principales mercados externos y así realizar inversiones directas en esos países para salvar las barreras arancelarias que el proteccionismo occidental comenzó a desplegar. El mejor ejemplo ha sido el éxito arrollador de la fábrica Toyota en Estados Unidos, que no sólo se apropió del mercado interno norteamericano sino que reexportó automóviles hacia el país de origen. Siete bancos japoneses pasaron a figurar en el exclusivo ranking de los "top ten" (los diez bancos más importantes del mundo).
Los jóvenes japoneses ya no anteponen como una cuestión de honor su amor al trabajo a cualquier otro tipo de aspiraciones: su filosofía de vida está más occidentalizada; desean más tiempo libre para dedicarlo al ocio, a la familia y a proyectos personales. Sin embargo a pesar de estas transformaciones de conductas sociales, todavía la actividad productiva laboral tiene una importancia mayor que en otros países de Europa o Norteamérica. Un trabajador japonés, a finales del siglo XX, seguía trabajando una media de 2.111 horas anuales; 500 más que un trabajador de la Unión Europea y 200 más que un estadounidense. Este horario suponía en la práctica una semana de seis días laborables, a la que se agrega un par de horas más a la salida de la labor, en la que los empleados y trabajadores en general comparten una copa de relax hablando... de su trabajo. En tanto sus vacaciones anuales promediaban los siete días.
La vida cotidiana presentaba los problemas lógicos de un país superado por la explotación demográfica. La gran especulación inmobiliaria por la escasez de suelo construible, elevó el precio de la vivienda a cifras astronómicas para pisos familiares que no superaban los 40 metros cuadrados de superficie. Esa carencia de viviendas obligaba a los japoneses a vivir en zonas alejadas de su lugar de trabajo con lo que aumentaban las dificultades de largos y tortuosos viajes cotidianos.
La tendencia adoptada por la economía japonesa, a partir de los primeros años noventa fue poner en práctica la kokusaika (internacionalización) en su economía, para abrirse al exterior. Sin embargo no pudo escapar a la crisis de fin de siglo.


(1)Nota: esa cantidad de habitantes estaba distribuida en un archipiélago compuesto por 4.000 islas que suman una superficie de 370.073 kilómetros cuadrados, aproximadamente el 75 por ciento del territorio peninsular español.

Foto: Robot ASIMO, desarrollado por la empresa japonesa Honda: desde abril de 2009 ASIMO es controlado por una persona mediante un dispositivo ICC (interface computadora cerebro) con un 90,6% de aciertos - AP

Milagros económicos II: El Plan Marshall


Sobre la inmensa alfombra de 60 millones de cadáveres que dejó la Segunda Guerra Mundial se construyó el gran salto del capitalismo. Gran Bretaña, destrozada en la contienda y endeudada desde mucho antes, dejó paso a la nueva potencia que se insinuaba desde finales del siglo anterior, como ya lo había profetizado el líder socialista francés Jean Jaurés: "Los Estados Unidos gravitarán cada vez con mayor peso sobre los destino del mundo".
La década 1937-1948 supuso un crecimiento de la producción industrial norteamericana del 72 por ciento, ligada evidentemente a la economía de guerra. En el resto del mundo y en Europa la producción no sólo no aumentaba sino que disminuía el uno por ciento.
El final de la guerra encumbró definitivamente a la nación norteamericana como la primera potencia mundial. Superada la primera etapa de acumulación económica, los americanos traspasaron los límites de una expansión imperialista reducida a su influencia directa sobre el área latinoamericana para lanzar todo su poder económico al resto del mundo.
En 1945 Estados Unidos producía la mitad del carbón del mundo; dos tercios del petróleo del planeta y más de la mitad de la energía eléctrica. Su capacidad de producción (95 millones de toneladas de acero, un millón de toneladas de aluminio y más de un millón de toneladas de caucho sintético, por ejemplo)le permitió abastecer todas sus industrias y disponer de excedentes.
Asimismo, guardaban en sus arcas el 80 por ciento de las reservas mundiales de oro. Pero ya durante el transcurso de la guerra, Estados Unidos impondría las bases del futuro nuevo orden económico a sus aliados europeos.
En febrero de 1942 británicos y norteamericanos sellaron el Acuerdo de Ayuda Mutua, en el que se precisaba que "los dos países firmantes se comprometen a eliminar, desde el momento en que las circunstancias lo permitan, toda forma de práctica discriminatoria en el comercio internacional".
Este principio fue base de la filosofía del discurso liberal a ultranza que roció la nueva potencia sobre una Europa devastada, endeudada y sin capacidad económica propia para comenzar la reconstrucción.
La doctrina, que implicaba una nueva división internacional del trabajo, iba a modificar considerablemente las relaciones económicas mundiales de posguerra. Y atendía las necesidades de un mundo diferente. Ya se perfilaban dos bloques claros y los norteamericanos no estaban dispuestos a dejar aislada y a un paso del "peligro de anexión comunista" a una Europa en la que 17 países acumulaban un déficit de 9 mil millones de dólares y cuya debilidad podía hacer tambalear los principios capitalistas ante la desesperación de sus gentes.
Vencedores y vencidos tenían una misma importancia para la nueva potencia. Gran Bretaña, Francia, Alemania e Italia debían recibir una ayuda importante en abastecimiento e incluso en divisas para empezar su reconstrucción.
La versión popular del "milagro" europeo de posguerra (dirigida fundamentalmente a Italia y Alemania que se levantaban de la derrota) recae casi exclusivamente sobre la responsabilidad y capacidad de sacrificio y trabajo de sus pueblos y sus dirigentes, propulsores del "milagro". Esta verdad a medias es el relato de la historia oficial y ha sido utilizada algunas veces como carácter distintivo entre dos pueblos, no sin cierto tufillo racista (los alemanes son trabajadores; los españoles son haraganes). Juicios estos, absurdos desde el punto de vista sociológico y ocultadores de la realidad desde la mira política. Esa realidad geopolítica decía en 1944 que Europa debía ser recuperada porque entraba en los planes de expansión norteamericana como su principal aliada ideológica natural y frontera natural al expansionismo comunista de la Unión Soviética. Más de 34.900 millones de dólares concedidos entre 1947 y 1955 en forma de ayuda militar (11.500 millones), donativos (17.000 millones) y préstamos a largo plazo (6.500 millones) fueron el sustento del "milagro".
Según el economista francés Maurice Niveau, "uno de los méritos esenciales del Plan Marshall fue el de ofrecer a los países europeos no sólo una ayuda bilateral sino también una ayuda multilateral ligada a los mecanismos de pagos intraeuropeos. Es decir que la propia ayuda norteamericana contribuyó a lanzar los intercambios de tipo comercial entre los países europeos acelerando la tendencia al reequilibrio".
Las facilidades económicas brindadas a Europa se confirman tras la firma de un acuerdo de compensación firmado por los países de la O.E.C.E. (Organización Económica de Compensación Europea) el 18 de octubre de 1945 en el que se establece que "la distribución de la Ayuda Marshall entre los países de Europa Occidental no consistirá solamente en una ayuda directa para financiar su propio déficit sino también en una ayuda indirecta para hacer frente al mismo ante las demás naciones de la O.E.C.E.".
Descender de las cifras de la macroeconomía a las cuentas microeconómicas cotidianas permite encontrar otra cara del supuesto "milagro". Los llamados "pueblos trabajadores de Europa" se vieron atrapados entre la necesidad y el hambre o la adopción de formas laborales tendentes a mejorar la productividad (trabajo nocturno; a destajo; en cadena) a través de la coacción empresarial y el acoso estatal, que desembocaban irremediablemente en relaciones laborales injustas (bajos salarios, inestabilidad laboral, condiciones de trabajo indignas y explotación de la fuerza de trabajo durante jornadas que podían alcanzar las 18 y 20 horas sin pagos extras). Así en Francia como en Gran Bretaña; así en Alemania como en Italia.

