
A partir de la aplicación de las recetas neoliberales por los gobiernos democráticos de los años 80, la mayoría de los países latinoamericanos sufrieron un ajuste feroz de sus economías. Si bien la región se caracterizó durante casi todo el siglo por ser exportadora de bienes y capitales, en la década de los setenta y principio de los ochenta la transferencia hacia los países ricos, tenía como causa principal el pago de una abultada deuda externa que creció aún más con los altas tasas de interés (generalmente flotante) a las que se habían pactado los préstamos.
La deuda externa latinoamericana fue la preocupación de los ámbitos económicos mundiales. Y estuvo en primer plano de la información internacional durante más de una década por sus dos efectos directos: las teóricas "quiebras" de Estados latinoamericanos, que se encontraban al borde de la cesación de pagos, y las "quiebras" privadas que podían ocasionar esos impagos en la banca internacional (norteamericana fundamentalmente), si no disponían del tiempo suficiente para "licuar" las deudas (absorber la morosidad sin que afecte directamente su funcionamiento).
La deuda se disparó hasta cotas dramáticas en los años ochenta (y dos décadas más tarde) como consecuencia de dos imprudencias poco estudiadas: las grandes entidades financieras europeas y norteamericanas se vieron, a principio de los años 70, con grandes masas de dinero procedentes de las inversiones recibidas en petrodólares (excedentes de los países árabes). En aquel período los mejores clientes tomadores de dinero eran las férreas dictaduras militares latinoamericanas, cuya política económica era conducida en todos los casos por "confiables" tecnócratas locales, íntimamente relacionados con la banca y los organismos financieros internacionales. En general, los préstamos concedidos, mayoritariamente, a tasas de interés flexible (variable en función de los cambios que se producen en el mercado financiero) supusieron la segunda imprudencia que dio lugar al aumento de las tasas de interés en los Estados Unidos, y, en consecuencia a la multiplicación de la deuda inicial. Desde 1982 y hasta finales de la década, América Latina transfirió al exterior el equivalente al 4 por ciento de su PIB, a pesar de lo cual la deuda total se incrementó en ese período en aproximadamente un 23 por ciento. No existen en la historia reciente semejante ejemplo de trasvase de capitales entre estados o regiones.
Entre 1925 y 1932 Alemania se vio obligada a pagar a los países aliados de la Primera Guerra Mundial reparaciones de guerra estipuladas en el Tratado de Versalles. Aquella cifra significó el 2 por ciento del PIB alemán y se recuerda históricamente como una de las obligaciones de pago más importantes contraída (en este caso coercitivamente) por un Estado moderno.
La crítica situación de precariedad provocada por la deuda y los corruptos manejos de las dictaduras llevaron a los países latinoamericanos a pactar condiciones de refinanciación y la obtención de nuevos préstamos con los organismos financieros internacionales como el FMI o el Banco Mundial, tanto para pagar los servicios de la deuda (que no las cuotas de capital que se debían liquidar) como para financiar proyectos de desarrollo. La liberación de esos fondos, en todos los casos estaba vinculada a la negociación de planes de austeridad, de ajustes "muy duros". La dureza de los mismos supuso el deterioro social y político en muchos de los países afectados (Brasil, México y Argentina, entre los más representativos de la región) donde fue imposible frenar la inflación o impedir recesiones graves, con estallidos sociales crecientes. En otros países el ajuste provocó resultados parciales satisfactorios que dieron crédito a la esperanza (en Latinoamérica se necesita sólo un gesto para aferrarse a la ilusión en un futuro mejor) aunque se evidenciaran en datos paradójicos: las cifras macroeconómicos trasmitían el control moderado de la inflación, el crecimiento global de la región; mientras 180 millones de personas vivían bajo los límites de pobreza y la economía sumergida (eufemismo que oculta los parados con ocupaciones informales para sobrevivir) superaba el 35 por ciento de la población. Sin considerar los procesos de descapitalización estatal a través de desventajosas operaciones de privatización, favorecedoras de la corrupción al más alto nivel.
