
Libro: Yo fui un niño soldado-Lucien Badjoko con la colaboración de Katia Clarens- Traducción de Marina Pino-Editorial entreLibros-Barcelona-2005-Título original: J`étais enfant soldat.
Todavía no había cumplido los 12 años Lucien Bajoko cuando se alistó en las milicias rebeldes comandadas por Laurent Desiré Kabila, en su lucha contra las fuerzas regulares del ejército zaireño, defensoras del dictador Mobutu Sese Seko. Mobutu, jefe del ejército tras la independencia del Congo en 1960 y durante el gobierno de Patrice Lumumba, intrigó y manejó los hilos de la política congoleña hasta que en 1965 se instaló personalmente en el poder. Su sangrienta dictadura se prolongó más de 30 años.
El 6 de abril de 1994 fracciones tutsis asesinaron al presidente de Ruanda, Juvenal Habyarimana. Fue el principal hecho que desencadenó las matanzas de la etnia tutsi a manos de la hutu, en ese país y en Burundi. El genocidio provocó una ola de desplazados que desestabilizaron la región. Los hutus se refugiaron en Congo. A partir de entonces miles de tutsis se sumaron a la Alianza de Fuerzas Democráticas para la Liberación del Congo y, en 1996, a la vez que luchaban para derrocar al dictador Mobutu, masacraban a los refugiados hutus. Niños de 10, 11 y 12 años (kagodos) formaban batallones de ese ejército: carne de machete. Precoces asesinos o presas débiles, solo algunos, con mucha fortuna, escaparían de esa frenética fiesta de sangre, tremendamente mutilados, sin futuro y sin haber empezado a vivir. Lucien Bajoko es una excepción y lo puede contar.
El 17 de mayo de 1997 los rebeldes entraron en Kinshasa (Badjoko con ellos) y Kabila se autoproclamó presidente de la República Democrática del Congo. Sin embargo las matanzas como consecuencia de las venganzas étnicas y los intereses de gobiernos vecinos (Uganda; Ruanda) por el comercio clandestino, la posesión de tierras y recursos naturales o por el poder que permite el usufructo de la corrupción, nunca se detuvieron. El conflicto del Congo es endémico y recrudece con enfrentamientos puntuales de forma cíclica, cada dos años: en 2001, tras la muerte de Kabila; en 2003, cuando dos etnias rivales, hema y lendu, apoyadas por Ruanda y Uganda, usaron el Congo como campo de batalla, o en 2005 y 2007, cuando los desmovilizados de la guerra, descontrolados, provocaron disturbios y asesinatos masivos en Kinshasa y otras ciudades del norte y este del país. Situación que se prolonga en la actualidad, época de inestabilidad e inseguridad, a pesar de las fuerzas de paz que apenas maquillan la violencia permanente que se respira cada día.
Katia Clarens, periodista, conoció a Badjoko en Kinshasa, en febrero de 2003, en la Oficina Nacional de Desmovilización y Reinserción (BUNADER). Lucien le dijo que había escrito un diario de su (breve) vida. Le envió a París, poco tiempo después, unas 15 páginas. Katia viajó a Kinshasa, con el proyecto de un libro y el interés de la editorial Plon. Tras varias entrevistas se consumó esta obra testimonial.
Lucien Badjoko vive actualmente en Kinshasa y está acabando su carrera de derecho; sus estudios los pagó, en parte, con el dinero obtenido por el copyright del libro.
Katia Clarens, periodista del diario francés Le Figaro, hace reportajes diversos. En agosto de 2009 publicó una serie de artículos sobre la Ruta de los Vinos de la Ribeira Sacra, en Galicia.
(...) “El 15 de marzo de 1997 tomamos Kisangani. Yo había conseguido por fin un buen uniforme de la FAZ (Fuerzas Armadas Zaireñas); me iba un poco grande, es verdad, pero con un pequeño arreglo quedaría perfecto. Lo encontré en una casa donde su dueño lo había abandonado antes de darse a la fuga.
Desde su exilio europeo, el viejo Mobutu debía sin duda empezar a darse cuenta de quiénes éramos...Una fuerza invencible. Pensé en las declaraciones del Primer Ministro, Kengo Wa Dondo, quien aseguraba dos días antes que Kisangani no caería pero, gracias a la radio, estábamos informados de cómo iban las cosas realmente. Pensé también en aquel político francés –el Secretario de Estado para la Acción Humanitaria Urgente, Xavier Emmanuelli- que a principios de semana había dicho que la ciudad no parecía estar a punto de caer. Una voz gritó en mi: ‘¿Vuestras sorpresas no han acabado aún!¡Hemos tomado Kisangani y pronto caerá la capital!¡Vamos a liberar el país!¡Tendréis que haceros a la idea!´.
Después de la toma de Kisangani, sólo había un nombre en nuestros labios: Kinshasa, la ciudad luz.
-Después de mí, el diluvio- decía sin parar el mariscal Mobutu.
Después de él, tendría que contar con la AFDL (Alianza de Fuerzas Democráticas para la Liberación) y con el pueblo liberado. Los cuadros tutsis acosaban sin descanso a los hutus. Algunos días después de la victoria de Kisangani, durante la operación de limpieza que efectuamos en los alrededores de la ciudad, entramos en un pueblo, feudo hutu, en el que había mujeres, niños y algunos ancianos, sin duda familiares de los combatientes; también había jóvenes enfermos o heridos. Todos se habían refugiado en la iglesia, donde los encontramos tumbados en el suelo y sin armas. Un comandante tutsi nos ordenó que los sacáramos: iban a ejecutarlos. Cuando salieron a la plaza, su odio se desencadenó y las hojas de las bayonetas fueron hundiéndose en los cuerpos por todas partes; las mujeres no se libraron, ni los niños. Fue entonces cuando ví aquella abominable escena: uno de nuestros comandantes había cogido a un bebé pequeño, no tendría más de un año y, antes de que siquiera me diera tiempo a comprender lo que pasaba, lo estrelló contra el muro de la iglesia. El niño sangraba y gritaba, parecía descoyuntado, pero el hombre lo cogió por una pierna, lo hizo girar y volvió a estrellarlo, y siguió haciéndolo hasta que el niño dejó de gritar...estaba muerto. En la plaza continuaban la tortura y la matanza de gente. Estaba horrorizado, pero sabía que si apreciaba mi vida no debía decir nada, mas ¿quién me liberaría de aquellas ganas de vomitar? Los que no habían muerto fueron reunidos en la plaza. A nosotros nos pidieron que nos fuéramos, así que solo quedó una pequeña `patrulla´ para vigilarlos. Sabía que ninguna de aquellas personas saldría de allí con vida: los hutus no podían entrar en nuestras filas como los demás prisioneros de guerra, dado que los tutsis no querían. Éstos ejecutaban a cuantos se encontraban en su camino, aunque en el fondo sólo estaban saldando cuentas: los hutus habían intentado exterminarlo y la hora de la venganza había sonado...no habría piedad.
Aquel día comenzaron mis pesadillas, sistemáticas y angustiosas, en las que tiros y gritos me despertaban de golpe y me acorralaban...Tenía miedo.” (...)