Foto: El plan Marshall en Alemania -Harry S. Truman Library & Museum

Milagros económicos I: El esclavismo nazi


"No es la inteligencia buscando tres pies al gato la que ha sacado a Alemania de su miseria sino nuestra fe (...)" vociferaba Adolf Hitler, lanzando al misticismo a las masas y abriendo camino hacia el "milagro". Algo que Joseph Goebbels, su ministro de Propaganda, tenía más claro aún; (ante la masa y dirigiéndose a Hitler en 1934) "(...) En nuestra profunda desesperación encontramos en vos aquel que enseña el camino de la fe. Vos habéis forjado nuestra confianza en el "milagro" por venir. (...)".
Alemania, afectada por las deudas de la Gran Guerra, la ocupación del Ruhr, la hiperinflación que destruyó su moneda, los coletazos del crack del 29, una recesión industrial que hizo descender su producción un 50 por ciento en cuatro años (1928-1932), el movimiento obrero dividido y las reservas del Reichbank agotadas, reunía las características sociológicas de decepción y escepticismo propicias para que la masa de su población se viera cautivada por una idea nacionalista aglutinante, una creencia fanática que le permitiera recuperar su autoestima.
Si sólo este trabajo psico-sociológico y propagandístico colectivo hubiese sido el cimiento de construcción del reino nazi, podría hablarse de "milagro". Sin embargo existieron otras razones político económicas de mucho mayor peso.
A medida que el nazismo fue creciendo y acercándose al poder, disminuyó proporcionalmente su proclamada aversión anticapitalista de los inicios. Hitler recibió el apoyo de los grandes industriales y financieros alemanes, con un guiño de aprobación del capitalismo internacional que veía con buenos ojos una Alemania fuerte y fanáticamente anticomunista, como barrera segura ante una posible expansión de la Unión Soviética.
La frase del industrial Fritz Thyssen, pope de la metalurgia germana y europea, quedó enmarcada históricamente como la mejor prueba de ese apoyo: "la democracia, para nosotros, no significa nada".
Las principales empresas industriales alemanas (Siemens, Daimler Benz, Volkswagen, entre otras) se beneficiaron del impulso que significó la economía de guerra implementada por el régimen nazi. Sus dirigentes imbuidos de un repentino fervor nacionalista se sirvieron de cientos de miles de trabajadores forzosos y convirtieron sus fábricas en verdaderos campos de concentración. No se trataba de mano de obra barata sino totalmente gratuita, esclavizada bajo el control de las autoridades militares alemanas. Para Hitler era una forma de hacer productivos a sus prisioneros de "razas inferiores" como judíos, gitanos y eslavos (preferentemente polacos y originarios de las diferentes repúblicas soviéticas), mientras los alemanes podían ser destinados al reclutamiento militar para el reforzamiento de su ejército.
Según las investigaciones del historiador alemán Hans Mommsen, en 1944, con Alemania en pleno declive, la empresa Daimler-Benz ofreció a las diezmadas SS hacerse cargo de la financiación y ejecución de la evacuación de prisioneros del campo de concentración de Neckarelz, para que no cayeran en manos aliadas.
La Volkswagen, encabezada en esa época por el famoso industrial Ferdinand Porsche, llegó a un acuerdo con Hitler en los años previos a la guerra mundial que se mantuvo durante la contienda para convertir sus fábricas en las principales proveedoras de medios de transporte que facilitara la movilidad a toda Alemania. La actual planta central y emblemática de la compañía en Wolfsburg, Alemania, fue entonces una gigantesca fábrica de trabajos forzados en la que fluían continuamente prisioneros que desarrollaban actividades sin límite de horas, condiciones de trabajo ni salario, en las líneas de montaje. Según el testimonio del médico de la Volkswagen en ese entonces, doctor Hans Kurbel juzgado y ejecutado como criminal de guerra en 1946 morían un promedio de diez trabajadores diarios en la planta de Wolfsburg y sus cadáveres eran enterrados en fosas comunes. En 1943, aproximadamente el 70 por ciento de la plantilla de trabajadores de la Volkswagen estaba integrada por prisioneros procedentes de diferentes campos de concentración nazis situados en el este europeo.
Existen documentos públicos a través de los cuales Porsche pedía personalmente a Hitler la asignación de contingentes de prisioneros para la construcción de nuevas instalaciones. Más exactamente en 1944 Porsche solicitó oficialmente al líder nazi 3.500 prisioneros para levantar una fábrica en una mina abandonada, cuyo destino era el montaje de un arma secreta: la bomba voladora V-1.
No sólo las empresas alemanas dieron su apoyo al gobierno nazi, las más importantes industrias extranjeras también colaboraron con el régimen.
En 1933, pocas semanas después de la elección de Adolf Hitler como canciller se puso en marcha la normativa económica esencial de la dictadura nazi: la ley de radicaciones extranjeras que imponía la obligación a las compañías foráneas de reinvertir todos sus beneficios en la nación germana. Sin embargo las grandes empresas europeas y norteamericanas no se quejaron mayormente de esa legislación, ni se retiraron del territorio alemán. Al contrario, muchas de esas compañías, como General Motors, Ford, Unilever y Shell, entre otras, aumentaron su productividad y recibieron compensaciones de mano de obra esclavizada y numerosos privilegios por su participación en el incremento de la "grandeza del III Reich".
La cuidada programación económica nazi reguló el desaliento de la inversión pública en favor del avance del sector privado, aunque con el control directo del Estado sobre ese trasvase planificado. Los economistas de Hitler organizaron un sistema de carteles, que reunía a los mayores productores de cada rama, obligando a las empresas a participar en el cartel que le correspondía. Esta sistematización hizo factible el esfuerzo para la construcción del III Reich soñado por el dictador nazi.
A la reactivación económica se sumó el efecto social: cuando Hitler fue nombrado canciller, en 1933, el paro sumaba 5 millones de personas; esta cifra se había reducido a menos de un millón en 1937. La producción, bajo el trabajo forzado en régimen de emergencia (economía dirigida a la guerra) también aumentó de forma espectacular: se triplicó en seis años (1933-1939). El dato más significativo es que entre 1931 y 1935 las industrias armamentistas (lideradas por las fábricas Krupp) multiplicaron por seis sus gastos.
El "milagro" que proclamaba Goebbels queda al descubierto como el resultado de una estructura propagandística exacerbada y excelentemente montada para invocar el fervor nacionalista de un pueblo deprimido. La realidad demuestra un generoso apoyo económico de los tejidos industrial-comercial-financiero alemán e internacional y decisiones políticas favorables al régimen emanadas no del Reichstag, sino de las potencias de la época: Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos y la Unión Soviética.