América Latina, es un ejemplo de la crisis estructural permanente de los países del Tercer Mundo. El drama de África, ofrece un peor aspecto que el latinoamericano y aparece como una herida lacerante cubierta de sal y expuesta ante el sol del desierto, comparada con la crisis de los años 90 vivida por los países desarrollados.
La intervención directa de las ex metrópolis en los países africanos ya sea a través de asesoramiento político, económico o militar y de influencia ejercida por las empresas multinacionales que poseen grandes intereses en la región, no ha cesado. Desde la dictadura racista sudafricana hasta los fundamentalismos y las dictaduras tradicionalistas del Magreb, África está sometida a un desequilibrio político que se traslada a su economía y la hunde en la miseria: en el libro Poblaciones en Peligro editado en 1992 por la Organización no Gubernamental, Médicos sin Fronteras, se trazaba una prospectiva acerca de los muertos por hambre que se iban a registrar en los países del Tercer Mundo hasta el año 2.000. Cerca del 60 por ciento de personas condenadas (200 millones de personas; el 5 por ciento de la humanidad) viven en África.
La gran carencia de recursos maximiza las catástrofes naturales que asuelan al continente (sequías, inundaciones, etc.) cuyas consecuencias no sólo tienen un efecto directo e inmediato sino que supone la destrucción de las reducidas infraestructuras y recursos elementales para la supervivencia futura de la región afectada y sus áreas de influencia.
Hasta enero de 1991, la estación de las lluvias llegaba puntualmente al África meridional y central. Las cosechas eran el resultado de cultivos bien nutridos por el agua tropical. Pero súbitamente las lluvias cesaron en marzo, durante la crucial etapa de la polinización. En junio cayeron algunas "gotas", tardías para salvar las cosechas y escasas para favorecer los pastos. Fue el comienzo de una nueva sequía.
La naturaleza (y su condena al subdesarrollo) se ensañaron con África. A partir de entonces los campos se vieron cubiertos de maíz reseco, reses muertas, embalses y lagos llenos de polvo, mientras en las ciudades las colas se acrecentaban presintiendo la dureza de un porvenir sin alimentos ni agua.
Durante el año 93, las Naciones Unidas solicitaron para su organización de ayuda alimentaria, Programa Mundial de Alimentos (PMA), cerca de 1.645.000 toneladas de víveres de emergencia (su valor era 685 millones de dólares). Sólo consiguieron la promesa de la donación de la mitad de esa cantidad por parte de los países desarrollados.
Diez países de la región más afectada por la sequía (Angola, Botswana, Lesotho, Malawi, Mozambique, Namibia, Swazilandia Tanzania, Zambia y Zimbabwe), necesitaban 2,5 millones de toneladas de alimentos, simplemente para vender en los mercados locales. La otra amenaza es la escasez de agua. Su carencia provocará, según informes médicos de la ONU, graves brotes de meningitis, cólera, diarrea, conjuntivitis, sarna y otras afecciones.
El nivel del agua en las grandes presas africanas como la de Kariba, en Zambia, se encontraba bajo mínimos. Esto supone no sólo restricciones en el consumo de agua potable o de riego sino una grave caída en el suministro eléctrico. Las principales ciudades de Zimbabwe y Zambia, por poner ejemplos concretos, sufrían cortes programados de luz: las industrias textiles y azucareras, altamente dependientes de los recursos hidráulicos debieron cerrar sus puertas, ante la falta de energía.
En los campos de refugiados de Kenya, donde se hacinaban más de 250.000 sudaneses, etíopes y somalíes las familias reunían un discreto capital de pertenencias, que se resume en una piel de cabra por persona, un bidón de agua, unos pocos cacharros y algunos trozos de leña. La sequía (y el subdesarrollo estructural que no se ha modificado desde la etapa colonialista) mataron sus cultivos y sus rebaños. Los africanos no hablan de crisis, ni los invade el pánico, son parte de ella. No conocen otra cosa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario