miércoles, 25 de noviembre de 2009

Milagros económicos II: El Plan Marshall


Sobre la inmensa alfombra de 60 millones de cadáveres que dejó la Segunda Guerra Mundial se construyó el gran salto del capitalismo. Gran Bretaña, destrozada en la contienda y endeudada desde mucho antes, dejó paso a la nueva potencia que se insinuaba desde finales del siglo anterior, como ya lo había profetizado el líder socialista francés Jean Jaurés: "Los Estados Unidos gravitarán cada vez con mayor peso sobre los destino del mundo".
La década 1937-1948 supuso un crecimiento de la producción industrial norteamericana del 72 por ciento, ligada evidentemente a la economía de guerra. En el resto del mundo y en Europa la producción no sólo no aumentaba sino que disminuía el uno por ciento.
El final de la guerra encumbró definitivamente a la nación norteamericana como la primera potencia mundial. Superada la primera etapa de acumulación económica, los americanos traspasaron los límites de una expansión imperialista reducida a su influencia directa sobre el área latinoamericana para lanzar todo su poder económico al resto del mundo.
En 1945 Estados Unidos producía la mitad del carbón del mundo; dos tercios del petróleo del planeta y más de la mitad de la energía eléctrica. Su capacidad de producción (95 millones de toneladas de acero, un millón de toneladas de aluminio y más de un millón de toneladas de caucho sintético, por ejemplo)le permitió abastecer todas sus industrias y disponer de excedentes.
Asimismo, guardaban en sus arcas el 80 por ciento de las reservas mundiales de oro. Pero ya durante el transcurso de la guerra, Estados Unidos impondría las bases del futuro nuevo orden económico a sus aliados europeos.
En febrero de 1942 británicos y norteamericanos sellaron el Acuerdo de Ayuda Mutua, en el que se precisaba que "los dos países firmantes se comprometen a eliminar, desde el momento en que las circunstancias lo permitan, toda forma de práctica discriminatoria en el comercio internacional".
Este principio fue base de la filosofía del discurso liberal a ultranza que roció la nueva potencia sobre una Europa devastada, endeudada y sin capacidad económica propia para comenzar la reconstrucción.
La doctrina, que implicaba una nueva división internacional del trabajo, iba a modificar considerablemente las relaciones económicas mundiales de posguerra. Y atendía las necesidades de un mundo diferente. Ya se perfilaban dos bloques claros y los norteamericanos no estaban dispuestos a dejar aislada y a un paso del "peligro de anexión comunista" a una Europa en la que 17 países acumulaban un déficit de 9 mil millones de dólares y cuya debilidad podía hacer tambalear los principios capitalistas ante la desesperación de sus gentes.
Vencedores y vencidos tenían una misma importancia para la nueva potencia. Gran Bretaña, Francia, Alemania e Italia debían recibir una ayuda importante en abastecimiento e incluso en divisas para empezar su reconstrucción.
La versión popular del "milagro" europeo de posguerra (dirigida fundamentalmente a Italia y Alemania que se levantaban de la derrota) recae casi exclusivamente sobre la responsabilidad y capacidad de sacrificio y trabajo de sus pueblos y sus dirigentes, propulsores del "milagro". Esta verdad a medias es el relato de la historia oficial y ha sido utilizada algunas veces como carácter distintivo entre dos pueblos, no sin cierto tufillo racista (los alemanes son trabajadores; los españoles son haraganes). Juicios estos, absurdos desde el punto de vista sociológico y ocultadores de la realidad desde la mira política. Esa realidad geopolítica decía en 1944 que Europa debía ser recuperada porque entraba en los planes de expansión norteamericana como su principal aliada ideológica natural y frontera natural al expansionismo comunista de la Unión Soviética. Más de 34.900 millones de dólares concedidos entre 1947 y 1955 en forma de ayuda militar (11.500 millones), donativos (17.000 millones) y préstamos a largo plazo (6.500 millones) fueron el sustento del "milagro".
Según el economista francés Maurice Niveau, "uno de los méritos esenciales del Plan Marshall fue el de ofrecer a los países europeos no sólo una ayuda bilateral sino también una ayuda multilateral ligada a los mecanismos de pagos intraeuropeos. Es decir que la propia ayuda norteamericana contribuyó a lanzar los intercambios de tipo comercial entre los países europeos acelerando la tendencia al reequilibrio".
Las facilidades económicas brindadas a Europa se confirman tras la firma de un acuerdo de compensación firmado por los países de la O.E.C.E. (Organización Económica de Compensación Europea) el 18 de octubre de 1945 en el que se establece que "la distribución de la Ayuda Marshall entre los países de Europa Occidental no consistirá solamente en una ayuda directa para financiar su propio déficit sino también en una ayuda indirecta para hacer frente al mismo ante las demás naciones de la O.E.C.E.".
Descender de las cifras de la macroeconomía a las cuentas microeconómicas cotidianas permite encontrar otra cara del supuesto "milagro". Los llamados "pueblos trabajadores de Europa" se vieron atrapados entre la necesidad y el hambre o la adopción de formas laborales tendentes a mejorar la productividad (trabajo nocturno; a destajo; en cadena) a través de la coacción empresarial y el acoso estatal, que desembocaban irremediablemente en relaciones laborales injustas (bajos salarios, inestabilidad laboral, condiciones de trabajo indignas y explotación de la fuerza de trabajo durante jornadas que podían alcanzar las 18 y 20 horas sin pagos extras). Así en Francia como en Gran Bretaña; así en Alemania como en Italia.

Foto: El plan Marshall en Alemania -Harry S. Truman Library & Museum

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