Foto: Prisioneros en la puerta de entrada del campo de concentración de Auschwitz, Polonia. La inscripción de la reja decía: "El trabajo os hará libres"

Crisis económicas VIII: Desplome del "boom" español


En medio de la revolución conservadora estadounidense, España debía resolver a mediados de los ochenta un dilema de 2 siglos de antigüedad: su incorporación a la Europa Occidental, su integración económica y su participación activa en el debate político con voz y voto. España empieza entonces una lucha en tres frentes, según explica el economista Juan Luis Segurado Llorente: "En principio debía mirar hacia su propio mercado interno y ponerlo en orden, lo primero que hace el ministro de Economía Miguel Boyer. El ajuste español coincidió afortunadamente con un período económico estable en el exterior, aunque se estaba gestando el drama posterior. El segundo frente español consistía/consiste en conducir su economía a medio y largo plazo hacia los objetivos de convergencia marcados por las líneas de coincidencia en la futura Unión Europea. El tercer frente, el externo, supone un permanente fracaso para España. A partir de 1985/86 el ajuste de Boyer tiene aparentemente éxito al lograr una estabilidad económica de los índices macroeconómicos que, junto con la estabilidad política ya garantizada en el país, genera gran confianza exterior para las inversiones. Si bien la coyuntura internacional empieza a decaer (comienza a pagar la factura de la "reaganomic") España logra exhibirse como un país fiable ante el capital exterior, que sería su máximo sostén y su peor enemigo en el futuro cercano".Simultáneamente, España comienza a mostrar los defectos inevitables de cuatro décadas de aislamiento, no disimulables con un par de años de ajuste y crecimiento. Las enormes carencias industriales y tecnológicas de cara al exterior generan las máximas dificultades para que España pudiera lanzarse a competir con los países occidentales y ganar espacio para su producción en los mercados externos. De manera que ante el auge desatado en el consumo interno y una reactivación permanente de la industria, las importaciones se disparan y superan sensiblemente a las exportaciones: la balanza comercial española es enormemente deficitaria. Sin embargo, paralelamente, los bienes de capital ingresan día a día generando una euforia ilimitada, equilibrando la balanza de pagos. Muchas de esas inversiones se incorporan directamente a la economía real de producción, pero muchas otras son especulativas, buscan unas condiciones beneficiosas en las bolsas españolas y aprovechan la coyuntura favorable. Un auge irreal se apoderó de la sociedad.
A partir de 1991, la economía española fue acusando cada vez más la inquietante situación internacional y el coste de ajustarse cada vez más a los índices de convergencia europeos. Comenzó entonces a redactarse la crónica de la crisis anunciada, como si se acercara el lobo al rebaño. Gran parte de la clase media española empezó a pagar la factura de un lustro de vida por encima de sus posibilidades económicas reales; la masiva toma de créditos y las facilidades financieras y burocráticas para acceder a ellos elevó la deuda contraída por muchos hogares españoles hasta límites peligrosos.
Un análisis realizado por el economista y catedrático del UNED, Francisco Mochón daba a conocer que "los últimos datos de 1991 (según el informe oficial del Banco de España) muestran el estancamiento de la producción, la caída del excedente bruto, el aumento de la financiación ajena y de proveedores, el incremento de las dotaciones y la reducción de dividendos. España empezaba a perder altura rápidamente.
El 1992 empezó como un año mágico bajo la sombra de la Exposición Universal de Sevilla y los Juegos Olímpicos de Barcelona, dos gigantescas "zanahorias" que ocultaban el drama social. Aquel año terminó bajo llamamientos oficiales al control y la moderación. El entonces ministro de Economía, Carlos Solchaga dijo en diciembre de ese año y después de leer un informe de la OCDE pesimista sobre el futuro inmediato de España, "Las perspectivas de ajuste que ofrece tanto en materia de inflación como de déficit público y tipos de interés son bastante correctas y espero que 1993 sea un año bien utilizado en materia de corrección de equilibrios". El informe de la OCDE advertía de la gran dificultad que debía afrontar el país: (...) "el problema más grave en España será el desempleo, que puede alcanzar el año que viene un nivel dramático: el 19,5 por ciento de la población activa (un total de más de 2.952.000 parados; el gobierno situaba ese porcentaje en un optimista 18,9 por ciento)". Todas estas perspectivas para 1993, un año que teóricamente estaba "diseñado" para acoger el gran lanzamiento de la unidad europea. Los capitales especulativos comenzaron a retirarse rápidamente de las bolsas españolas cuando los beneficios no justificaban la inversión. Fue entonces cuando la economía tambaleó y mostró su estabilidad ficticia.
La crisis se había instalado y comenzaron a variar los hábitos de consumo, hubo una considerable rebaja de precios de productos asociados al confort, segundas necesidades vitales (electrónicos, textiles, etc.) y servicios en general. Las pequeñas y medianas empresas ya habían empezado a sentir esos síntomas desde los primeros años 90. En 1989 la cifra neta de negocio de las PYME españolas registraba el 12,25 por ciento de aumento; cuatro años más tarde se había cerrado con un 6 por ciento negativo y con tendencia a seguir descendiendo. Las cifras de desempleo aportaron los datos más dramáticos del trienio 92-94: más de un millón de parados se sumaron a la lista oficial y, según estimaciones realizadas por los sindicatos, otro medio millón de personas sobrevivía con trabajos temporales no declarados, al margen de la legalidad laboral.
Era la factura que pasaban a la mayoría de los españoles los días de especulación y enriquecimiento fácil que supieron aprovechar los más audaces y aquellos personajes que hicieron de la falta de ética en los negocios una norma implícita. A la larga cuenta deudora de la crisis se sumaron los grandes negociados realizados en las empresas públicas bajo la desidia del control oficial (lo que se llamó popularmente alentar la cultura del "pelotazo"). El crecimiento del nuevoriquismo desaprensivo y hasta prepotente encontró en la acera de enfrente el drama social del paro como contraste más brutal.
Durante los primeros años 90 los bancos prestaron menos dinero y se registró un ejercicio generalizado por recuperar expectativas más acordes con la situación.
Según el informe de la OCDE "La economía atraviesa, en este 1993, un difícil período de ajuste. El crecimiento pierde velocidad, aumenta alarmantemente el paro y las expectativas de inflación son vivaces". La interpretación de este diagnóstico es que el proceso histórico no se ha modificado ni un ápice: el coste de esta "crisis" es amortiguado por los sectores más desfavorecidos de la sociedad; un cómodo colchón para contener la "caída" de los grupos económicamente poderosos (Seat, Gillette, Suzuki, entre otros ejemplos de empresas que retiraron sus inversiones directas o formularon planes de racionalización salvaje de sus plantillas).
El resto de los países europeos han estado inmersos en la crisis en condiciones similares de dramatismo dialéctico y perplejidad económica. Su origen, según el economista Manuel González Cid tiene tres puntos de apoyo: "El endurecimiento de las condiciones monetarias en la mayoría de los países desarrollados que, a partir de 1988 arrastran síntomas de recesión, especialmente Estados Unidos y Gran Bretaña. En segundo lugar la crisis abierta tras la Guerra del Golfo y la caída de los regímenes socialistas, lo que ha provocado un menor crecimiento del comercio internacional. Y en tercer lugar el aumento de las tasas de interés como consecuencia de las políticas monetarias restrictivas en los países industrializados". La única excepción a este último punto descripto por González Cid es la negativa a ultranza de Alemania de negociar sus tipos de interés y su estricta política antiinflacionaria.


Foto: De izquierda a derecha: Rodrigo Rato, Pedro Solbes, Miguel Boyer, Carlos Solchaga; los cuatro ministros de Economía más destacados de España, desde 1982 hasta 2009. Los éxitos y fracasos de la economía española durante esos 27 años están ligados, en gran medida, a las decisiones de estos hombres.

Crisis económicas VII: EE.UU. fin de siglo



El horizonte de los años que enlazaron las presidencias de los Bush (padre e hijo)en Estados Unidos, es decir el período entre la última década del siglo XX y la primera del XXI, se veía de forma pesimista por los especialistas estadounidenses de la época, muchos de los cuales anticipaban las crisis que se viven en la actualidad. Ese período “posreganeano” se presagiaba cubierto por problemas como el paro, la inflación o la temida recesión. Una crisis que amenazaba con extenderse o profundizarse. El mapa económico del mundo desarrollado en los años noventa tenía tres centros de poder, tras el derrumbe estrepitoso de la Unión Soviética: Estados Unidos, Europa y Japón, cuyas relaciones variables podían cambiar el cuadro de situación de la economía mundial en el futuro.
Es probable que los norteamericanos, temerosos de posibles crisis venideras, quisieran mantener su economía doméstica al mismo ritmo que el registrado durante 1988 y 1989. Esto es con un crecimiento lento, comparado con los parámetros de las épocas de bonanza de la renta de todos los norteamericanos, una aceleración gradual de la inflación y un comportamiento en general bueno de una de las variables que más preocupaba en todo el mundo: el empleo.
"Serán estos unos años de precaución y estabilización -en opinión del economista Paul Krugman- que inevitablemente llevarán a Estados Unidos a un retroceso manifiesto en su poderío económico mundial a principios del próximo milenio".
Estas prospectivas trazadas en función de la crisis de los noventa tienen fundamentos claros: según el economista Rudler Dornbusch, del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT): "A finales de 1992 más de 17 millones de trabajadores se encontraban sin empleo o con empleos temporales por debajo de su capacidad en los EE.UU. Es decir, que se produjo un incremento de ocho millones de desempleados durante la Administración de George Bush padre (de los cuales el 75 por ciento se traduce en la pérdida total de empleo). De la escasa riqueza creada durante la década de los 80, un 70 por ciento fue a parar al 1 por ciento más rico de la población, mientras que los de menor poder adquisitivo sufrieron pérdidas en términos absolutos".
Los malos tiempos daban peores sensaciones si se revisaban las predicciones de éxito exagerado que antaño se hacían de esta era postecnológica. En 1967 los norteamericanos miraban el futuro con un optimismo desusado: el libro The Year 2000, del economista Herman Kahn, afirmaba que Estados Unidos crecería hasta final de siglo a un ritmo del 4 por ciento anual sostenido; mientras que la revista Fortune explicaba que para el año 2.000 los salarios reales norteamericanos habrían aumentado en un 150 por ciento.
Seguramente esos profetas podrían enrojecer ahora ante las cifras que se les presentan: los salarios reales por hora bajaron durante los años 70 y 80; la productividad aumentó a un promedio del 1 por ciento anual y la pobreza creció en términos absolutos: el final del siglo XX sorprendió a Estados Unidos con un "ejército" de casi 18 millones de homeless (personas sin hogar) y de 25 millones de pobres (1 de cada 10 norteamericanos) que sobrevivían gracias a los food stamps (bonos del Estados para comer).
El profesor Robert Reich, de la John F. Kennedy Schools of Government de Harvard, sostiene que "En la actualidad, Estados Unidos está creando dentro de sus fronteras una nación tercermundista, y esa nación tercermundista crece a un ritmo más rápido que la deuda nacional. Al mismo tiempo, los ricos se retiran silenciosamente a zonas residenciales selectas y comunidades cerradas. La clase media se reduce. Estados Unidos se está desdoblando en dos economías conectadas sólo tangencialmente: una, la de los edificios comerciales y las sedes centrales de las empresas cada vez más extendidas y, la otra, la de la calle Mayor. Este no es el reto de la competitividad, como se dice con tanta frecuencia. Es, simplemente, el reto de mantener una sociedad coherente".

martes, 24 de noviembre de 2009

Crisis económicas VI: Cuando fallan las estructuras


A partir de la aplicación de las recetas neoliberales por los gobiernos democráticos de los años 80, la mayoría de los países latinoamericanos sufrieron un ajuste feroz de sus economías. Si bien la región se caracterizó durante casi todo el siglo por ser exportadora de bienes y capitales, en la década de los setenta y principio de los ochenta la transferencia hacia los países ricos, tenía como causa principal el pago de una abultada deuda externa que creció aún más con los altas tasas de interés (generalmente flotante) a las que se habían pactado los préstamos.
La deuda externa latinoamericana fue la preocupación de los ámbitos económicos mundiales. Y estuvo en primer plano de la información internacional durante más de una década por sus dos efectos directos: las teóricas "quiebras" de Estados latinoamericanos, que se encontraban al borde de la cesación de pagos, y las "quiebras" privadas que podían ocasionar esos impagos en la banca internacional (norteamericana fundamentalmente), si no disponían del tiempo suficiente para "licuar" las deudas (absorber la morosidad sin que afecte directamente su funcionamiento).
La deuda se disparó hasta cotas dramáticas en los años ochenta (y dos décadas más tarde) como consecuencia de dos imprudencias poco estudiadas: las grandes entidades financieras europeas y norteamericanas se vieron, a principio de los años 70, con grandes masas de dinero procedentes de las inversiones recibidas en petrodólares (excedentes de los países árabes). En aquel período los mejores clientes tomadores de dinero eran las férreas dictaduras militares latinoamericanas, cuya política económica era conducida en todos los casos por "confiables" tecnócratas locales, íntimamente relacionados con la banca y los organismos financieros internacionales. En general, los préstamos concedidos, mayoritariamente, a tasas de interés flexible (variable en función de los cambios que se producen en el mercado financiero) supusieron la segunda imprudencia que dio lugar al aumento de las tasas de interés en los Estados Unidos, y, en consecuencia a la multiplicación de la deuda inicial. Desde 1982 y hasta finales de la década, América Latina transfirió al exterior el equivalente al 4 por ciento de su PIB, a pesar de lo cual la deuda total se incrementó en ese período en aproximadamente un 23 por ciento. No existen en la historia reciente semejante ejemplo de trasvase de capitales entre estados o regiones.
Entre 1925 y 1932 Alemania se vio obligada a pagar a los países aliados de la Primera Guerra Mundial reparaciones de guerra estipuladas en el Tratado de Versalles. Aquella cifra significó el 2 por ciento del PIB alemán y se recuerda históricamente como una de las obligaciones de pago más importantes contraída (en este caso coercitivamente) por un Estado moderno.
La crítica situación de precariedad provocada por la deuda y los corruptos manejos de las dictaduras llevaron a los países latinoamericanos a pactar condiciones de refinanciación y la obtención de nuevos préstamos con los organismos financieros internacionales como el FMI o el Banco Mundial, tanto para pagar los servicios de la deuda (que no las cuotas de capital que se debían liquidar) como para financiar proyectos de desarrollo. La liberación de esos fondos, en todos los casos estaba vinculada a la negociación de planes de austeridad, de ajustes "muy duros". La dureza de los mismos supuso el deterioro social y político en muchos de los países afectados (Brasil, México y Argentina, entre los más representativos de la región) donde fue imposible frenar la inflación o impedir recesiones graves, con estallidos sociales crecientes. En otros países el ajuste provocó resultados parciales satisfactorios que dieron crédito a la esperanza (en Latinoamérica se necesita sólo un gesto para aferrarse a la ilusión en un futuro mejor) aunque se evidenciaran en datos paradójicos: las cifras macroeconómicos trasmitían el control moderado de la inflación, el crecimiento global de la región; mientras 180 millones de personas vivían bajo los límites de pobreza y la economía sumergida (eufemismo que oculta los parados con ocupaciones informales para sobrevivir) superaba el 35 por ciento de la población. Sin considerar los procesos de descapitalización estatal a través de desventajosas operaciones de privatización, favorecedoras de la corrupción al más alto nivel.
América Latina, es un ejemplo de la crisis estructural permanente de los países del Tercer Mundo. El drama de África, ofrece un peor aspecto que el latinoamericano y aparece como una herida lacerante cubierta de sal y expuesta ante el sol del desierto, comparada con la crisis de los años 90 vivida por los países desarrollados.
La intervención directa de las ex metrópolis en los países africanos ya sea a través de asesoramiento político, económico o militar y de influencia ejercida por las empresas multinacionales que poseen grandes intereses en la región, no ha cesado. Desde la dictadura racista sudafricana hasta los fundamentalismos y las dictaduras tradicionalistas del Magreb, África está sometida a un desequilibrio político que se traslada a su economía y la hunde en la miseria: en el libro Poblaciones en Peligro editado en 1992 por la Organización no Gubernamental, Médicos sin Fronteras, se trazaba una prospectiva acerca de los muertos por hambre que se iban a registrar en los países del Tercer Mundo hasta el año 2.000. Cerca del 60 por ciento de personas condenadas (200 millones de personas; el 5 por ciento de la humanidad) viven en África.
La gran carencia de recursos maximiza las catástrofes naturales que asuelan al continente (sequías, inundaciones, etc.) cuyas consecuencias no sólo tienen un efecto directo e inmediato sino que supone la destrucción de las reducidas infraestructuras y recursos elementales para la supervivencia futura de la región afectada y sus áreas de influencia.
Hasta enero de 1991, la estación de las lluvias llegaba puntualmente al África meridional y central. Las cosechas eran el resultado de cultivos bien nutridos por el agua tropical. Pero súbitamente las lluvias cesaron en marzo, durante la crucial etapa de la polinización. En junio cayeron algunas "gotas", tardías para salvar las cosechas y escasas para favorecer los pastos. Fue el comienzo de una nueva sequía.
La naturaleza (y su condena al subdesarrollo) se ensañaron con África. A partir de entonces los campos se vieron cubiertos de maíz reseco, reses muertas, embalses y lagos llenos de polvo, mientras en las ciudades las colas se acrecentaban presintiendo la dureza de un porvenir sin alimentos ni agua.
Durante el año 93, las Naciones Unidas solicitaron para su organización de ayuda alimentaria, Programa Mundial de Alimentos (PMA), cerca de 1.645.000 toneladas de víveres de emergencia (su valor era 685 millones de dólares). Sólo consiguieron la promesa de la donación de la mitad de esa cantidad por parte de los países desarrollados.
Diez países de la región más afectada por la sequía (Angola, Botswana, Lesotho, Malawi, Mozambique, Namibia, Swazilandia Tanzania, Zambia y Zimbabwe), necesitaban 2,5 millones de toneladas de alimentos, simplemente para vender en los mercados locales. La otra amenaza es la escasez de agua. Su carencia provocará, según informes médicos de la ONU, graves brotes de meningitis, cólera, diarrea, conjuntivitis, sarna y otras afecciones.
El nivel del agua en las grandes presas africanas como la de Kariba, en Zambia, se encontraba bajo mínimos. Esto supone no sólo restricciones en el consumo de agua potable o de riego sino una grave caída en el suministro eléctrico. Las principales ciudades de Zimbabwe y Zambia, por poner ejemplos concretos, sufrían cortes programados de luz: las industrias textiles y azucareras, altamente dependientes de los recursos hidráulicos debieron cerrar sus puertas, ante la falta de energía.
En los campos de refugiados de Kenya, donde se hacinaban más de 250.000 sudaneses, etíopes y somalíes las familias reunían un discreto capital de pertenencias, que se resume en una piel de cabra por persona, un bidón de agua, unos pocos cacharros y algunos trozos de leña. La sequía (y el subdesarrollo estructural que no se ha modificado desde la etapa colonialista) mataron sus cultivos y sus rebaños. Los africanos no hablan de crisis, ni los invade el pánico, son parte de ella. No conocen otra cosa.

Crisis económicas V: Buitres de la Gran Guerra


Después de la Primera Guerra Mundial(1914-1918), el diez por ciento de los trabajadores europeos habían muerto en las batallas. El costo económico de la factura bélica significaba el 32 por ciento del PIB británico, el 30 por ciento del francés, el 22 por ciento del alemán y sólo el 9 por ciento del estadounidense. Los países europeos beligerantes habían contraído, además, deudas importantes con los Estados Unidos: Gran Bretaña 4 mil millones de dólares y Francia, 3 mil millones.
La ascensión de Estados Unidos a primera potencia económica comenzaba a vislumbrarse con cifras como las indicadas y otras de relevancia, como sus reservas de oro: en 1921 alcanzaban los 2.500 millones de dólares, prácticamente el 40 por ciento del conjunto de las reservas mundiales. El panorama presentaba un oscuro presente y un incierto futuro para las grandes naciones europeas: la gran potencia derrotada, Alemania, más allá de su aparato industrial semidestruido, sumaba una sentencia internacional que la condenaba al pago de reparaciones de guerra por 33 mil millones de dólares a los aliados.
El mercado interior europeo deprimido impedía cualquier tipo de recuperación a corto plazo, y además los países capitalistas veían recortado su mercado natural ante el triunfo de la Revolución socialista consolidada en Rusia.
Durante este período fue frecuente el establecimiento en Europa de empresas multinacionales con sede en los Estados Unidos y la organización de cárteles en sectores económicos estratégicos como la energía, la minería o la agricultura. Y también creció la predominancia de las inversiones financieras y comerciales de los Estados Unidos en la región.

Tiempos de expansión III: Una gran crisis para el nuevo impulso


El liberalismo político-económico desarrollado en Europa, en el siglo XIX, corporizó las ideas del nacionalismo en una serie de intereses económicos, culturales, sociales, políticos y geográficos comunes que determinaron la existencia de los Estados-Nación. Territorios con fronteras fijas administrados por instituciones de carácter nacional. La aplicación de estas ideas en la práctica había transitado por un siglo de luchas contra los poderes absolutos del anterior sistema monárquico-feudal, para reformular las relaciones sociales, políticas y productivas. Las naciones dominantes de la época se encontraron entonces ante la puesta en marcha de la segunda fase: su expansión.
Dos teorías políticas apoyaron este proceso: la de los "intereses naturales" de los Estados y la de la expansión de los mismos (denominada imperialismo por diferentes autores). En el primer caso esos intereses naturales estaban condicionados a cuestiones geográficas. Según el profesor alemán de Ciencias Políticas, Wolfgang Abendroth, "un ejemplo de interés natural es el que podía tener Francia por disponer de una frontera oriental `natural´ en el Rhin o la necesidad "natural" de los norteamericanos de prolongar su límite sur hasta el río Grande mexicano. Todo gobierno de un Estado está obligado a seguir esos "intereses naturales" independientes de su organización política, la ideología de su gobernantes circunstanciales, o la estructura social que se haya dado". La lectura actual de esta teoría ha reemplazado el término natural por nacional: lo que se defiende son "intereses nacionales"; La política interior de un Estado estaba condicionada a esos intereses naturales o nacionales de su política exterior.
La teoría que reforzaba el expansionismo de los Estados-Nación poderosos a finales del siglo XIX consideraba esa relación entre ambas políticas como fundamental, ya que basaba su crecimiento exterior en un desarrollo profundo e histórico de la sociedad interior. Algunos autores como Sternberg Hilderfing o Vladimir Lenin coinciden en que ese expansionismo se debió fundamentalmente a "las transformaciones estructurales del capitalismo, bajo sus forma competitivo liberal". La evolución de las condiciones productivas habrían superado la libre competencia para alcanzar la etapa de la formación de monopolios, grandes trust sectoriales que dominan el mercado y realizan un proceso de acumulación de grandes beneficios, favorecido por la protección estatal de la competencia extranjera. El capital acumulado debe buscar otros mercados de inversión en la medida que su reinversión en un mercado limitado aumentaría la oferta poniendo en peligro los precios de los productos y por tanto los beneficios de las empresas.
Según el politólogo alemán Kurt Leng (...) “La expansión económica precisa de la ayuda estatal y de su política exterior, que obligue a la población colonial a encuadrarse dentro de la producción capitalista, que mantenga alejados a los competidores extranjeros, y que elimine los movimientos revolucionarios de los países coloniales, nacidos tras la destrucción del orden socio político precedente. Esta política exterior, originada por las transformaciones de las condiciones de producción en los países europeos de la segunda mitad del siglo XIX, sólo puede practicarse con éxito si los instrumentos militares del Estado son acrecentados".
El reacomodamiento de los países europeos y de los Estados Unidos a las nuevas necesidades y al crecimiento rápido de las infraestructuras de producción, precipitó, sin embargo la llamada "Gran Crisis" que despidió el siglo XIX, entre 1873 y 1896. Y de la que emergió un nuevo modelo expansionista.

lunes, 23 de noviembre de 2009

Tiempos de expansión II: Objetivo África


África era un territorio "salvaje" en el que la intervención directa de las potencias económicas ayudó a su sometimiento y colonización en el siglo XIX.
Desde la más lejana antigüedad existían antecedentes de trata de esclavos en ese continente, aunque el comercio humano se intensificó a partir del interés demostrado por los países europeos. Generalmente se atribuyen dos vertientes conocidas al tratamiento de esclavos, uno a través de las rutas transaharianas, llevado a cabo por los pueblos árabes y otra, más moderna, a través del océano Atlántico, puesta en práctica por las naciones europeas desde la mitad del siglo XV hasta mediados del siglo XIX.
La primera de ellas fue una acción prolongada en el tiempo aunque menos intensa, mientras que la segunda se desarrolló en un período histórico relativamente breve (cuatro siglos) pero muy profuso en cuanto al volumen de comercio humano. Es la primera participación activa, aunque involuntaria, de África en la economía mundial.
Si bien Portugal, España, Holanda y Francia participaron activamente en el comercio esclavista (los dos primeros durante los siglos iniciales, XV y XVI y los segundos durante el XVII) fue Inglaterra la que formó una organización comercial triangular al tomar el control absoluto del mercado, como primera potencia mundial, entre los siglos XVII y XVIII. En plena transición del mercantilismo al precapitalismo, durante el siglo XVII Inglaterra, estableció un primer vértice en su territorio, suministrador de buques y exportaciones de sus productos manufacturados a través de los mismos; un segundo vértice en África, que aportaba la mercancía humana, utilizada en las plantaciones de América; y un tercer vértice en las colonias del Nuevo Mundo, que proporcionaban materias primas, cerraban el circuito comercial a tres bandas.
Esta primera "contribución africana" a los procesos económicos de los siglos XIX y XX supuso el tráfico de millones de personas, cifras sobre las que los propios historiadores aún no se han puesto de acuerdo, muchas veces como consecuencia de la visión ideológica con que observan la historia. A pesar del ritmo desigual del tráfico de esclavos durante los cuatro siglos citados, algunos autores cifran el comercio humano en más de 150 millones de personas, y atribuyen al mismo una base fundamental para el auge económico europeo primero y americano después, frente al estancamiento del continente africano. Quienes minimizan el comercio establecen entre 15 y 20 millones de esclavos víctimas del comercio negrero. Algunos historiadores que acercan las cifras a los 200 millones, aportan un dato significativo: según sus cálculos, por cada esclavo que llegaba vivo a América otros cinco morían, entre las persecuciones de captura en África y la travesía transatlántica posterior.
Según el historiador José Martínez Carreras "Las consecuencias de la trata esclavista para África son varias: demográficamente, supone la despoblación y la disminución del ritmo de crecimiento de amplias regiones continentales; económicamente, la destrucción y paralización de actividades y la pérdida de fuerza y capacidad de trabajo; socialmente, la inestabilidad e inseguridad permanentes con la ruptura y los conflictos internos, y geográficamente, influyó en la persistencia del aislamiento africano.
En cuanto a las consecuencias de la trata para Europa y el mundo americano, las mismas han permitido asegurar la prosperidad de las economías americana y europea, y en especial, de las ciudades portuarias de la Europa atlántica. Las fuerzas productivas arrancadas a África y las riquezas acumuladas gracias a ello han contribuido a edificar la civilización capitalista moderna".
El papel asignado a África en siglo XIX, caducado su lugar destacado como productor y exportador de "material humano", fue más amplio pero no menos perjudicial para sus intereses. Las potencias europeas pusieron sus ojos en su territorio y sus riquezas naturales como un objetivo primordial para abastecer su explosión industrial y las necesidades vitales de sus países y colonias americanas.
La costa mediterránea del norte de África era una línea de horizonte que pocos europeos se atrevieron a cruzar antes del siglo XIX. Mientras que el interior del continente resultaba un misterio sólo abordable por aventureros aislados y exploradores científicos. La excepción la constituía una parte del Magreb (Argelia y Túnez) bajo la tutela francesa y las vegas del largo recorrido del Nilo (Egipto y Sudán) conquistadas por los británicos. Ambas zonas eran las únicas bases europeas en África a comienzos del siglo XIX. La región norteña, sahariana o islámica del continente estaba en poder de tribus nativas o formaba parte del Imperio otomano.
Dos factores movieron el engranaje político para hacer girar las miras europeas hacia el objetivo africano: el declive y retiro paulatino del dominio turco y las ambiciones expansionistas británicas y francesas que rivalizaban en la zona en pos de intereses económicos comunes. Cuando Egipto consigue liberarse, con el apoyo europeo, del control del imperio otomano y adquirir autonomía en sus decisiones, británicos y franceses arreciaron en la disputa por dominar el territorio del Nilo con un solo objetivo, transformarlo en una gran base de operaciones para el comercio internacional mediante la construcción de un pasaje interoceánico entre el Mar Rojo y el Mediterráneo que sirviera de comunicación entre los océanos Índico y Atlántico. Para entonces la influencia europea, encabezada por Inglaterra y Francia se había expandido por el resto de África de manera indiscriminada y desordenada. Pero fue con la inauguración del Canal de Suez (1865) que las potencias europeas decidieron avanzar hacia el interior de las misteriosas y "negras" tierras africanas. La avalancha tuvo la forma de un festín de rapiña apresurado y descontrolado. Cuando el siglo XIX entraba en la década de los 80, en África Occidental, Francia ocupaba Senegal, Costa de Marfil, Guinea y Gabón; Inglaterra se había apoderado de Gambia, Sierra Leona, Costa de Oro y Lagos (porción de la actual Nigeria); Portugal había conquistado Guinea y Angola y España el archipiélago de Guinea Ecuatorial.
En la otra costa, en el África Oriental, Francia e Italia se repartían posesiones en los países lindantes con el mar Rojo: Libia, Eritrea, Etiopía y Somalia; Alemania había llegado tardíamente a Tanganica, pero rápidamente ocupó Togo, Camerún y África del Sudoeste; Portugal se hizo con Mozambique, y Bélgica se estrenaba como potencia colonial, bajo la influencia de su rey, Leopoldo II, adueñándose del corazón del África negra, el Congo. En tanto Inglaterra, la potencia colonial más importante, había comenzado a subir desde el sur: El Cabo, en el extremo del continente era su colonia.
La falta de coordinación en el proceso colonizador, superado por la brutal ambición de Estados y exploradores, dieron lugar a un considerable aumento de la tensión y el deterioro entre las potencias europeas que participaban de la rapiña africana. La situación tiene un principio de acuerdo a partir de la sugerencia conjunta realizada por Francia y Alemania, inspirada en una idea inicial del Canciller germano, Otto Von Bismark: la realización de una Conferencia con la participación de todas las naciones con intereses directos o indirectos en África. La reunión tuvo lugar a finales de 1884 en Berlín, por lo que se la conoce históricamente como Conferencia de Berlín. Participaron de ella 14 naciones, algunas de las cuales no tenían ambiciones territoriales inmediatas sobre África, pero deseaban no perder el control, como el Imperio austro húngaro, Estados Unidos, Turquía o Rusia, entre otros. Paradójicamente, en aquella reunión no estuvo representado ningún país africano.

Empresas con patente de corso

La participación activa en la conquista de las compañías colonizadoras, como delegadas del Estado, practicada exitosamente por Inglaterra en siglos anteriores, fue de importancia fundamental en el proceso. La experiencia británica fue seguida por Alemania, en el África oriental, por Portugal en Mozambique y Angola, por Bélgica en el corazón africano denominado Congo y por Francia en la zona noroccidental del continente.
En 1882 fue creada la Royal Niger Company, por el británico Taubman Goldie, para explotar las tierras de influencia del río Níger. Esta compañía que recibió la franquicia del gobierno inglés en 1886 aunque ya llevaba 3 años operando no obtuvo el derecho al monopolio de la explotación aunque sí le fueron concedidos derechos administrativos, judiciales y militares sobre la zona. Estos poderes, con escasos controles, favorecían el tratamiento esclavizante de la población local y su explotación laboral, además de provocar profundas transformaciones socioculturales.
La mayor parte de las compañías colonizadoras gozaron en África de posibilidades similares para constituirse en amos de sus áreas de explotación. En 1890 la British South African Company obtuvo todos los derechos de explotación minera, comercial, de transporte y policial para un vasto territorio del sur continental que abarcaba las tierras de lo que hoy son Sudáfrica, Zimbabwe, Ruanda, Burundi y el sur de Zambia. El dueño de esta empresa era Cecil Rhodes (bautizado por sus amigos de la aristocracia británica como el Napoleón del Cabo por su espíritu colonizador. Su ímpetu lo llevó a instigar la guerra entre ingleses y boers en el sur de África, a finales del siglo XIX, cuyo resultado fue decenas de miles de nativos negros masacrados).
Por el mismo camino transitaron la East Africa Company, británica, que operó a partir de 1888 en tierras de Uganda y Zanzíbar; la Westafrikanische Gassellschaft, empresa alemana fundada en Hamburgo en 1890 para colonizar Camerún; la Deutsche Ostafrikanische Gassellchaft, creada en 1895 para operar en el África Oriental, lo que sería posteriormente Tanganica, explotando caucho, fibras textiles y maderas; la Deutsche Kolonialgessellschaft für Sudwest Afrika, fundada en Berlín en 1885 recibió incluso derechos de soberanía sobre el territorio actualmente conocido como Namibia, por el emperador alemán.
El éxito organizativo de este orden administrativo, comercial, judicial y policial de las colonias llevó a los franceses a adoptarlo poco más tarde. En 1891 los galos aprobaron su legislación sobre Compañías Coloniales. Incluso España adoptó el modelo británico fundando su Compañía Mercantil Hispano Africana, que administró los territorios coloniales del Sahara Occidental a partir de 1902.
El escritor belga, Cartton de Wiart describió en su libro Les grandes compagnies coloniales anglaises du XIX siècle la forma de actuar de estas empresas: "(...) Explotan vastos territorios en nombre e interés de los accionistas, en tanto que los detenta y los reivindica, con relación a los países circundantes, en nombre y por cuenta de Inglaterra. Los fundadores y directores suelen ser perso¬najes de cuenta (...) (...) Gracias a las empresas coloniales, en menos de veinte años quedaron sometidos a la autoridad del Reino Unido cuatro grandes territorios que alcanzaban cerca de dos millo¬nes de millas cuadradas, sextuplicando su dominio colonial de África (...) (...) Asimismo en la organización de esos territorios ocupados, las compañías han demostrado una iniciativa, una rapidez de acción, una elasticidad que a un gobierno le habría sido difícil de desplegar en la misma medida".
Las compañías reemplazaron a la organización de una administración estatal de dominación en las colonias, detentaron el poder político, la explotación económico comercial y participaron en las transformaciones socioculturales de cada zona, en función de sus intereses particulares.